PILAR POLÍTICO | Heriberto Aguilar, el senador del pueblo y de la familia

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PILAR POLÍTICO | Heriberto Aguilar, el senador del pueblo y de la familia

Por Jesús Donaldo Guirado

En la vorágine de la política contemporánea, donde con frecuencia los cálculos electorales parecen imponerse sobre las convicciones personales, aún existen episodios que invitan a la cavilación y permiten recordar que el ejercicio público no necesariamente está divorciado de la condición humana.

Tal es el caso del senador Heriberto Marcelo Aguilar Castillo, quien hace unos días solicitó licencia para separarse temporalmente de su escaño en el Senado de la República. La noticia, como suele ocurrir en los corrillos de la grey política, despertó de inmediato una profusión de especulaciones. Hubo quienes interpretaron el movimiento como la antesala de una eventual candidatura a la gubernatura de Sonora por Morena; otros, fieles a la lógica de la coyuntura permanente, buscaron explicaciones en las inercias del poder.

Sin embargo, la realidad resultó mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más significativa. El senador decidió privilegiar a su familia en momentos particularmente complejos. Por respeto a la esfera privada, no corresponde abundar en los motivos. Lo relevante es el mensaje que deja una decisión de esta naturaleza en tiempos donde la política suele exigir presencia irrestricta y donde, con frecuencia, la vida personal queda relegada a un plano secundario.

Más allá del hecho mismo, lo que merece análisis es la dimensión humana de la determinación. Heriberto Aguilar demostró que existen circunstancias en las que ningún cargo, por relevante que sea, puede colocarse por encima de los afectos, de los vínculos intrínsecos y de las responsabilidades familiares. Es, en esencia, una reivindicación de aquello que con demasiada frecuencia se soslaya en la vida pública: la familia como núcleo fundamental de toda persona.

No deja de resultar revelador que, entre quienes lo conocen de cerca, el señalamiento más recurrente hacia su personalidad sea, paradójicamente, que es “demasiado bueno” o que carece de la malicia que algunos consideran indispensable para navegar las aguas de la política. En una época donde la suspicacia suele confundirse con inteligencia y el cálculo con virtud, semejante observación merece ser sopesada con detenimiento.

Porque la lealtad no debería ser considerada una debilidad. La lealtad hacia la familia, hacia un equipo de trabajo, hacia un movimiento político y, sobre todo, hacia los compromisos asumidos con la sociedad, constituye una cualidad cada vez más escasa y, por ello mismo, más valiosa. Lo que algunos perciben como una limitación, otros lo interpretan como una expresión de congruencia y pulcritud personal.

Quizá por eso el reconocimiento que diversos sectores le otorgan como “el senador del pueblo” no surge de una estrategia de mercadotecnia ni de un artificio discursivo. Se trata de una percepción que ha permeado entre quienes observan en él una disposición constante al servicio y una cercanía que difícilmente puede fingirse.

Quizá la mejor prueba de ese profundo sentido familiar no se encuentra en los discursos ni en los eventos públicos, sino en los pequeños detalles que revelan la esencia de una persona. Basta observar el orgullo con el que Heriberto Aguilar habla de Heribertito, su

hijo, a quien constantemente dedica palabras de afecto y reconocimiento. En cada mención se percibe el cariño genuino de un padre que encuentra en su familia su mayor fortaleza y motivación. Por ello, resulta no solo comprensible, sino también aplaudible y respetable, que haya decidido estar presente en los momentos que más lo requieren. Porque al final, antes que senador, antes que actor político y antes que figura pública, está el hombre de familia. Y en tiempos donde la vida pública suele absorberlo todo, ese amor inquebrantable por los suyos constituye una virtud que merece ser reconocida.

En tiempos donde abundan las estridencias, los enconos y las disputas por el poder, resulta venturoso encontrar ejemplos que recuerdan que la política también puede ejercerse desde la empatía, la lealtad y la sensibilidad humana. Y cuando eso ocurre, corresponde decirlo con claridad: honor a quien honor merece.

 

Fernando Rojo: bienestar con presencia en Navojoa

En política, los resultados suelen hablar con más fuerza que los discursos. Y cuando esos resultados se traducen en apoyos directos para quienes más lo necesitan, el mensaje es aún más contundente. La reciente entrega del Programa de Fortalecimiento Económico para Familias Vulnerables en el sur de Sonora es una muestra clara de que la política social del gobernador Alfonso Durazo continúa permeando en cada rincón del estado.

Con una inversión superior a los 56 millones de pesos, más de 4 mil 500 familias de Navojoa, Etchojoa, Huatabampo y Quiriego recibieron un respaldo económico que representa alivio, esperanza y mejores condiciones para enfrentar los desafíos cotidianos. No se trata únicamente de cifras; detrás de cada apoyo existe una familia que encuentra un respiro y una oportunidad para fortalecer su bienestar.

Al frente de esta importante tarea se encuentra Fernando Rojo de la Vega Molina, secretario del Bienestar en Sonora, quien ha demostrado ser uno de los funcionarios más consistentes en la ejecución de la política social impulsada por el Gobierno del Estado. Si bien su trabajo ha sido ampliamente reconocido en Hermosillo, donde ha consolidado diversos programas y estrategias de atención ciudadana, sería un error pensar que su labor se limita a la capital.

Por el contrario, Fernando Rojo ha entendido con claridad el tenor de la instrucción del gobernador Alfonso Durazo: gobernar para todo Sonora y no únicamente para una región. Por ello, su presencia constante en el sur del estado refleja una visión incluyente que busca llevar los beneficios de los programas sociales a quienes históricamente han esperado ser escuchados.

La jornada realizada en Navojoa, con el acompañamiento del alcalde Jorge Alberto Elías Retes, confirma que cuando existe coordinación entre los distintos niveles de gobierno, los resultados llegan con mayor eficacia. Más allá de la coyuntura política, lo que hoy observan miles de familias sonorenses es un gobierno que mantiene el compromiso de acercar apoyos y generar bienestar duradero.

En este esfuerzo también destaca la participación del alcalde Jorge Alberto Elías Retes, quien ha mantenido una relación institucional sólida con el Gobierno del Estado, entendiendo que las grandes transformaciones no se construyen desde la confrontación, sino desde la suma de voluntades. Su disposición para gestionar, coordinar y facilitar la llegada de programas sociales a Navojoa ha sido un factor determinante para que miles de familias puedan acceder a beneficios que impactan positivamente en su calidad de vida.

A lo largo de su administración, Elías Retes ha demostrado que el municipalismo eficaz no consiste únicamente en atender las responsabilidades cotidianas del gobierno local, sino también en generar las condiciones necesarias para atraer mayores apoyos y oportunidades para la población. Esa visión de trabajo conjunto con el gobernador Alfonso Durazo y con funcionarios como Fernando Rojo de la Vega ha permitido que Navojoa continúe consolidándose como un municipio donde las acciones de bienestar encuentran terreno fértil para traducirse en resultados concretos para la ciudadanía.

Y si algo distingue a Fernando Rojo de la Vega es precisamente esa capacidad de traducir las directrices del gobernador en acciones concretas. En una época donde abundan las promesas, siempre será digno de reconocimiento quien entiende que el servicio público se ejerce recorriendo el territorio, escuchando a la gente y llevando soluciones donde más se necesitan.

La política social encuentra su verdadera razón de ser cuando llega a las familias que enfrentan mayores dificultades. Eso es precisamente lo que ocurrió en el sur de Sonora: un esfuerzo coordinado entre el Gobierno del Estado y los ayuntamientos para convertir los recursos públicos en bienestar tangible. Cuando los apoyos llegan, cuando los compromisos se cumplen y cuando las instituciones trabajan en la misma dirección, los beneficiados son siempre los ciudadanos.

Por ello, la labor de Fernando Rojo de la Vega merece ser observada más allá de los reflectores. Su trabajo constante en Hermosillo no le ha impedido mantener presencia en las distintas comarcas del estado, particularmente en el sur sonorense, donde ha dado seguimiento puntual a la encomienda del gobernador Alfonso Durazo. Esa cercanía con la gente y esa disposición para recorrer el territorio son señales de una política que busca resultados y no solamente protagonismo.