Por Luis Fernando Heras Portillo
El periodista Mario Maldonado reveló la semana pasada en El Heraldo de México un dato que debería encender las alarmas: Estados Unidos y Canadá negocian un acuerdo preliminar que reduciría los aranceles al acero, aluminio y automóviles canadienses, dejando a México en clara desventaja frente a su principal competidor dentro del mercado estadounidense.
Ottawa decidió negociar de manera bilateral y directa con Washington, mientras México sostenía la apuesta por una posición trilateral. El resultado, de confirmarse, es que Canadá obtiene una ruta propia y ventajas arancelarias que México aún no tiene sobre la mesa.
Washington busca elevar el contenido regional automotriz de 75% a 82%, con al menos 50% de valor de origen estadounidense — una condición que alteraría de fondo la lógica norteamericana bajo la cual se integraron las plantas mexicanas durante décadas.
Negociar un tratado de esta magnitud exige un objetivo nítido y coordinación estrecha entre el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, su gabinete económico y el grupo asesor empresarial que ella misma conformó al inicio de su administración. Hasta ahora no es evidente que ese engranaje esté operando con la urgencia que el momento exige.
Trump negocia por separado con cada país para extraer concesiones distintas de cada gobierno. Frente a eso, solo un encuentro directo entre ambos mandatarios puede poner sobre la mesa, cara a cara, los temas pendientes —con el T-MEC como prioridad central— y evitar que México quede rezagado mientras Canadá avanza.
Esperar no es una estrategia; es ceder terreno.

