PILAR POLÍTICO | Cinco nombres, una sola respuesta al huracán “Polo”

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PILAR POLÍTICO | Cinco nombres, una sola respuesta al huracán “Polo”

  • Jorge Elías, Armando Covarrubias, Samuel Borbón, Beto Vázquez y Fernando Rojo 

Por Jesús Donaldo Guirado

Apenas comenzaba a asentarse el polvo del huracán político que desató la designación de la nueva coordinadora estatal de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional de Morena en Sonora, cuando sobrevino otro huracán, este sí meteorológico, con nombre y apellido de desastre: Polo. Si el primero removió corrillos, cálculos y ambiciones en el tablero partidista, el segundo vino a recordarnos, con la crudeza de lo inexorable, que la política que vale es la que se pone a prueba cuando el agua rebasa la rodilla.

Y es aquí donde la historia se vuelve digna de contarse. Porque en medio de la adversidad, Polo logró lo que ningún foro, asamblea ni tertulia había conseguido: aglutinar en una misma causa a personajes de distintas trincheras. La coyuntura, tan temida por los especialistas, terminó siendo el crisol donde se fundió una causa común.

En Guaymas, los expertos ya lo habían advertido: el fenómeno se anunciaba con una intensidad que obligaba a la cautela. Sin embargo, la sorpresa se registró en el sur del estado, donde Navojoa, Álamos y Huatabampo resultaron severamente afectados. Comunidades enteras vieron crecer los escurrimientos, anegarse los caminos y quedar incomunicadas las rutas que les dan vida. Era el momento de las decisiones, no de las declaraciones.

   

La respuesta no se hizo esperar, y vale subrayar que no fue una respuesta de escritorio. Fue una respuesta de territorio.

El gobernador Alfonso Durazo, el secretario de Bienestar, Fernando Rojo de la Vega, y el secretario de Gobierno, Adolfo Salazar, acompañaron al presidente municipal de Navojoa, Jorge Elías Retes. El primer recorrido se realizó en helicóptero, y desde las alturas pudieron percatarse de la dimensión real de los daños que el huracán había ocasionado en el sur de Sonora.

   

Pero lo verdaderamente relevante vino después. Tras observar las afectaciones y planear la estrategia, el gobernador Durazo tomó una decisión propia de quien sabe gobernar con visión y con confianza: delegó en Fernando Rojo de la Vega la responsabilidad de que las familias sonorenses estuvieran bien. Y el secretario de Bienestar respondió con creces, porque la confianza, cuando se deposita en quien tiene oficio y sensibilidad, se convierte en resultados.

Mención aparte merece el secretario de Gobierno, Adolfo Salazar, cuya presencia en territorio habla de un gabinete que entiende la gobernabilidad no como un concepto abstracto, sino como la capacidad de estar donde la gente lo necesita.

Si hubo un rostro que concentró la imagen de la entereza en Navojoa, fue el de Jorge Elías Retes. El presidente municipal atendió la emergencia a ras de suelo, sin ceremonias ni escenografías, y, según afirman algunos, tuvo la generosidad de tender la mano a sus amigos alcaldes de las ciudades vecinas, como Álamos, Etchojoa y Huatabampo, para auxiliarlos con las afectaciones que cada municipio enfrentaba.

Ese gesto lo dice todo. En política abundan quienes administran su propio territorio con celo; escasean los que comprenden que una región es un solo cuerpo y que, cuando una parte sufre, el resto debe acudir. Esa coordinación era justamente la que se necesitaba para salvaguardar la integridad de las familias sonorenses, y Elías la ejerció con un espíritu magnánimo que merece reconocimiento.

Personas cercanas al alcalde relatan que caminó, junto con Fernando Rojo, comunidad tras comunidad, rincón por rincón de Navojoa. Tanto fue su empeño que se metieron al agua para trasladarse de un ejido a otro y, donde el nivel superaba todo límite, se movilizaron en balsas. Es la imagen de una autoridad que no delega el esfuerzo, sino que lo comparte, y que entiende que el liderazgo se mide en kilómetros recorridos con el lodo hasta los tobillos.

Capítulo especial merece el secretario de Bienestar. Fernando Rojo de la Vega no se limitó a coordinar desde la comodidad de una oficina: recorrió Navojoa a pie, entró al agua cuando fue necesario y se trasladó en balsa hasta las comunidades donde otros medios no alcanzaban. Esa conducta es la mejor definición de una política social con rostro humano, que no se agota en un programa ni en un discurso, sino que se materializa en la mano tendida a quien lo perdió todo o casi todo.

Rojo de la Vega demostró por qué el gobernador depositó en él una encomienda de tan alta responsabilidad: tiene la aptitud, la practicidad y, sobre todo, la sensibilidad indispensables para entender que, en una emergencia, la política se reduce a lo esencial: llegar, escuchar, resolver.

Armando Covarrubias tampoco desertó. Fue de los principales gestores que llevaron ayuda casa por casa, auxiliando a diversas comunidades en horas críticas. En una contingencia de esta naturaleza, con tan poco tiempo de reacción, se requiere mucho equipo, mucha logística y mucha voluntad, y Covarrubias aportó las tres. Su labor fue de gran ayuda para que la situación no pasara a mayor gravedad, y eso, en el lenguaje de la política verdadera, es el mejor de los méritos: evitar que lo grave se vuelva irreparable.

Su trabajo, discreto pero efectivo, ejemplifica a ese tipo de político que prefiere la eficacia al aplauso, la gestión a la fotografía y el resultado al discurso.

Desde la sierra baja, Samuel Borbón libró una batalla singular. Mientras habilitaba los accesos a comunidades como El Paso y Las Minitas, se coordinó con sus homólogos para gestionar la ayuda suficiente en favor de sus respectivas comunidades. Se la pasó abriendo brechas, en el sentido más literal y también en el más político de la expresión, para que los insumos llegaran hasta las familias alamenses.

Hay alcaldes que se limitan a pedir; Borbón gestionó, desbrozó y entregó. Esa capacidad de ser, al mismo tiempo, el que abre el camino y el que lleva el apoyo, habla de un presidente municipal con arraigo, con temple y con una cercanía con su gente que no se fabrica en campaña, sino que se forja en la adversidad.

Tampoco se quedó atrás Alberto Vázquez Valencia, conocido cariñosamente como Beto, presidente municipal de Huatabampo. En coordinación con el equipo técnico de la Conagua, realizó un recorrido de supervisión por el dren Las Ánimas, en las localidades de Sebampo y Saucóme, así como por el dren Yavaros, en el Campo 19.

Durante el recorrido revisó el estado de la infraestructura hidráulica y los niveles de agua, dando seguimiento puntual a los escurrimientos registrados en la zona. Es la pulcritud del gobernante que sabe que, en una emergencia hídrica, la diferencia entre el control y el desastre la hacen los datos, la anticipación y la coordinación con las instancias especializadas. Vázquez Valencia entendió su momento y estuvo a la altura.

Aquí el hecho no es únicamente que se llevó ayuda. Lo trascendente es que los presidentes del sur se unieron, junto con el gobernador Alfonso Durazo, en una causa que dejó atrás colores, diferencias y estridencias. La emergencia depuró las prioridades y sacó a flote lo mejor de cada quien. Que nadie se llame a engaño: no se trató de un acto de protagonismo, sino de un ejemplo de institucionalidad.

Al mismo tiempo, se coordinaron los sistemas DIF Sonora y los municipales, y se repartieron decenas de miles de despensas para que ninguna familia quedara sin lo básico. Y el gobierno de Sonora desplegó a 6,517 personas de dependencias municipales, estatales y federales para atender las afectaciones provocadas por el fenómeno, una cifra que, más allá del número, refleja una maquinaria de Estado que supo ponerse en marcha con prontitud y con orden.

El huracán político pasó, como pasan todas las tormentas de pasillo. El huracán natural también pasará, aunque tardará en borrarse de la memoria de quienes lo padecieron. Lo que no debería pasar es la lección: cuando las instituciones se coordinan, cuando los liderazgos se despojan de egos y cuando los servidores públicos se ensucian los zapatos, Sonora sale adelante.

Jorge Elías, Fernando Rojo, Armando Covarrubias, Samuel Borbón, Beto Vázquez, Adolfo Salazar y el gobernador Alfonso Durazo escribieron, cada uno desde su trinchera, una página que merece figurar en la crónica política de nuestro estado. Una página en la que el servicio fue más fuerte que la rivalidad y la solidaridad más contundente que la consigna.

Porque en tiempos de tormenta se conoce a los verdaderos timoneles. Y el sur de Sonora, con el agua al cuello pero con la frente en alto, ya sabe quiénes son.