EDITORIAL | La línea abierta con Trump y la línea roja de México

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EDITORIAL | La línea abierta con Trump y la línea roja de México

Las conversaciones entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejaron hace tiempo de ser un dato curioso para convertirse en una señal política. Doce llamadas telefónicas, un encuentro personal y un discurso reiterado de cordialidad y avances dibujan un escenario que, en otros momentos de la relación bilateral, habría sido impensable. No hay confrontación pública, no hay amenazas, no hay estridencias. Hay, en cambio, una narrativa de entendimiento práctico centrada en intereses comunes, especialmente en materia económica.

Sheinbaum ha elegido un camino de diplomacia sobria. Habla de avances en el T-MEC, de buenas señales desde Washington, de reconocimiento al acuerdo comercial y de disposición para fortalecer reglas de origen. El mensaje es claro: México quiere ser visto como un socio serio, estable y predecible. En un entorno internacional volátil, esa imagen tiene valor estratégico. No se trata de simpatías personales, sino de funcionalidad política.

Sin embargo, la armonía no es absoluta. La postura de la presidenta frente a la posibilidad de imponer aranceles a países que suministran petróleo a Cuba introduce un matiz fundamental. Al advertir que esta medida podría generar una crisis humanitaria, Sheinbaum no sólo expresa preocupación; marca un límite. Lo hace sin descalificaciones, sin confrontación directa, pero con claridad. México no puede acompañar decisiones que profundicen el sufrimiento de un pueblo.

Ese contraste es revelador. Por un lado, cooperación económica con Estados Unidos. Por otro, defensa de principios históricos como la soberanía, la autodeterminación y la solidaridad internacional. No es contradicción: es diseño.

La presidenta parece entender que la relación con Washington debe sostenerse sobre intereses compartidos, no sobre coincidencias ideológicas. Con Trump se puede negociar comercio, inversión y cadenas productivas; no necesariamente visión del mundo. Y esa diferencia no se esconde: se administra.

Este equilibrio no es sencillo. Implica caminar sobre una cuerda floja donde cualquier movimiento brusco puede leerse como debilidad o provocación. Pero, hasta ahora, la estrategia es consistente: diálogo permanente, tono moderado y postura firme cuando el tema lo amerita.

En tiempos donde algunos gobiernos confunden diplomacia con sumisión y otros confunden soberanía con griterío, México ensaya una tercera vía. Una política exterior que busca resultados sin renunciar a identidad. Una relación madura con su principal socio comercial, consciente de la asimetría, pero no resignada a ella.

La relación Sheinbaum–Trump no es una historia de afinidad personal. Es una relación funcional. Y quizá por eso mismo tiene mayor viabilidad. Las relaciones basadas en intereses sobreviven mejor a las diferencias que aquellas sostenidas en simpatías.

México hoy avanza con Estados Unidos. Avanza en comercio, en diálogo y en cooperación. Pero también recuerda, cuando es necesario, que tiene voz propia. Entre la cordialidad y el límite, la presidenta está trazando una línea: acercarse sin diluirse. Y en el escenario actual, esa puede ser la forma más inteligente de ejercer poder.