EDITORIAL | Durazo, la diferencia de llegar fuerte al cierre

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EDITORIAL | Durazo, la diferencia de llegar fuerte al cierre

En política, una de las mejores formas de evaluar a un gobierno es observar cómo llega a su recta final. Gobernar los primeros años puede ser relativamente sencillo cuando existe el impulso de una elección reciente; lo verdaderamente complicado es conservar el respaldo ciudadano, la fuerza política y la gobernabilidad cuando el sexenio entra en su última etapa. Y es precisamente ahí donde Alfonso Durazo presenta un contraste importante con sus antecesores.

Eduardo Bours, Guillermo Padrés y Claudia Pavlovich tuvieron sus propios momentos de fortaleza y resultados, pero todos terminaron sus administraciones enfrentando un desgaste político que terminó afectando a sus respectivos partidos. En los tres casos, la segunda mitad de sus gobiernos estuvo marcada por conflictos, pérdida de fuerza electoral o dificultades para mantener el mismo nivel de control político con el que habían iniciado.

Bours concluyó su administración bajo el enorme impacto político y social de la tragedia de la Guardería ABC. Padrés terminó enfrentando un profundo desgaste de su gobierno y posteriormente procesos judiciales. Pavlovich, aunque concluyó con una imagen personal considerablemente distinta a la de otros exgobernadores, entregó el poder después de que el PRI perdiera buena parte de su presencia política frente al avance de Morena.

El punto no es negar los aciertos de esas administraciones ni reducir seis años de gobierno a su desenlace. El punto es observar una constante: en Sonora, los últimos tramos de aquellos gobiernos estuvieron acompañados por un debilitamiento de su fuerza política.

   

Con Durazo, hasta ahora, la historia parece ser diferente. El gobernador llegó a la elección intermedia de 2024 sin sufrir el desfonde político que normalmente acompaña a los gobiernos cuando alcanzan la mitad de su sexenio. Morena y sus aliados conservaron una mayoría amplia en el Congreso del Estado, lo que permitió al Ejecutivo mantener capacidad de operación y sacar adelante buena parte de su agenda legislativa. Eso tiene un nombre: gobernabilidad.

Durazo está llegando a esa etapa con un escenario distinto: una mayoría legislativa sólida, un partido que conserva la hegemonía electoral en Sonora y, de acuerdo con las mediciones disponibles, una evaluación ciudadana favorable.

   

Ese último elemento tampoco es menor. Cuando un gobierno se acerca al final de su mandato, el desgaste natural del ejercicio del poder suele hacerse evidente. Sin embargo, Durazo mantiene niveles de aprobación superiores al 60 por ciento en algunas mediciones recientes. Es decir, no solamente conserva fuerza política; también mantiene un nivel importante de respaldo ciudadano.

Y aquí está quizá la diferencia más significativa. Los gobiernos anteriores llegaron a su última etapa intentando administrar el desgaste. Durazo está llegando al cierre administrando la gobernabilidad. Por supuesto que existen problemas, críticas y una oposición que cuestiona las decisiones del Ejecutivo. Una mayoría legislativa tampoco significa unanimidad ni debe interpretarse como un cheque en blanco. Pero políticamente sí representa una ventaja enorme: el gobernador conserva capacidad de conducción.

Y esa fortaleza adquiere todavía mayor relevancia cuando se observa el escenario rumbo a 2027. Un gobernador que llega debilitado a la recta final deja a su partido en una posición vulnerable. Uno que llega con estructura, mayoría legislativa y respaldo ciudadano entrega un escenario completamente diferente para la sucesión. Por eso, más allá de simpatías partidistas, el dato político merece ser observado. Durazo no está llegando al cierre de su sexenio en picada. Está llegando con el tablero político bajo control. Y esa quizá sea la diferencia fundamental frente a los últimos gobiernos de Sonora.

Porque al final de un sexenio no solamente importa qué se hizo durante seis años. También importa con qué fuerza se llega al último año, qué tan estable está el gobierno y qué tan sólida permanece la relación entre el Ejecutivo, el Congreso y la ciudadanía. En ese terreno, Alfonso Durazo llega hoy en una posición que sus antecesores no tuvieron en el mismo momento de sus respectivas administraciones. Y en política, llegar fuerte al cierre no es un detalle menor: es, en sí mismo, una señal de gobernabilidad.