
Por Jesús Donaldo Guirado
Si hubiera que resumir en una sola palabra el mayor riesgo que enfrenta Morena rumbo al 2027, esa palabra sería: división. Mientras algunos deberían estar concentrados en construir un proyecto sólido frente a una oposición que, a diferencia de procesos anteriores, hoy luce más organizada y competitiva, una parte de la grey política parece empeñada en librar una batalla interna por el poder, las posiciones y las candidaturas futuras. Y cuando la política se convierte en una vendetta entre compañeros de movimiento, los adversarios observan cómodamente desde la barrera.
Los tiempos electorales se adelantaron y con ellos también llegó la parte menos decorosa de la actividad política: las campañas negras, o mejor dicho, las precampañas negras. El caso más visible ocurrió tras el evento encabezado por Javier Lamarque en la Arena ITSON la semana pasada. Más allá de simpatías o diferencias, el encuentro derivó en una oleada de descalificaciones y ataques en redes sociales dirigidos a minimizar su convocatoria y aceptación ciudadana, reflejo del clima de confrontación interna que comienza a instalarse dentro del movimiento.
No obstante, también sería injusto ignorar una realidad evidente: uno de los principales desafíos de Javier Lamarque no parece estar fuera de su proyecto político, sino dentro de su propio equipo.
Existen áreas donde la falta de coordinación, el desorden operativo y la ausencia de una estrategia ceñida han generado cuestionamientos legítimos. En política, los liderazgos frecuentemente terminan pagando los errores de quienes los rodean, y ese podría convertirse en un problema serio si no se corrige a tiempo.
Porque una cosa es la figura del alcalde y otra muy distinta es la capacidad de operación de quienes deberían acompañarlo.
Morena nació bajo la premisa de privilegiar la unidad y evitar el golpeteo interno. La animadversión entre grupos y las disputas prematuras únicamente terminan debilitando al movimiento frente a sus verdaderos adversarios.
Algo similar ocurre con otros grupos políticos internos que, ante la sola aparición de ciertos nombres en la conversación pública, responden con campañas de desgaste, filtraciones y ataques coordinados. La política de trincheras puede resultar útil para ganar una batalla interna, pero suele ser perniciosa cuando llega el momento de enfrentar una elección constitucional.
Morena debe entender que hoy enfrenta un escenario distinto al de años anteriores. La confianza excesiva y el triunfalismo podrían convertirse en una falacia política de proporciones considerables.
En reiteradas ocasiones, el senador Heriberto Aguilar Castillo ha insistido en un mensaje que parece tan simple como necesario: unidad, no división. Y probablemente ahí se encuentre la diferencia entre conservar el poder o entregarlo. Tal vez la respuesta no sea atacar al adversario ni mucho menos destruir al compañero de partido.
Tal vez la respuesta sea, simplemente, hacer buena política. Y permitir que sea la ciudadanía quien decida quién merece llegar a la cúspide.
Las encuestas fantasma: entre la falacia y la realidad

Lorenia Valles.- Percepción
En la política —esa arena donde la percepción suele pesar tanto como los hechos— las encuestas han transitado de ser instrumentos de medición a convertirse, en no pocos casos, en artificios de propaganda. Las llamadas “encuestas fantasma” no son un fenómeno nuevo; existen casi desde Adán y Eva. Sin embargo, en estos tiempos su fiabilidad resulta, por decir lo menos, cuestionable, cuando no abiertamente espuria.
Hoy por hoy, quien aspire a entender con pulcritud el tablero político debe apartarse del ruido estridente de cifras infladas y sumergirse en el pulso real: el campo, los eventos y el trabajo cotidiano. Es ahí, tras bambalinas, donde los corrillos dicen más que cualquier gráfico y donde la percepción ciudadana termina por imponerse.
Surge entonces la interrogante: ¿por qué abordar este tema ahora? En días recientes han proliferado diversas “encuestas” que colocan a Lorenia Valles Sampedro en la cúspide de las preferencias. Intentan dotarlas de credibilidad ubicando a Javier Lamarque en un segundo lugar casi ceñido, pero lejos de generar incertidumbre, lo que provocan es desconfianza y una laceración a la ya de por sí frágil fiabilidad de estos ejercicios.
Más allá de las cifras difundidas recientemente, el escenario parece bastante más competitivo y abierto de lo que algunas mediciones pretenden mostrar, tanto entre los perfiles masculinos como entre los femeninos.
Y aquí es donde la ironía se vuelve inevitable. Si uno se dejara llevar por el frenesí de las encuestas, podría construirse prácticamente cualquier narrativa política. Así funcionan muchas de estas herramientas: cifras que se acomodan con una discrecionalidad que raya en lo inverosímil.
Por ello, salvo contadas excepciones de casas encuestadoras con prestigio insigne, resulta difícil concederles crédito.
En política, la percepción no solo se construye: también se contamina.
Y en ese terreno, las encuestas —reales o fantasma— deberían servir para esclarecer, no para confundir. De lo contrario, seguirán siendo lo que hoy parecen: números al servicio de una narrativa, más cercanos a la ficción que a la realidad.

