Por Jesús Donaldo Guirado
En política, hay momentos en los que las señales no necesitan traducción. En Hermosillo, ese momento comienza a dibujarse con nitidez alrededor de un nombre: Fernando Rojo de la Vega Molina.
El caballo negro —mejor dicho, rojo— no solo está en la conversación, está en el centro de ella. Y no es casualidad.
Desde hace tiempo se ha advertido: el gobernador Alfonso Durazo Montaño no lanza mensajes sin intención. Sus gestos, sus palabras y, sobre todo, sus silencios, suelen tener destinatario. Hoy, muchas de esas señales convergen en una misma dirección.
Algunos dicen que ya cuenta con su respaldo. Otros, que aún no es momento de decirlo abiertamente. Pero lo cierto es que, si los tiempos fueran otros, quizá ya no se estaría insinuando… se estaría afirmando.
A ese escenario se le suma un elemento que en política pesa —y mucho—: lo que ocurre tras bambalinas. En los pasillos de Palacio de Gobierno se comenta una conversación que habría tenido eco desde el centro del país. Una plática en la que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, con su círculo cercano, habría puesto sobre la mesa el nombre de Fernando Rojo de la Vega.
Algunos mencionan que dio una especie de “recomendación” que Fernando es la carta ideal para la capital sonorense.
Se dice que en ese intercambio se destacó su papel en la operación política en Sonora, su cercanía con el proyecto nacional y, sobre todo, su capacidad para traducir estructura en resultados. Que su nombre no solo fue mencionado, sino valorado como un perfil confiable, cercano y alineado.
Y en política, cuando desde el centro se habla de confianza, no es un dato menor.
Bajo esa lógica, no resulta extraño que en el ámbito estatal esa lectura también encuentre eco. Porque cuando coinciden la visión nacional y la estrategia local, el camino se vuelve más claro.
A tal grado que, dicen que el gobernador mencionó efusivamente, claro: el buen Fernando Rojo de la Vega no ha parado de trabajar para construir un mejor bienestar en Sonora… un bienestar duradero.
El propio gobernador lo ha dejado entrever en más de una ocasión: reconocimiento público, presencia constante y un lugar visible en la narrativa del estado. No es fortuito. Es construcción política.
Y mientras algunos aún se preguntan si será o no, otros ya leen las señales en su justa dimensión.
Porque más allá de versiones o rumores, hay hechos concretos: trabajo permanente, operación territorial y una línea política que no se ha desviado. Desde el primer día en la Secretaría de Bienestar, Rojo de la Vega ha hecho lo que en política termina pesando más: cumplir.
No por nada le han confiado responsabilidades clave. No por nada aparece donde tiene que estar.
En política, no siempre gana quien más ruido hace, sino quien mejor entiende el momento.
Y en Hermosillo, todo indica que ese momento se está construyendo con un color muy específico.
Muchos dicen que, para Alfonso Durazo, Fernando es su caballo; así sea su caballo negro o su caballo rojo, es su caballo para Hermosillo.
La ecuación que se empieza a dibujar
Si algo caracteriza a la política sonorense es que las decisiones relevantes rara vez se toman en público. Se comentan, se analizan y se perfilan en espacios más discretos. Y en ese terreno —el de las conversaciones que no siempre se confirman, pero tampoco se desmienten— comienza a tomar forma otra pieza del rompecabezas.
Por un lado, la capital. Por el otro, la gubernatura
En esos mismos pasillos donde se habló de la capital, también habría surgido otro tema: la sucesión estatal. Y ahí, según se comenta, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo habría sido clara al expresar simpatía por dos perfiles en particular: Javier Lamarque Cano y Heriberto Aguilar Castillo.
No es casualidad.
Ambos forman parte de una generación política que acompañó el movimiento desde sus etapas más incipientes, cuando Morena aún no era la fuerza dominante que es hoy.
Cuando el escenario estaba copado por el PRI y el PAN, y apostar por una alternativa implicaba más convicción que cálculo.
Esa lealtad de origen pesa. Y en política, la memoria también cuenta.
Se dice que en esa conversación el tono no fue de imposición, sino de afinidad: “me gustaría que fuera uno u otro”. Una frase que, sin ser definitiva, sí marca una línea de preferencia. Porque en esos niveles, el lenguaje importa tanto como el mensaje.
Mientras tanto, otros nombres también aparecen en la conversación pública. El de Lorenia Valles Sampedro, por ejemplo. Sin embargo, la lectura que circula es distinta: que podría mantenerse en su responsabilidad legislativa y eventualmente sumarse al proyecto que se consolide.
El tablero, entonces, no se vacía… se acomoda.
Y en ese reacomodo, las encuestas —las reales, las que sí pesan en la toma de decisiones— también juegan su papel. Algunos perfiles avanzan, otros se estancan y otros más encuentran su lugar en una lógica distinta a la competencia directa.
Del lado del gobernador Alfonso Durazo Montaño, el escenario no es menor. Porque si las piezas terminan de encajar como se comenta, tendría algo que en política no siempre se logra: alineación.
Una capital con un perfil propio, cercano y operativo. Y una posible gubernatura con cuadros que comparten origen, proyecto y visión.
No es poca cosa.
Porque cuando la ecuación política logra combinar confianza, territorio y narrativa, deja de ser solo una apuesta electoral… y se convierte en un proyecto de continuidad.
Aún falta tiempo, sí. Pero en política, el tiempo también se construye.
Y en Sonora, hay quienes aseguran que ese tiempo ya empezó a tomar forma.

