SONORA STAR | El 85% sin partido, el 100% con consecuencias

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SONORA STAR | El 85% sin partido, el 100% con consecuencias

  • El 85% sin partido, el 100% con consecuencias

Por Luis Fernando Heras Portillo

Esta mañana, como todos los días, revisaba la prensa local de Sonora — y como también acostumbro, la prensa nacional e internacional. Entre nota y nota, me detuvo en seco una publicación de El Imparcial que citaba al filósofo griego Platón con una frase que tiene más de dos mil años de antigüedad y que, paradójicamente, describe con una precisión quirúrgica la realidad política de México en este momento:

“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.”

Me quedé pensando. Y de inmediato me vino a la mente esa otra frase — más popular, igual de contundente — que dice que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.

Dos frases. Dos siglos distintos. Un solo diagnóstico. 🤔

 

El dato que lo dice todo

En México, entre el 13 y el 15% de los ciudadanos registrados en el padrón electoral del INE pertenece formalmente a un partido político. El 85% restante — la abrumadora mayoría — no tiene partido. No tiene ideología definida. No tiene lealtad programática. Vota — cuando vota — movido por pasiones, por promesas, por hartazgo, por esperanza mal depositada, o simplemente por la inercia de lo que vio en televisión o en TikTok los últimos tres meses antes de la elección.

Y los números del INE lo confirman con una precisión que no deja margen a la interpretación: la sumatoria total de militantes registrados en los principales partidos políticos nacionales apenas alcanza los 13,818,423 ciudadanos — de los cuales Morena encabeza la lista con 11,050,758 afiliados, seguida del PRI con aproximadamente 940,000, el PVEM con 800,000, el PT con 400,000, Movimiento Ciudadano con 350,000 y el PAN con 277,665. En un padrón electoral que supera los 98 millones de mexicanos, esa cifra representa entre el 13 y el 15% del electorado total. Dicho de otra manera: más de 84 millones de mexicanos no tienen partido. Son el voto libre — o el voto capturado, dependiendo de quién llegue primero con el mensaje más efectivo, el miedo más convincente o la despensa más oportuna. 

Eso no es una acusación. Es un hecho sociológico. Y en el fondo, es perfectamente humano — siempre ha sido igual. El problema no es que el ciudadano vote con el corazón. El problema es cuando ese corazón lleva tres décadas siendo intervenido quirúrgicamente por quien está en el poder. 

Porque seamos honestos: en México, el dinero público financia las campañas del partido gobernante de manera directa o indirecta. Se compran encuestas — las que dan los resultados convenientes. Se compran medios de comunicación locales en cada entidad de la República — no con un cheque firmado, sino con publicidad oficial, con contratos, con favores. Se compran votos — con despensas, con tarjetas, con promesas de obra pública que nunca llegan o llegan el día antes de la elección. Y se manipula la narrativa — con la maquinaria más sofisticada que ha tenido partido alguno en la historia reciente de México. 

Platón lo anticipó. Nosotros lo vivimos.

 

Las tres vías… y la que falta

Hagamos un recuento rápido de nuestra historia democrática reciente, con la ironía que merece:

La primera vía fue el PRI — setenta años de partido único disfrazado de democracia, que perfeccionó el arte de gobernar con el consenso fabricado y la oposición controlada. Obra pública a cambio de silencio. Desarrollo a cambio de obediencia. Un sistema que funcionó — para algunos — hasta que dejó de funcionar para todos.

La segunda vía fue el PAN — que llegó al poder en el año 2000 prometiendo la alternancia histórica, el fin del autoritarismo y una nueva era de instituciones. Doce años después entregó un país con una guerra sin nombre oficial, con decenas de miles de muertos y con una deuda moral que todavía no termina de saldarse.

La tercera vía fue Morena — que capturó el hartazgo legítimo de millones de mexicanos y lo convirtió en mayoría legislativa absoluta, en reforma constitucional exprés y en un proyecto que, según sus simpatizantes, es la salvación de México y, según sus críticos, es el regreso del Estado omnipresente con otro nombre y otro color. 

Y aquí estamos. En 2027 habrá elecciones intermedias. La Cámara de Diputados se renueva. El mapa político puede cambiar — o puede consolidarse en una hegemonía que haga irreversible lo que hoy todavía puede corregirse.

 

La cuarta vía… ¿existe?

Esta es la pregunta que me hago con genuina curiosidad intelectual — no con cinismo, sino con esperanza razonada.

¿Puede emerger una cuarta vía en México? ¿Movimiento Ciudadano tiene la masa crítica y la coherencia ideológica para convertirse en esa alternativa real? ¿Puede una coalición de partidos — sin el lastre del pasado priísta ni panista — articular un proyecto que le hable al 85% sin partido con algo más sólido que una cara nueva y un eslogan bien diseñado? ¿O México necesita un partido nuevo — nacido desde abajo, desde la sociedad civil, desde los empresarios que apuestan por sus comunidades, desde los jóvenes que ya no creen en nada de lo anterior? 🌱

No lo sé. Nadie lo sabe con certeza. Pero sí sé una cosa: México no puede quedarse estático. Un país que no se mueve hacia adelante, retrocede. Y retroceder — con la deuda, la inseguridad, el rezago educativo y la dependencia económica que tenemos — no es una opción que podamos permitirnos.

 

El llamado, el 2027 será la oportunidad

A todos los que me leen — y especialmente a quienes pertenecen a esa cultura cómoda del “a mí no me interesa la política” — les digo con todo el respeto y toda la firmeza que me caracteriza:

En 2027, no tienen el lujo de la indiferencia.

Si quieres mejorar la economía de tu familia, votar importa.

Si quieres que tus hijos tengan mejores escuelas y hospitales, votar importa.

Si quieres que las calles de Hermosillo, de Sonora, de México sean más seguras, votar importa.

Si quieres que los impuestos que pagas se usen con transparencia y no para financiar la permanencia indefinida de quien ya está en el poder, votar importa. 

La apatía no es neutralidad. La apatía es un voto a favor del statu quo. Es un regalo envuelto para regalo a quien ya tiene el poder y quiere conservarlo.

Platón lo dijo hace más de dos mil años. No era un profeta — era simplemente un hombre que observaba con honestidad lo que pasa cuando los buenos ciudadanos se cruzan de brazos.

Esta mañana, una nota en El Imparcial me trajo de regreso a Grecia antigua. Y Grecia antigua me trajo de regreso a México 2027.

El círculo se cierra siempre en el mismo punto: la democracia no funciona sola. Necesita ciudadanos activos, informados, exigentes — y dispuestos a salir a votar aunque llueva, aunque haga calor, aunque el candidato no sea perfecto.

Porque en política, como en los negocios, esperar al candidato perfecto es la mejor manera de quedarse sin opciones.

“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.”

Platón dixit. México, toma nota.