COLUMNA | La ciudad que camina sobre tuberías de hace 50 años

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COLUMNA | La ciudad que camina sobre tuberías de hace 50 años

Por René García

Hace unos días, una camioneta desapareció bajo el pavimento del bulevar Quintero Arce. Así, sin aviso. El asfalto cedió, el vehículo se fue al fondo y un motociclista terminó lesionado tratando de esquivar el hundimiento. Y la pregunta que muchos nos hicimos fue la misma: ¿me pudo haber pasado a mí?

La respuesta incómoda es una sola: sí.

Porque el socavón no fue mala suerte ni un capricho del clima. La causa fue la ruptura de un colector sanitario de 72 pulgadas que ya había rebasado su vida útil, con más de cinco décadas de servicio. Traducido: debajo de nuestras calles hay tuberías instaladas cuando Hermosillo tenía apenas una fracción de los habitantes que tiene hoy. La ciudad creció hacia arriba y hacia los lados, pero abajo seguimos parados sobre infraestructura de los años setenta.

Y aquí viene el dato que debería quitarnos el sueño: taparlo tomará cerca de 90 días. Tres meses con una vialidad principal partida a la mitad. Ese es el precio de arreglar tarde lo que no se atendió a tiempo.

Porque no es un caso aislado. El invierno pasado, otro hundimiento al surponiente de la ciudad se tragó una pipa cargada con miles de litros de combustible, y las obras para repararlo tardaron meses en arrancar. Con cada temporada de lluvias, vecinos de distintas colonias reportan baches y hundimientos que crecen semana con semana. El agua encuentra las grietas, arrastra la tierra y el pavimento queda flotando sobre un hueco. Hasta que alguien pasa encima.

¿Qué se hizo bien esta vez? Hay que decirlo con la misma claridad con la que se señala lo malo: la autoridad respondió de inmediato y asumió la reparación de los vehículos dañados. Eso es lo correcto. Pero que quede claro: es un derecho de los ciudadanos, no un favor ni una cortesía.

Y ese es justo el problema de fondo. Responder después del accidente no basta. Lo que Hermosillo necesita es dejar de administrar emergencias para empezar a prevenirlas. Tres cosas concretas:

Primero, un diagnóstico completo de la red. No se puede reparar lo que no se conoce. Hoy existe tecnología —cámaras, sensores, georradar— para revisar los colectores sin abrir una sola calle y detectar los puntos críticos antes de que colapsen.

Segundo, un plan de sustitución por etapas, con presupuesto multianual. Cambiar cincuenta años de tubería no se hace en un trienio ni a base de ocurrencias. Se hace con un programa serio que sobreviva a los cambios de gobierno y priorice las líneas más viejas y las vialidades más transitadas.

Tercero, que la gente conozca sus derechos. Si tu vehículo se daña por una falla de infraestructura pública, la ley te respalda para exigir la reparación. Y la autoridad debe responder siempre, no solo cuando el caso está bajo los reflectores.

El socavón del Quintero Arce se va a tapar. Ese hoyo, tarde o temprano, quedará cubierto. Pero la verdadera pregunta no es cuándo se repara, sino cuántos más están esperando su turno debajo del asfalto que pisamos todos los días.

Invertir en lo que no se ve —tubos, drenajes, colectores— no da fotos bonitas ni cortes de listón. Pero es, al final, la diferencia entre una ciudad que crece y una ciudad que se hunde.