Por Jesús Donaldo Guirado
El 2026 ha comenzado con una coyuntura que ya se percibe tensa: los procesos electorales se adelantan no solo en el calendario, sino en el ánimo de la clase política. En Sonora, Morena vive un momento definitorio. Gobierna por primera vez el estado y enfrenta una responsabilidad que va más allá de conservar el poder: ejercerlo con pulcritud, eficacia y sentido histórico.
La experiencia reciente debería bastar como advertencia. En el pasado, partidos que gobernaron Sonora incurrieron en un error estructural: dejaron solo al gobernador. Priorizaron ambiciones individuales, incubaron corrillos palaciegos y permitieron que la sucesión se convirtiera en una obsesión anticipada. El resultado fue una debacle política que terminó por desbancarlos. Morena no puede —ni debe— reincidir en esa falacia.
El movimiento que se autodefine como transformación está obligado a permear cada decisión con conciencia de gobierno. No basta con las banderas simbólicas ni con el proselitismo prematuro; el verdadero desafío es concluir una administración sólida, eficaz y socialmente perceptible. Un descuido, por mínimo que parezca, puede poner en riesgo lo ya construido por Alfonso Durazo, cuyo proyecto aún se encuentra en plena maduración.
Aquí radica el punto neurálgico: los funcionarios públicos deben abandonar la procrastinación política, esa tentación de pensar más en la boleta futura que en el escritorio presente. Descuidar la función por la ambición termina por afectar no solo trayectorias personales, sino al propio gobierno y al movimiento en su conjunto.
Desde un análisis sereno, hay ejemplos que merecen ser subrayados. Fernando Rojo de la Vega, al frente de la Secretaría de Bienestar en Sonora, ha mostrado aptitud y practicidad: su empeño está fincado en representar con fiabilidad el trabajo coordinado con el mandatario estatal, no en airear aspiraciones. Lo mismo ocurre con Heriberto Aguilar, quien no ha dimitido en los hechos a su responsabilidad como senador por la seducción de una candidatura futura. Ambos mantienen el foco en su encargo y solo abandonan la oficina cuando el deber los convoca al territorio.

Fernando Rojo de la Vega ha mantenido el foco en la gestión social, privilegiando el trabajo institucional sobre la especulación política.
No es casualidad que sean enlaces relevantes del gobierno federal en el estado y, al mismo tiempo, equipo real del gobernador. Esa sinergia, exenta de estridencia y rica en resultados, ha sido fundamental para que el proyecto de Morena no naufrague en la vorágine interna. Son ejemplos que el resto debería sopesar, si no quiere dejar un barco a la deriva.
El riesgo verdadero se concentra en direcciones y secretarías donde algunos, obnubilados por lo que vendrá, podrían soslayar el trabajo cotidiano. Ese sería un error inexorable. El grupo en el poder está expuesto al golpeteo político, más aún cuando se vislumbran candidatos fuertes de oposición y un escenario competitivo que no admite descuidos. En política, nada está escrito a priori, pero una cosa es incontrovertible: quien gobierna debe hacerlo con la mirada puesta en el ahora.
La oposición y el vértigo del adelanto

No es un secreto que Antonio “Toño” Astiazarán ha entrado en una fase de desgaste político. Para algunos, la explicación es inmediata: una mala asesoría. Y aunque ese factor pesa, el problema parece más profundo. A él y a su entorno comienza a ocurrirles lo que a muchos actores adelantados al calendario: quieren repartirse el pastel antes de haberlo ganado.
El desgaste no proviene solo de errores estratégicos, sino de una ansiedad mal administrada. En su círculo ya se discute con excesivo ahínco qué habrá en 2027 y qué posiciones se obtendrán si llega a la gubernatura. Esa conversación prematura olvida una verdad elemental: la oposición no está llamada a conservar el poder, sino a disputarlo, y eso exige cohesión, método y una narrativa clara de contraste.
Astiazarán es, hoy por hoy, el perfil más competitivo de la oposición. Pero incluso esa fortaleza puede diluirse cuando los pequeños detalles comienzan a acumularse hasta volverse un lastre. En lugar de proyectar avance, algunas decisiones generan la percepción de un proyecto que se mira más hacia adentro que hacia la ciudadanía.
Uno de los factores que más podría afectarlo es la notoria falta de coordinación entre los partidos opositores. La incapacidad para ponerse de acuerdo no es solo un problema de egos; es una falla estructural que, de persistir, les cobrará factura. Dividir el voto equivale, en los hechos, a allanar el camino para Morena.
Conviene no perder de vista que no es lo mismo gobernar una capital que aspirar a conducir un estado entero. La diferencia no es solo de tamaño, sino de complejidad política, territorial y simbólica. Y aunque el próximo gobierno estatal sea de apenas tres años, el partido en el poder no soltará la plaza con facilidad.
Donde la política se vuelve gesto
Lejos del fragor electoral y de la disputa por la sucesión, la política —cuando se ejerce con sentido social— encuentra otros cauces, más silenciosos pero igual de elocuentes. Así ocurrió en Navojoa y Álamos, donde el Día de Reyes se convirtió en un espacio de encuentro, alegría y convivencia que recordó una verdad a menudo soslayada: gobernar también es generar bienestar inmediato.
En Navojoa, la Mega Rosca de Reyes organizada por el DIF municipal logró reunir a miles de familias en una celebración que, por unas horas, disipó la rutina y reforzó el tejido social. Más allá del simbolismo, el mensaje fue claro: la política también se expresa en acciones concretas que impactan directamente en la vida cotidiana.
En Álamos, la celebración replicó ese espíritu de cercanía, extendiéndose incluso a comunidades indígenas donde la presencia institucional suele ser intermitente. Ahí, el gesto fue doblemente significativo: no solo por la festividad, sino por el reconocimiento implícito de una población históricamente relegada.
Estos eventos, aparentemente menores frente a la grandilocuencia del debate político, tienen un valor que no debería subestimarse. En tiempos dominados por la estridencia y la anticipación electoral, recordar que la política también se ejerce en lo cotidiano resulta casi subversivo.
Tal vez ahí radique la enseñanza final: mientras unos se consumen en la vorágine del mañana, otros entienden que el presente también gobierna. Porque, al final, la legitimidad no solo se construye en las urnas, sino en esos momentos donde el poder deja de ser abstracto y se vuelve cercano, tangible y humano.


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