- Del camión que inició una trayectoria que todavía puede abrir nuevos caminos
Por Alan Castro
Hay historias que comienzan mucho antes de que sus protagonistas ocupen una oficina, reciban un nombramiento o aparezcan en las fotografías del poder. Historias que nacen lejos de los reflectores, en los caminos que conectan a las comunidades con la ciudad, donde estudiar, trabajar y buscar oportunidades exige recorrer largas distancias.
La historia de Lilian Navarro comienza en el Tazajal, una comunidad rural del oriente de Hermosillo. Para contarla, hay que volver a aquellos años en los que, siendo estudiante, se trasladaba hasta la ciudad para tomar sus clases y después emprender el regreso a casa.
El Parque Madero era parte de aquella rutina diaria, ahí tomaba el camión que la llevaba de vuelta a su casa, un trayecto cotidiano que hoy adquiere otro significado al mirar el camino que ha recorrido durante estos años en la política y en la vida.
Entonces era una estudiante más, entre tantas personas que organizan su vida alrededor de los horarios del transporte, las distancias y las obligaciones. No ocupaba todavía una responsabilidad en el Gobierno de Sonora ni su nombre estaba ligado al servicio público. Era simplemente una joven del Tazajal que buscaba abrirse paso a través del estudio.
Yo conocí esa etapa de su historia. Por eso, al mirar su trayectoria, me parece importante comenzar ahí, antes de los cargos y de las responsabilidades públicas, porque hay una diferencia entre conocer a alguien por el puesto que ocupa y haber seguido su camino desde antes de que llegara a él.
A veces, las historias políticas comienzan sin que nadie pueda anticipar su desenlace, basta comenzar con una estudiante que toma el camión, una comunidad que queda atrás y una ciudad a la que hay que llegar para construir un sueño, un futuro.
Con el tiempo, Lilian comenzó a participar en Morena y a involucrarse en las causas de su comunidad, su trayectoria la llevó a convertirse en candidata a diputada federal suplente y, posteriormente, a ejercer efectivamente esa representación en la Cámara de Diputados.
Después se incorporó al servicio público estatal, dentro de la Secretaría de Salud Pública de Sonora, donde continuó creciendo profesionalmente hasta llegar a la Subsecretaría de Salud, donde despacha los últimos meses.
El recorrido es significativo, pero reducir su historia a una sucesión de cargos sería quedarse con la parte más sencilla del relato, pues los nombramientos explican las responsabilidades que una persona ha alcanzado, pero no necesariamente revelan qué la mueve ni cómo entiende el ejercicio del poder.
En Lilian destaca una cualidad que considero fundamental: su sensibilidad social. Su trabajo es principalmente administrativo, pero eso no significa que lo ejerza desde la distancia. En el sector salud, las decisiones institucionales tienen consecuencias humanas, detrás de los procedimientos hay pacientes, familias y comunidades que necesitan respuestas, la diferencia está en no perder de vista a las personas que se encuentran detrás de cada asunto.
Quienes conocen su trayectoria reconocen su empatía, su inconformidad ante las injusticias y su disposición a mirar hacia los sectores más desprotegidos, no es un asunto menor en una actividad pública donde abundan los discursos sobre el pueblo, pero donde la verdadera congruencia se demuestra al momento de tomar decisiones y atender problemas concretos.
La sensibilidad no sustituye la preparación ni la capacidad administrativa, sino que las complementa, pues una oficina pública puede convertirse en un espacio donde los problemas se archivan o en una herramienta para encontrar soluciones y todo depende, en buena medida, de cómo se asume la responsabilidad.
Y es ahí donde la historia de Lilian permite hablar de política sin quedarnos únicamente en las siglas.
He de aclarar que Lilian Navarro se considera totalmente una mujer de izquierda, pero más allá de las etiquetas partidistas, lo interesante es cómo una convicción de esa naturaleza puede fraguarse desde el campo y traducirse en la vida cotidiana.
Porque la izquierda tiene distintas corrientes, debates y tradiciones, no existe una sola manera de definirla, pero entre sus principios históricos está la preocupación por las desigualdades y la defensa de quienes enfrentan mayores desventajas.
Ser de izquierda no debería consistir únicamente en pertenecer a un movimiento o repetir determinadas frases, también implica una manera de mirar la realidad, de reconocer las injusticias y de comprender que las instituciones tienen responsabilidades frente a quienes cuentan con menos recursos para defender sus derechos.
En ese sentido, la sensibilidad social de Lilian representa una dimensión importante de su trayectoria, la convicción de que el servicio público debe mirar más allá del procedimiento y mantener presentes las necesidades de la gente.
No se trata de idealizar a nadie, toda responsabilidad pública debe evaluarse por el trabajo realizado y sus resultados, pero tampoco debemos olvidar que la política necesita algo más que capacidad para administrar o habilidad para construir acuerdos: necesita personas que no se acostumbren a la injusticia.
Porque la ideología adquiere sentido cuando se convierte en conducta, cuando las convicciones dejan de ser una credencial política y se transforman en una responsabilidad cotidiana. Y quizá esa sea una de las preguntas más importantes para quienes llegan a ocupar cargos públicos, ¿qué hacen con la oportunidad que han conseguido?
Hay una frase histórica, asociada con Ernesto “Che” Guevara, que ha trascendido generaciones, “Hasta la victoria siempre”.
Pero imaginemos por un momento a uno de aquellos choferes que recorrían la zona rural oriente de Hermosillo, un hombre acostumbrado a reconocer las comunidades por sus nombres, a identificar a los pasajeros habituales y a conocer las distancias porque las ha recorrido cientos de veces.
En una conversación de camino, alguien menciona a Lilian, la estudiante que tomaba el camión en el Parque Madero y que, con los años, llegó a ocupar una responsabilidad importante como el ser Diputada Federal por Hermosillo.
El chofer podría recordar aquella consigna revolucionaria y, con la naturalidad de quien conoce el territorio, agregar: “¡Hasta la Victoria… y el Tazajal!”. Una frase tiene la fuerza de una imagen que une el lenguaje de la política con la geografía cotidiana de Hermosillo.
La Victoria representa aquí la consigna, la conquista y la aspiración, y El Tazajal es el origen de Lilian, la comunidad desde donde comenzó aquel recorrido hacia la ciudad, pero juntos, los dos nombres adquieren un significado distinto: la victoria no tendría que medirse únicamente por el lugar al que se llega, sino también por la capacidad de no olvidar de dónde se viene.
Porque Hermosillo no termina donde comienza la mancha urbana, también está hecho de comunidades rurales, familias trabajadoras y estudiantes que deben recorrer distancias para acceder a oportunidades, por supuesto sus habitantes forman parte de la ciudad y merecen estar presentes en las decisiones públicas.
En ese juego de palabras hay, además, una clara lectura política, pues llegar lejos puede ser una conquista individual, pero lograr que las oportunidades alcancen a quienes viven más lejos es una tarea colectiva que Lilian está dispuesta a conseguir.
La trayectoria de Lilian Navarro no necesariamente termina en su actual responsabilidad, pues en política, cada cargo puede ser un punto de llegada, pero también el comienzo de una nueva etapa.
Su experiencia en la representación legislativa federal y en la administración pública estatal abre la posibilidad de que, en el futuro, su nombre sea considerado para otras responsabilidades, entre ellas podría estar una eventual candidatura a diputada local por el distrito que comprende la zona rural oriente de Hermosillo.
No es una candidatura confirmada ni corresponde anticipar decisiones partidistas o personales, es una posibilidad que permite plantear una pregunta: ¿qué significado tendría que una mujer originaria del Tazajal, que durante sus años de estudiante recorría el camino entre su comunidad y Hermosillo, buscara representar legislativamente a esa región?
Su origen puede ofrecer una perspectiva cercana a las comunidades, pero no sustituye las propuestas ni el compromiso que exige una representación popular, si ese camino llegara a abrirse, tendría que traducirse en una agenda concreta: atender las necesidades de la zona rural, escuchar a sus habitantes y convertir sus demandas en iniciativas y gestiones verificables.
Representar no consiste solamente en regresar al lugar de origen para recordar de dónde se viene, sino en asumir la obligación de escuchar, proponer y rendir cuentas.
Por ahora, Lilian continúa desarrollando su trayectoria en el servicio público, lo que venga después dependerá de sus decisiones, de las circunstancias políticas y de los procesos correspondientes, lo importante es que cualquier nuevo paso conserve como referencia la responsabilidad hacia las personas a las que se pretende servir.
Conocí a la estudiante que tomaba el camión en el Parque Madero para regresar al Tazajal, he seguido su participación política y su crecimiento profesional, y hoy, al mirar el camino recorrido, encuentro una historia que merece contarse no solamente por los cargos alcanzados, sino por la sensibilidad social que ha acompañado su trabajo.
No sabemos cuál será su siguiente destino, tal vez continúe en la administración pública; tal vez en algún momento decida buscar una representación legislativa, pues la política, como la vida, tiene caminos que no siempre pueden anticiparse.
Pero hay algo que no debería cambiar cuando una persona llega más lejos: la capacidad de reconocer a quienes siguen recorriendo caminos difíciles para alcanzar sus propias oportunidades.
Quizá por eso la imagen del camión resulta tan significativa, en aquel viejo trayecto, el destino era regresar a casa. Hoy, ese recuerdo permite mirar hacia atrás y comprender que el crecimiento profesional no tiene por qué convertirse en una ruptura con el origen.
Y si algún día un chofer rural quisiera resumir esta historia con una frase, podría recurrir a aquella consigna revolucionaria, adaptada a los nombres de nuestra tierra: ¡Hasta la Victoria… y el Tazajal!
Porque la victoria personal puede medirse en cargos y responsabilidades. Pero una victoria que realmente valga la pena también se mide por la capacidad de no olvidar de dónde venimos, de mantener la sensibilidad ante las injusticias y de trabajar para que las oportunidades lleguen a quienes todavía esperan al borde del camino.

