EDITORIAL | ¿Y el Rocha?… crónica de una licencia obligada

HomeCOLUMNAS

EDITORIAL | ¿Y el Rocha?… crónica de una licencia obligada

La solicitud de licencia de Rubén Rocha Moya no cierra el capítulo; lo abre. Y lo hace en el peor momento posible: cuando las acusaciones, las presiones y el desgaste ya no podían administrarse en silencio. ¿Es un acto de responsabilidad… o un mecanismo de contención de daños?. ¿Se está investigando… o simplemente administrando una crisis política que se volvió insostenible?. ¿Es una decisión soberana… o el resultado de presiones externas, particularmente desde Estados Unidos?

En México, los gobernadores no suelen pedir licencia para aclarar las cosas, sino cuando ya no pueden sostenerlas. La diferencia es crucial. Porque si la salida ocurre no por convicción, sino por presión, entonces no estamos frente a un ejercicio de rendición de cuentas, sino ante una estrategia de control de daños.

La licencia, en ese sentido, no explica: descomprime. No esclarece: contiene. Y eso revela más del sistema que del propio personaje. Un sistema que rara vez actúa de manera preventiva, que no corrige cuando aparecen las primeras señales de alerta, sino cuando el costo político de ignorarlas se vuelve demasiado alto.

El caso, además, rebasa a una figura individual. Golpea directamente al proyecto político de Morena, que ha construido buena parte de su legitimidad en la promesa de una transformación moral de la vida pública. Cuando uno de sus cuadros más visibles se ve envuelto en señalamientos de esta magnitud, la pregunta ya no es solo jurídica o política, sino ética: ¿hasta dónde alcanza esa promesa?

Pero sería un error reducir este episodio a un problema de partido. La relación entre política y crimen organizado en México no nació con esta administración ni desaparecerá con ella. Es una constante incómoda que ha sobrevivido a gobiernos de todos los colores. Lo que cambia es la forma en que se gestiona: antes se ocultaba, hoy se administra; antes se negaba, hoy se contiene.

Y en ese manejo también entra la dimensión internacional. Que las acusaciones y presiones tengan origen en Estados Unidos vuelve a exhibir la ambigüedad de una relación bilateral marcada por la conveniencia. Washington señala, pero también forma parte del problema: es mercado, es flujo de armas, es financiamiento indirecto. México, por su parte, responde con discursos de soberanía, pero con capacidades limitadas para desmontar estructuras que llevan décadas incrustadas en el poder.

En medio de ese juego, la licencia de Rocha Moya aparece como una pieza más en un tablero mayor: no necesariamente como un acto de justicia, sino como un movimiento para estabilizar una crisis.

Por eso, la discusión de fondo no es si hizo bien o mal en separarse del cargo. La verdadera pregunta es por qué el sistema siempre llega tarde. Por qué las decisiones políticas parecen activarse únicamente cuando la presión es insostenible. Y, sobre todo, si este episodio será el inicio de un proceso real de rendición de cuentas o solo otro capítulo en la larga historia de simulación.

Porque si la licencia no deriva en verdad, en investigación y en consecuencias, entonces no será recordada como un acto de responsabilidad, sino como una pausa estratégica en un problema que, una vez más, se decidió administrar en lugar de resolver.