Por Jesús Donaldo Guirado
Cuando un gobierno pierde sensibilidad humana, deja de ser administración pública para convertirse en una maquinaria fría, insensible y peligrosa. Y eso es precisamente lo que hoy comienza a exhibirse en el Ayuntamiento de Etchojoa bajo la sombra de la tesorera Amanda Valenzuela, una funcionaria que, lejos de actuar con empatía ante un caso delicado de salud, decidió mostrar el rostro más soberbio y desalmado del poder burocrático.
Porque no estamos hablando de alguien que acudió a pedir dádivas ni privilegios inmerecidos. Estamos hablando de una trabajadora con casi tres décadas de servicio dentro del ayuntamiento, una mujer que, empujada por la desesperación y la urgencia médica, solicitó un préstamo para realizarse un estudio clínico impostergable. El Isssteson le otorgaba una cita dentro de seis meses, pero su condición de salud no puede esperar tanto tiempo. Su vida, literalmente, no está para la desidia administrativa.
Y aun así, Amanda Valenzuela decidió cerrarle la puerta en la cara.
Sin tacto. Sin humanidad. Sin el más mínimo ápice de sensibilidad.
La tesorera municipal respondió con un rotundo “no”, exhibiendo una actitud déspota, altanera y profundamente inhumana. Una respuesta que retrata no solamente la personalidad de una funcionaria pública, sino también el nivel de descomposición moral que comienza a permear en ciertas áreas del gobierno municipal de Etchojoa.
Resulta indignante que mientras se le niega apoyo a una trabajadora enferma y con años de servicio, la misma funcionaria haya estado vinculada al oscuro episodio de las observaciones por 232 millones de pesos detectadas por la Auditoría Superior de la Federación. Y no se trata de un señalamiento menor. Amanda Valenzuela fue contralora antes de ocupar la Tesorería, es decir, tenía la responsabilidad de vigilar y prevenir irregularidades en el manejo de recursos públicos.
Sin embargo, lejos de actuar con rigor, lo que hoy se comenta en los corrillos políticos y administrativos es que hubo complacencia, encubrimiento y silencio conveniente hacia personajes que hicieron un uso cuestionable del dinero público. Ahí sí hubo flexibilidad. Ahí sí hubo tolerancia. Ahí sí hubo manga ancha.
Pero para una trabajadora enferma no hubo compasión.
Ese contraste retrata con crudeza la escala de valores que impera actualmente: severidad para el débil y complacencia para quienes gravitan alrededor del poder.
Lo más preocupante es el silencio. El mutismo incómodo de regidores y actores políticos que, hasta ahora, parecen observar el problema desde la comodidad de la indiferencia. Porque guardar silencio ante hechos de esta naturaleza también es una forma de complicidad política.
Los ediles de todas las fuerzas políticas tienen la obligación moral y legal de exigir una investigación seria sobre las observaciones millonarias y sobre el actuar de una funcionaria que hoy está severamente cuestionada, no solamente por posibles irregularidades administrativas, sino por algo todavía más grave: la pérdida absoluta de sensibilidad humana.
Porque una administración puede sobrevivir a errores políticos, a disputas internas e incluso a crisis financieras. Lo que difícilmente puede sostenerse es un gobierno donde el poder se ejerce con desdén, frialdad y soberbia frente al dolor ajeno.
Y cuando una funcionaria prefiere cuidar intereses oscuros antes que tenderle la mano a una trabajadora enferma, entonces el problema deja de ser administrativo y se convierte en una afrenta moral para todo Etchojoa.

Jorge Elías.- Reelección
Jorge Elías y la pesada factura del pasado
Navojoa transita por una coyuntura compleja. No hay milagros administrativos ni fórmulas instantáneas capaces de revertir, de golpe y porrazo, el cúmulo de rezagos que durante décadas fueron soslayados por gobiernos municipales cuya visión política parecía agotarse en la inmediatez y el artificio mediático. Sin embargo, en medio de esa realidad áspera, comienzan a percibirse señales que, aunque discretas, resultan indubitables.
La rehabilitación de espacios deportivos en la Unidad Deportiva Faustino Félix Serna es quizá el ejemplo más conspicuo de ello. El cambio de pasto sintético en diversas canchas, la mejora del alumbrado y el cubrimiento de baches sobre la avenida Luis Salido podrían parecer, para algunos contertulios de la grey política local, acciones menores o insuficientes. Pero reducirlas a una simple obra pública sería una lectura supina y carente de contexto.
Lo que hoy ocurre en ese emblemático espacio deportivo no únicamente representa una inversión en infraestructura; simboliza, además, un intento por reparar la laceración institucional que durante administraciones pretéritas fue dejando a Navojoa sumido en el abandono. Otrora, aquellos sitios destinados al deporte y la convivencia social fueron relegados por gobiernos que prefirieron mirar hacia otro lado antes que enfrentar el desgaste de una ciudad anegada por problemas estructurales.
Por dar un ejemplo, la exmandataria Rosario Quintero Borbón, personaje que desde el inicio de su administración y hasta el final no hizo nada de provecho para la ciudadanía navojoense.
Jorge Elías no gobierna una ciudad nueva ni venturosa; gobierna una ciudad que arrastra inercias perniciosas, decisiones discrecionales y omisiones que hoy cobran factura. Pretender que en una sola administración desaparezcan los estragos acumulados sería caer en una falacia alimentada más por el encono político que por el análisis serio y objetivo de la coyuntura actual.
Hay quienes, desde los corrillos palaciegos o desde la estridente arena digital, buscan defenestrar cualquier avance bajo la lógica del descrédito permanente. Sin embargo, la realidad posee una terquedad incontrovertible: Navojoa comienza lentamente a recuperar espacios que antes parecían condenados al abandono inexorable.
El cambio quizá no sea todavía colosal ni multitudinario en percepción ciudadana, porque las transformaciones profundas rara vez son inmediatas. Las ciudades no se reconstruyen con discursos grandilocuentes ni con ditirambos de ocasión; se reconstruyen con persistencia, con obras concretas y con la voluntad de enfrentar aquello que otros gobiernos dilapidaron por desidia o cálculo político.
Por ello, resulta menester que la ciudadanía sopesé con serenidad el momento que atraviesa el municipio. En política, muchas veces el verdadero riesgo no está en la continuidad, sino en reincidir en los ciclos de improvisación y estulticia que tanto daño causaron en el pasado. Bajo esa lógica, no luce desproporcionado pensar que, de mantener este tenor de trabajo, Jorge Elías podría encontrar en una eventual reelección la oportunidad de consolidar un proyecto que apenas comienza a permear en la vida pública de Navojoa.

