- Samuel Borbón sigue abriendo caminos; Armando Covarrubias rescató corazones
Por Jesús Donaldo Guirado
Hay quienes administran la calamidad desde el escritorio y quienes la caminan con el lodo hasta la rodilla. La diferencia, que en tiempos de calma resulta imperceptible, se vuelve insoslayable cuando el cielo se viene abajo. El huracán Polo dejó a Álamos verdaderamente golpeado, y en medio de esa penumbra hubo un alcalde que decidió que los caminos no se abrirían solos.
Samuel Borbón Lara lleva más de una semana, literalmente, abriendo brechas. Ya anunció la habilitación del acceso a El Chinal, Basiroa, el tramo de Rancho Viejo a Cazanate, Tetajiosa, Osobampo, San Vicente y La Cuesta, entre otras comunidades y ejidos que quedaron incomunicados tras el paso del fenómeno. Quedan pocos pendientes, y el propio alcalde ha dicho que en estos días continuará con las brechas hasta que no haya un solo rincón del municipio al que no pueda llegar un camión, una ambulancia o una despensa.
Conviene detenerse en esto, porque la obra pública, cuando es útil, rara vez es vistosa. Un camino rescatado no tiene corte de listón ni orquesta. Pero para el ranchero que necesita sacar a su familia, para el maestro que debe llegar a su escuela o para el enfermo que no puede esperar, esa brecha lo es todo.
Hay, además, una lección de método. Un alcalde que abre caminos después de una emergencia entiende que el primer deber de un gobierno es la accesibilidad: que la gente pueda salir y que la ayuda pueda entrar. Todo lo demás, el discurso, la fotografía y el programa, viene después. La urgencia no admite improvisaciones ni vanidades, y quien la enfrenta con maquinaria, con equipo y con la cara al sol merece, cuando menos, el reconocimiento de quienes hoy transitan por esas brechas.
Y ahí está lo que pocos notan: a Samuel se le vio romperse la camiseta por su gente. No es una frase hecha. Es la descripción de un alcalde que estuvo donde tenía que estar. Algunos, desde luego, no lo perdonan. Los que buscan el poder de la Ciudad de los Portales, esa fauna que otrora se conformaba con el aplauso fácil y hoy afila el cuchillo de la maledicencia, podrán criticarlo con acusaciones sin sustento. Es el ritual de siempre. Pero en las horas difíciles uno se da cuenta de quién tiene un compromiso social auténtico con su gente y quién solo lo menciona en los discursos.
Samuel, además, no solo abre caminos terrestres. También se asoma a los que conducen al 2027, año en que se prepara para la reelección. Y el trayecto, hay que decirlo, no luce accidentado. Borbón Lara se ha distinguido por ser compañero de lucha de Lorenia Valles Sampedro, y con la reciente designación de ella como coordinadora de Morena en Sonora, prácticamente la candidata a la gubernatura, se le despeja el horizonte al alcalde alamense para repetir tres años más. En política, como en la sierra, hay veredas que se abren a machetazos y otras que se abren por la confianza que uno se ganó con los años. Samuel parece transitar por las dos.
No se trata de adelantar vísperas. Pero la política, como la meteorología, tiene sus presagios, y quien sabe leerlos advierte que la coyuntura favorece al alcalde: obra a la vista, un municipio que le reconoce el esfuerzo y una cercanía política que no se improvisa. Lo demás lo dirán, como siempre, las urnas.
Lo bueno es que después de la tormenta suele venir el arcoíris. Álamos se alista para recibir a los visitantes con los brazos abiertos y con manteles largos: el Festival del Pueblo Mágico y el Festival de la Calaca, que se celebrarán del 30 de octubre al 2 de noviembre. Lo que ayer fue lodo y desasosiego será, en unos días, copla, altar de muertos y portal iluminado. No es poca cosa para un pueblo que sabe levantarse.
Pero la historia del huracán no se escribió únicamente en la sierra de Álamos. Más al sur, en Navojoa, hay otro nombre que merece ser dicho sin regateos: Armando Covarrubias Osuna, jefe de la oficina de Presidencia.
A Armando se le delegó una tarea enorme: salvaguardar a los navojoenses. Y la cumplió con una fruición que no se finge. Visitó casa por casa, comunidad por comunidad. A marchas forzadas, junto con su equipo, rescató las vías de comunicación con las localidades afectadas. No fue únicamente a entregar despensas ni a rehabilitar caminos. Fue a liderar, y sobre todo, a escuchar, porque no hay problema que pueda resolverse si antes no se oye al pueblo.
Armando comprendió algo que a muchos funcionarios les toma una carrera entera: que para servir a un navojoense primero hay que estar con él, conocerlo y acercarse.
Una cosa es dirigir una crisis desde un escritorio con la agenda llena y el teléfono sonando, y otra muy distinta es hacerlo con las botas empapadas, sin certeza de que el techo vaya a resistir. La primera exige oficio; la segunda, vocación.
Covarrubias no solo rescató gente. Rescató corazones, y eso el pueblo no lo olvida. Por eso, si su nombre aparece en las boletas electorales de 2027, ténganlo por seguro que esa memoria agradecida le va a favorecer. Los comicios, a fin de cuentas, no los ganan los espectaculares, sino los recuerdos.
En corto le pregunté por qué andaba en lancha rescatando personas. Solo respondió: «Es mi trabajo». Le insistí: ¿no temías que te cayera un techo encima? «Es mi trabajo, y prefiero que me caiga a mí que a una familia». Confieso que no entendía por qué lo hacía, hasta que me puse a cavilar y recapacité. Armando es, en los hechos, el «todólogo» del alcalde Jorge Elías. Y si todo está bien en el municipio, también estará bien en la oficina de Presidencia. Esa es, probablemente, la ecuación más honesta de la administración pública.
Hay respuestas que valen más que un informe de resultados. «Es mi trabajo» parece, en apariencia, una frase mínima, casi burocrática. Pero dicha desde una lancha, en medio del agua, deja de ser trámite y se vuelve credo.
Al final, dos municipios y una misma lección. Samuel Borbón en Álamos y Armando Covarrubias en Navojoa demostraron que el servicio público no se mide por el tamaño del discurso sino por el barro en las botas. La política sonorense es una vorágine de intereses, de corrillos y de ambiciones; pero de vez en cuando, cuando el agua baja y el lodo se seca, queda a la vista quién estuvo y quién solo vio pasar la tormenta.
Los ciudadanos, que no son ingenuos, toman nota. Y en 2027, como bien se sabe, la memoria también vota.

