Por Jesús Donaldo Guirado
En política, la coyuntura suele premiar al estridente. Quien más grita, más sale en la foto. Sin embargo, hay momentos en que el ruido cansa, y la militancia, como el electorado, termina por buscar a quien ofrezca algo distinto: serenidad, estructura y un proyecto que aglutine en lugar de fragmentar. Ese momento parece haber llegado a Morena en Huatabampo, y en él Ramses Portillo se perfila como la mejor opción para la coordinación.
Conviene precisar el argumento. No se dice que sea el más fuerte, aunque indubitablemente lo es. Se dice algo más fino: es el único aspirante que no ha golpeteado a los demás. En tiempos de encono, no haberlo hecho es un activo político de primer orden.
La “operación cicatriz” no ha rendido los frutos esperados. Aún persisten muchos inconformes con los resultados de las encuestas para la coordinación estatal, y Morena aparece partido en facciones. Cuando la grey política se encuentra dividida, la unidad deja de ser un adorno retórico y se convierte en una necesidad. Y la unidad, como cualquier virtud cívica, debe premiarse.
Ramses, además, no es un improvisado. Desde elecciones pasadas ha edificado una estructura sólida, hecha de gente que conoce las comunidades porque las ha recorrido, una por una, hasta el último rincón del municipio. Fue también el único de los aspirantes que respaldó a Lorenia Valles Sampedro, sin por ello enemistarse con el equipo de Javier Lamarque. Tender puentes en lugar de dinamitarlos es una aptitud poco común. Súmese a ello que goza de la cercanía y el beneplácito de las altas esferas estatales del partido.
Habrá quien no lo pinte como el mejor prospecto, que es lo que realmente es. La razón es sencilla: supo esperar. Respetó los tiempos del proceso y no se adelantó, porque una carrera no la gana quien sale primero, sino quien corre mejor, y Ramses corre bastante bien. Hoy ya se destapó y dijo públicamente que busca el beneficio de los huatabampenses. Llegó a la cita sin prisa y sin sobresaltos.
Ramses lleva muchos años en el servicio público, pero también es maestro de profesión, y su oficio ofrece una analogía elocuente. En un aula, cuando un alumno se porta bien, ¿qué se hace? Se le reconoce y se le premia con una buena calificación. Pero cuando otro agrede a sus compañeros, divide al grupo y no deja impartir la clase, ¿qué se hace? Se le pone un reporte, se le suspende, se le reprueba y, en casos extremos, se le expulsa.
Algunos precandidatos no han entendido que desacreditar al otro no engrandece a nadie. Solo exhibe la pequeñez de quien lo intenta. Como reza el dicho, si le tiras lodo al de enseguida, tú no te limpias. Lo sensato es limpiarse uno mismo y dejar que la encuesta diga a quién le pareció más pulcro.
El salón de clases es Morena, y la elección en Huatabampo será cuesta arriba, pues hay sospechas de que la oposición guarda una carta capaz de dar batalla. En ese escenario no caben las aventuras ni los personajes improvisados, ni quienes solo sembraron división y no mostraron cualidades. Morena necesita unidad, y Ramses Portillo es el único que puede dársela.
Joel González, el “rey sin corona” que va por su turno
Hay personajes que la política regional no logra despachar. Se les derrota, se les regatea la candidatura, se les cuestiona el resultado, y reaparecen una elección después con más votos y la misma terquedad. Joel Mario González Ibarra, el célebre “rey sin corona” de Etchojoa, pertenece a esa estirpe. Y todo indica que ahora sí se le va a hacer.
Joel no es un recién llegado ni un improvisado. Es un luchador político identificado con la izquierda obradorista, con una trayectoria conspicua en la región. Su primera aparición en las boletas fue en 2009, y volvió en 2012. En ambas ocasiones enfrentó a lo que hoy conocemos como el PRIAN, con resultados tan cerrados que aún huelen a pólvora electoral. Perdió, sí, pero por tan poco que algunos afirman que le robaron la elección. En política, los murmullos no mueren: se convierten en corrillos, en certezas compartidas y en heridas que terminan volviéndose argumento.
En 2015 lo intentó de nuevo. Casi cinco mil votos respaldaron su nombre, pero fue Ubaldo Ibarra Lugo, abanderado del PRI, quien terminó imponiéndose. Su equipo juró que aquella derrota también se la asestaron a la mala.
Sin descanso, en 2018 regresó bajo la bandera de Morena, y allí puso a prueba a una maquinaria panista que aún conservaba el músculo del padrecismo. El ganador fue Carlos Rochín, empresario de Bacobampo, pero algo había cambiado: el voto de Joel se duplicó. Casi once mil sufragios. Era una base electoral que ya no podía soslayarse, una grey política leal, persistente y asaz confiable.
Llegó 2021 y el país era otro. Morena arrasaba, y cualquiera habría supuesto que el viento soplaría por fin a favor del profesor. Pero la política tiene un talento particular para enredar destinos. No solo le negaron la candidatura guinda a la Presidencia Municipal; según versiones locales, de esas que vuelan por los pasillos como aves de mal agüero, también le arrebataron el triunfo.
El candidato de Morena fue entonces Jesús Tadeo Mendívil. Joel encontró refugio en el PT de Ramón Flores, que lo cobijó y lo lanzó de nuevo a la arena. Y ahí, contra todo pronóstico, alcanzó casi doce mil votos, convirtiéndose en uno de los aspirantes petistas más votados de todo el estado. Fue una demostración irrefutable de que su proyecto no era una ilusión, sino una fuerza real.
Aquella fue su última gran batalla electoral, y la que le confirmó que podía ganar. Había construido una estructura leal, disciplinada y resistente. Por eso decidió hacer una pausa en 2024, no por cansancio, sino por estrategia.
Hoy, de cara a 2027, Joel se prepara como uno de los líderes, junto con su hermano, Rubén González, de la mejor estructura que tuvo Javier Lamarque en su lucha por la coordinación estatal de la defensa de la transformación y la soberanía nacional de Morena. Ese equipo fue reconocido públicamente por Lamarque, quien aseguró que no los dejaría solos y que serían recompensados por el gran trabajo realizado.
Las promesas, en política, valen lo que valga quien las cumple. Pero hay trayectorias que hablan solas, y la de Joel suma años de constancia, miles de votos y una paciencia casi monástica. Si la lealtad y la perseverancia todavía tienen algún valor en esta contienda, la conclusión resulta casi inexorable: ya le toca a Joel González.

