Desde hace varios días me he venido cuestionando sobre un tema en particular, ¿que tanto se ha transformado el sistema político en México?, porque ciertamente en estos tiempos de la autodenominada Cuarta Transformación se han ido rompiendo algunos paradigmas, sin embargo también hay viejas prácticas muy arraigadas que se resisten a cambiar.
En este contexto, Sonora enfrentará el próximo proceso electoral un reto importante que pondrá a prueba esa narrativa de transformación o simplemente puede ser un proceso de realineamiento al viejo sistema político, siguiendo algunas máximas de la política mexicana e inclusive repitiendo algunos vicios de la época del presidencialismo en México.
Porque una cosa es decir que son diferentes y una cosa muy distinta es demostrar eso realmente, pues en este proceso de institucionalización de Morena como partido político, se está dando cuenta que todo aquello que criticaba y cuestionaba no era un capricho de los gobernantes, sino mecanismo de disciplina y control para permanecer en el poder.
La prueba de ácido de Morena será el 2027, pero desde este momento podemos identificar algunas cuestiones que no distan mucho de lo que se vivía en el siglo pasado el la política mexicana, donde se instalaron en el imaginario colectivo frases que se volvieron esa máximas políticas y que sirven como manual para el partido que ostente el poder.
Por supuesto que no vamos a hacer ninguna alusión personal, pero comencemos diciendo que la candidatura a la gubernatura será una decisión que se tomará en el centro del país, independientemente quien resulte elegido o elegida, las decisiones se siguen tomando en Ciudad de México y el presidente en turno sigue teniendo una influencia determinante.
Y aunque el proyecto que actualmente tiene el poder ha construido una fuerte narrativa en torno a la voluntad del pueblo para su conducción política, contemplando mecanismos de participación ciudadana para la designación de sus candidatos, no podemos tapar el sol con un dedazo, la decisión sigue cayendo en una sola persona, o al menos la última palabra.
Pero desde antes de la gran decisión es cuando empieza toda este folklore político, pasando de frases como “el que se mueve no sale en la foto” hasta llegar a la famosa “cargada”, donde una vez destapado el “tapado” el sistema empieza a preparar el camino hacia el sucesor, anticipando un proceso de transición para que sea lo menos abrupto.
Desde luego que habrá aspirantes que aun viendo las señales y escuchando las palabras mayores quieran competir, y jugar es negociar, no solamente por un tema de reacomodo político o supervivencia pública, sino porque una vez probadas las mieles del poder es muy difícil alejarse del mismo, pues para muchos “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.
Hay una expresión que también está muy instaurada en la praxis política mexicana, que dicta: “gobernador no deja gobernador”, donde el mandatario en funciones suele intentar influir en la sucesión para conservar poder, creo que esta frase es la que más se pondrá a prueba esta próxima elección en Sonora, pues el gobernador no es cualquier gobernador.
Los morenistas sonorenses seguramente citarán al “indio Cajeme” y dirán antes como antes y ahora como ahora, pero solamente en ellos recaerá la responsabilidad de profundizar ese proceso de transformación del país y empezar a generar un cambio estructural, no coyuntural, del sistema político mexicano, pero realmente ¿Sonora retará al sistema?
La lucha por Hermosillo, los números y los retos
A veces la política se explica mejor con los números que con los discursos, y si algo muestran las cifras recientes de Hermosillo es que la capital sonorense se ha convertido en uno de los terrenos electorales más competidos del estado.
El padrón electoral de Hermosillo pasó de alrededor de 640 mil ciudadanos en 2021 a cerca de 680 mil en 2024. Al mismo tiempo, la participación creció de aproximadamente 280 mil a más de 350 mil votos emitidos.
Es decir, Hermosillo no solamente tiene más electores, sino que cada vez participa más en las elecciones. Es un electorado, vivo, creciente y participativo, además de consciente y maduro como para votar cruzado.
Ese crecimiento ha terminado por consolidar dos grandes bloques políticos. Por un lado, Morena y sus aliados, que han mantenido una base superior a los 100 mil votos durante las últimas tres elecciones.
Por otro, una alianza opositora que encontró en Hermosillo uno de sus principales bastiones y que logró incrementar su votación cerca de un 50 por ciento entre 2021 y 2024, al pasar de poco más de 106 mil votos a cerca de 155 mil.
Lo que estos números anticipan es una realidad incómoda para ambos bandos: nadie tiene la elección ganada de antemano. La disputa por Hermosillo en 2027 se perfila como una de las más cerradas de los últimos años.
Sin embargo, la competencia no dependerá únicamente de quién aparezca en la boleta, es decir no todo es el candidatos. Antes de la elección habrá una batalla igual o más importante: la definición de las candidaturas.
En ambos frentes existen procesos internos complejos. La alianza opositora tendrá que resolver si es capaz de generar los acuerdos entre los diferentes partidos, negociar y repartir espacios de poder sin fracturas.
Morena, por su parte, deberá demostrar que aprendió las lecciones de las elecciones anteriores y que puede administrar sus diferencias internas sin convertirlas en divisiones irreparables. Y aquí aparece una diferencia importante.
Históricamente, el PAN, el PRI y sus aliados han demostrado una mayor capacidad para procesar acuerdos políticos. Su lógica suele ser más pragmática que ideológica. Negocian candidaturas, posiciones y proyectos bajo una premisa sencilla: conservar la competitividad electoral.
En Morena ocurre algo distinto. Al ser un movimiento relativamente joven y con corrientes internas muy diversas, las disputas suelen ir más allá de una candidatura. En cada proceso interno se enfrentan visiones, grupos políticos e incluso proyectos de futuro.
En Hermosillo convergen al menos tres grandes expresiones: los cuadros cercanos al gobernador Alfonso Durazo, los perfiles con mayor competitividad electoral y los fundadores que consideran que les corresponde una mayor participación en las decisiones del movimiento.
Lograr un acuerdo entre todos ellos y evitar que queden heridos en el camino será probablemente el principal desafío de Morena rumbo a 2027. Porque si algo demostró la elección de 2024 es que la división puede costar muy cara.
Además, existe otro elemento que no puede ignorarse: el factor Antonio Astiazarán.
Más allá de simpatías o diferencias políticas, es evidente que el alcalde ha logrado construir una marca propia con identidad entre amplios sectores de la población. La llamada “H” ha trascendido la comunicación institucional para convertirse en un activo político reconocible.
A ello se suma una estructura territorial que ha sido probada electoralmente, una narrativa de participación ciudadana y un proyecto que tiene en Hermosillo su principal plataforma de crecimiento estatal.
Para el grupo político de Astiazarán, retener la capital es mucho más que ganar una alcaldía. Es conservar el principal bastión desde el cual puede proyectarse cualquier aspiración mayor hacia el futuro.
Por eso Hermosillo tiene una relevancia especial dentro del tablero político sonorense. Quizá no sea suficiente por sí sola para definir una gubernatura, pero sí puede determinar quién llega a esa contienda con posibilidades reales de competir.
La alianza necesitará encontrar un perfil capaz de aprovechar el capital político construido por Astiazarán, fortalecer la marca que ha consolidado durante los últimos años y convencer al electorado de que la continuidad representa una mejor opción.
Morena, en cambio, enfrenta una tarea distinta: seleccionar a su mejor carta y entender que la competitividad electoral ya no permite experimentos ni improvisaciones. Las lecciones de 2021 y 2024 deberían ser suficientemente claras. Porque si algo nos enseñan los números es que Hermosillo ya no es territorio seguro para nadie.
La joya de la corona sonorense estará en juego en 2027. Y aunque todavía faltan muchos meses para la elección, la verdadera batalla ya comenzó: la de construir unidad, procesar diferencias y llegar fortalecidos al momento decisivo. Quien lo consiga tendrá una ventaja importante. Quien no, podría perder mucho más que una alcaldía.

