MONITOR | Sucesión de Durazo, entre el dedo y la duda

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MONITOR | Sucesión de Durazo, entre el dedo y la duda

Por Alan Castro Parra

“En política cuando algo es puesto en duda, luego surge la necesidad de aclarar esa duda.”

Es lo que pasó la semana pasada, pues cuando comienzan a sembrar sospechas sobre si Javier Lamarque realmente es el candidato oficial o es el candidato de la presidenta, casi de inmediato aparece el reforzamiento de su figura con mensajes, presencia y operación, pero nada es casualidad, es la lógica del poder cerrando filas cuando percibe el ruido interno.

Y es que algún opinión en una columna nacional o un simple comentario en redes sociales, en un contexto de fragilidad política puede generar desestabilidad y hasta poner en riesgo el control de la sucesión, haciendo dudar hasta de lo que estamos viendo: una cargada a favor de Lamarque, pues la foto reciente con el gobernador pudo ser instantánea, pero no fue espontánea.

Porque aunque podamos interpretar fácilmente la escena, hay que ver más allá de lo evidente y lo cierto es que no hay nadie conoce la convocatoria, pero sobre todo nadie se encuentra registrado como aspirante a la defensa de la transformación en Sonora, por lo cual podemos decir que todo está decidido… pero lo más seguro es que no hay nada seguro.

En paralelo, la senadora Lorenia Valles entendió el momento. La última semana no fue casual: redobló esfuerzos, se movió, apareció y comenzó a construir algo que en política pesa más que cualquier encuesta aislada: tendencia a la alza. Y cuando la tendencia cambia, cambia la conversación. Hoy ya no está solo en la lista, está en la disputa.

Quien también parece haber hecho una pausa estratégica es Célida López Cárdenas, porque una cosa es jugar el papel de disruptora y otra muy distinta es dinamitarse a sí misma. Ser rebelde suma reflectores; ser kamikaze resta futuro. Y en ese ajuste fino, todo indica que está midiendo mejor sus tiempos, sus formas y, sobre todo, sus batallas.

En ese tablero, el senador Heriberto Aguilar Castillo se mantiene en su zona natural: la conciliación. Es de los que construyen, no de los que rompen. Puede ceder, pero no es de los que se bajan de la mesa de la negociación. Su papel no es menor: en procesos cerrados, los perfiles que no dividen suelen terminar siendo los que definen.

Distinto es el caso de Dolores del Río Sánchez, que más que competir, observa; más que confrontar, calcula. Su apuesta no está en ganar la candidatura, sino en negociar lo que viene. En esa lógica, su presencia en la contienda es más ornamental que determinante, pero en política, hasta la decoración puede tener precio sobre todo si brilla el oropel.

Y mientras algunos suben, otros se desinflan. Todo apunta a que Froylán Gámez Gamboa no llegará al 22 de junio con registro en mano. Su aspiración a la gubernatura perdió aire antes de consolidarse, y en estos procesos, el timing lo es todo: quien no llega fuerte a la antesala, rara vez entra a la sala; algo cambio en el trayecto, pero sobre todo cambio el destino..

Pero no se confunda, el verdadero campo de batalla no será junio. Será mayo.

Mayo es el mes donde se negocia, donde se presiona, donde se mide la lealtad y se prueba la disciplina. Es el mes para bajar aspiraciones, para planchar acuerdos y, si se puede, para construir una candidatura de unidad que evite fracturas innecesarias. Porque todos saben algo: dividirse es el único escenario donde pueden perder la gubernatura del estado.

Pero si no hay acuerdo, la cosa cambia. Y lo que hoy parece controlado puede volverse competencia real. Más de dos nombres registrados y participando en la encuesta, generará más ruido, pero también más riesgo. Y en ese terreno, ya no gana el más alineado… gana el que mejor conecte. Porque al final, en política no se trata de quién quiere, sino de quién puede.

En mayo seguramente también se vendrá una serie de renuncias y solicitudes de licencia, particularmente los que vayan en serio por la gubernatura, pues aunque eventualmente todos los que aspiren a una posición de elección popular tendrán que separarse del cargo público, la cosa será escalonada, primero la gubernatura, diputaciones federales y locales.

Cuando todo se vuelve político… hasta el agua

En Hermosillo, el agua dejó de ser solo un problema técnico para convertirse, otra vez, en botín político. Y eso, más que la fuga misma, es lo verdaderamente preocupante.

Sí, se rompió un tubo de 24 pulgadas. Sí, 33 colonias se quedaron sin agua. Sí, se inundó el cárcamo. Nadie está negando la gravedad. Pero reducir todo a una falla de la actual administración no solo es impreciso, es francamente irresponsable.

La red hídrica de la ciudad no colapsó ayer. Viene arrastrando décadas de abandono. Pasaron gobiernos del PRI, del PAN y de Morena, y durante mucho tiempo simplemente no se le invirtió lo suficiente. Ese es el origen del problema, no una coyuntura política.

Hoy, guste o no, estamos viendo una administración que le está metiendo más de 600 millones de pesos a la infraestructura hidráulica. ¿Es suficiente? No. ¿Llega tarde? Probablemente. ¿Resuelve de inmediato? Tampoco. Pero negar que se está atendiendo el rezago sería cerrar los ojos a la realidad.

Aquí el punto es otro: hay quienes prefieren que el problema continúe, porque políticamente les resulta útil. Se indignan frente a la cámara, graban videos en el cárcamo y celebran el caos como si fuera trofeo. No informan, no proponen, no ayudan. Lucran. Y eso, en una ciudad donde el agua escasea, es simplemente ruin.

Ahora bien, el otro argumento que se ha querido instalar, que si hubo dinero para el paso a desnivel de Colosio y Solidaridad, entonces debió ir todo al agua, es una falsa dicotomía. La inversión pública no funciona así. Una ciudad no puede elegir entre tener calles funcionales o servicios básicos. Necesita ambas cosas.

Plantearlo como “o agua o vialidades” no es una solución, es una consigna. Y bastante simplista. La discusión de fondo no es por qué se construyó una obra, sino por qué durante tantos años no se invirtió en la red hídrica. Ese es el verdadero pecado original.

Mientras tanto, la gente no está pensando en debates políticos. La gente quiere abrir la llave y que salga agua. Quiere servicios que funcionen. Y ahí es donde debe centrarse la exigencia: en resultados, no en discursos.

Porque si algo queda claro en medio de fugas, inundaciones y señalamientos, es esto: no estamos frente a una falla aislada, sino ante el colapso progresivo de una red que se dejó envejecer por décadas. Y ante eso, hay dos caminos: usarlo como bandera política… o resolverlo de una vez por todas.