EDITORIAL | Defensa de la soberanía, sin visa para la politiquería

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EDITORIAL | Defensa de la soberanía, sin visa para la politiquería

La relación entre México y Estados Unidos atraviesa nuevamente uno de esos momentos que obligan a actuar con prudencia, firmeza y, sobre todo, con responsabilidad.

La cancelación de la visa estadounidense de Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, y la carta que posteriormente dirigió al presidente Donald Trump, colocaron nuevamente en el centro de la conversación la relación bilateral y el alcance que pueden tener las decisiones de un gobierno extranjero sobre ciudadanos mexicanos. López Beltrán cuestionó la medida y sostuvo que tiene un carácter político, al tiempo que pidió que, si existen señalamientos en su contra, se presenten las pruebas correspondientes.

La presidenta Claudia Sheinbaum, por su parte, expresó su respaldo a López Beltrán y señaló que una decisión de esta naturaleza tiene un sentido político, además de defender la posición de que cualquier señalamiento debe estar acompañado de elementos que permitan conocer con claridad sus fundamentos.

La postura de la presidenta resulta comprensible desde la responsabilidad que tiene como jefa del Estado mexicano: defender la soberanía nacional y procurar que la relación con Estados Unidos se conduzca bajo principios de respeto mutuo. En una relación tan estrecha y compleja como la que mantienen ambos países, el diálogo y la cooperación deben mantenerse como las principales herramientas para resolver diferencias.

   

Pero precisamente por la importancia del tema, también conviene que el caso se mantenga en el terreno de las instituciones y de la información verificable.

Si Estados Unidos cuenta con elementos que sustenten alguna acusación, lo deseable sería que estos sean presentados por las vías correspondientes. Y si no existen tales elementos, también será legítimo cuestionar una decisión que podría interpretarse como política.

   

México, por supuesto, tiene derecho a defender a sus ciudadanos y a exigir respeto a su soberanía. Al mismo tiempo, la mejor defensa de cualquier persona, independientemente de su apellido o filiación política, debe ser siempre el debido proceso.

El caso de Andy López Beltrán merece, por ello, una mirada serena. No se trata únicamente de respaldar o cuestionar a una persona, sino de preservar principios que deben aplicarse por igual: presunción de inocencia, presentación de pruebas, respeto institucional y transparencia.

También es importante evitar que un episodio de esta naturaleza termine convirtiéndose en un nuevo punto de tensión innecesaria entre México y Estados Unidos.

Ambos países tienen demasiados intereses compartidos como para permitir que las diferencias políticas terminen desplazando la cooperación. Seguridad, comercio, migración, inversión y desarrollo económico forman parte de una agenda bilateral que requiere comunicación permanente y madurez política.

La defensa de la soberanía mexicana no está reñida con mantener abiertos los canales del diálogo. Al contrario: una relación entre países vecinos, socios y aliados comerciales requiere firmeza cuando sea necesario, pero también capacidad para encontrar coincidencias.

En este caso, la prudencia parece ser el mejor camino.

Que se conozcan las razones de la decisión estadounidense, que cualquier señalamiento tenga sustento y que, si existen investigaciones, estas se conduzcan por las vías legales correspondientes.

Porque al final, más allá de nombres, partidos o coyunturas políticas, lo que debe prevalecer es algo mucho más importante: el respeto entre naciones, el Estado de derecho y la certeza de que nadie está por encima de las instituciones.