Por Luis Fernando Heras Portillo
En pleno desierto, a la entrada de Puerto Peñasco, se levanta uno de los proyectos fotovoltaicos más ambiciosos del país: la Central Fotovoltaica Rafael Galván Maldonado, operada por CFE. Sus primeras dos etapas ya suman cerca de 420 MW de capacidad, con sistemas de almacenamiento por baterías, y la meta final es alcanzar 1,000 MW.
Pero existe una idea equivocada muy extendida: que esa energía “se queda” en Peñasco. En realidad, la electricidad generada se integra a la red eléctrica general a través de líneas y subestaciones, de forma similar a como el agua entra a una red de tuberías compartida. No hay un cable directo entre cada panel y cada casa; lo que existe es un sistema interconectado que beneficia a Puerto Peñasco, Sonoyta, Caborca, Pitiquito y Altar, con miras a fortalecer también la conexión hacia San Luis Río Colorado y Baja California.
Las baterías de la planta tampoco funcionan como una simple reserva nocturna para la ciudad. Su función real es dar estabilidad al sistema ante las variaciones naturales de radiación solar y nubosidad, que pueden alterar la generación en minutos.
Esto explica por qué, pese a tener semejante infraestructura tan cerca, la ciudad puede seguir experimentando cortes: generar energía es solo una parte del proceso. Transportarla y distribuirla con líneas de transmisión, subestaciones y transformadores es otro reto completamente distinto, y una falla en cualquier punto de esa cadena puede afectar el servicio local.
Hay un dato adicional relevante para la economía sonorense: en 2026, el Gobierno de Sonora informó que los ingresos vinculados a esta central forman parte del esquema que sostiene el subsidio eléctrico de verano para las familias del estado.
La planta de Puerto Peñasco no es, entonces, “la luz de Peñasco”. Es una pieza clave de un sistema eléctrico estatal y regional en expansión, con impacto directo en el bolsillo de miles de familias sonorenses.

