SONORA STAR | Ductos, gas y rezago histórico: Lo que México le debe a su industria

HomeCOLUMNAS

SONORA STAR | Ductos, gas y rezago histórico: Lo que México le debe a su industria

Por Luis Fernando Heras Portillo

 

EL ANUNCIO QUE IMPORTA

El gobierno federal acaba de anunciar una inversión de más de 100,000 millones de pesos para la construcción y rehabilitación de ductos de gas natural en México. No es la cifra del siglo —seamos honestos— pero sí es una señal que vale la pena leer con cuidado. Porque después de 26 años de desinversión pública estratégica, cualquier paso en la dirección correcta merece atención… y exigencia de que no se quede solo en anuncio.

 

LAS VENAS QUE MUEVEN A MÉXICO

El gas natural no es un energético más. Es, literalmente, la sangre que corre por las venas de la industria mexicana. Sin gas, no hay electricidad estable. Sin electricidad estable, no hay manufactura competitiva. Sin manufactura competitiva, México pierde la carrera del nearshoring antes de terminar de arrancar.

Cada planta automotriz, cada parque industrial, cada corredor logístico del norte del país depende —de manera crítica— de un suministro confiable y económicamente viable de gas natural. Hoy ese suministro es, en gran medida, importado, caro y vulnerable. Eso no es soberanía energética. Eso es dependencia disfrazada de pragmatismo.

 

EL NOROESTE Y EL NORTE: LOS QUE MÁS LO NECESITAN

Sonora, Chihuahua, Baja California, Sinaloa, Tamaulipas, Coahuila, San Luis Potosí y —sobre todo— Nuevo León concentran buena parte del músculo industrial de este país. Y todos comparten el mismo talón de Aquiles: infraestructura de ductos insuficiente, obsoleta o inexistente para la demanda real que ya tienen —y la que viene.

Nuevo León es el caso más crítico. Su industria consume gas como ninguna otra entidad del país, y ha sufrido en carne propia lo que significa no tenerlo: apagones, paros productivos, pérdidas millonarias. Tamaulipas y Coahuila no se quedan atrás. Y Sonora —con su potencial minero, agroindustrial y manufacturero en expansión— tiene todo para liderar… si tiene el gas para hacerlo.

 

LA INDUSTRIA AUTOMOTRIZ: EL TERMÓMETRO DEL PAÍS

Hablemos claro: México alberga plantas automotrices de clase mundial.  Stellantis, General Motors, Ford, Toyota, Kia, BMW, Audi, Honda, Mazda, Volkswagen —entre otras— operan en estados como Guanajuato, Puebla, Coahuila, Nuevo León, San Luis Potosí, Aguascalientes, Chihuahua y Sonora. La planta de Ford en Hermosillo es, desde hace décadas, una de las más eficientes del continente.

Todas estas operaciones requieren energía ininterrumpida y competitiva en costos. Y aquí viene un dato que debería alarmar a cualquier empresario, legislador o ciudadano informado: México importa ya el 76% del gas natural que consume —según la Agencia Internacional de Energía—, consolidando a Estados Unidos como su proveedor casi exclusivo. Una codependencia que, en el contexto geopolítico actual con nuestro vecino del norte, resulta francamente preocupante. 

Por eso coincido plenamente, como empresario, en que México debe incursionar de inmediato en la extracción de su propio gas natural —a través del fracking con tecnologías modernas y estándares ambientales rigurosos— para iniciar un camino real hacia la autosuficiencia energética. El gas que está bajo nuestro suelo no debería seguir siendo un lujo que le compramos a otros. 

 

INFRAESTRUCTURA: UN REZAGO DEL SIGLO 21 QUE LOS GOBIERNOS DE TODOS LOS PARTIDOS MEXICANOS TIENEN CON EL PAÍS

Seamos directos: desde el año 2000 a la fecha, los gobiernos federales y estatales de todos los partidos —sin excepción— acumularon un rezago monumental en infraestructura estratégica.  No hablo solo de ductos. Hablo de carreteras inconclusas, sistemas de agua potable colapsados, pavimentos destruidos, redes eléctricas remendadas con alambre y buena fe en las principales ciudades del país.

México creció económicamente en estos 26 años. Su clase media se expandió, su industria se diversificó, su comercio exterior alcanzó cifras récord.  Pero la infraestructura que sostiene todo eso —la que no sale en los discursos inaugurales porque ya existía— se fue deteriorando en silencio, sexenio tras sexenio, sin importar el color de la banda presidencial.

Esa es la deuda real: no la financiera, sino la que los gobiernos tienen con el pueblo de México. La de haberle dado prioridad a lo visible sobre lo vital. A la foto sobre el cimiento. Al corte de listón sobre el mantenimiento que nunca genera aplausos.

 

LO QUE SIGUE —O LO QUE DEBERÍA SEGUIR

100,000 millones de pesos es un comienzo. Pero México necesita una agenda de infraestructura energética de largo plazo —transexenal, técnica, blindada de ocurrencias políticas— que incluya: expansión real de la red de gasoductos, modernización de la CFE, aprovechamiento del potencial de gas en la Cuenca de Burgos, e integración inteligente con energías renovables.

El nearshoring es una oportunidad histórica. Pero las fábricas no se instalan donde la luz se va y el gas no llega. Se instalan donde la infraestructura habla más fuerte que los discursos.

México tiene el talento, la ubicación geográfica y el mercado laboral. Lo que le ha faltado —por décadas— es la voluntad de invertir en sus propias venas. 

Ojalá este anuncio sea el primer latido de algo más grande.