MONITOR | Morena, la operación cicatriz generó más heridas

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MONITOR | Morena, la operación cicatriz generó más heridas

Por Alan Castro Parra

¿Hay riesgo de división en Morena? Sí. Y aunque ya hubo una operación política para remendar la herida, todavía falta lo más complicado: dejar que cicatrice.

Las decisiones que se tomaron en Ciudad de México tienen que procesarse también en lo local. Una cosa es que la dirigencia nacional defina las coordinaciones municipales y otra muy distinta que los grupos, liderazgos y aspirantes que buscaban participar en la contienda interna asimilen los resultados y estén dispuestos a cerrar filas.

Puntualmente, el caso de Hermosillo es el que merece atención. La designación de Celida López como coordinadora municipal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional busca darle rumbo a la organización del partido en la capital, pero también dejó inconformidades que no pueden resolverse únicamente con una palmadita en la espalda.

   

Prácticamente la operación cicatriz género más heridas.

Hay que recordar que venimos de una contienda interna en la que hubo señalamientos, campañas negras y agravios. Y cuando una competencia política llega a esos terrenos, las diferencias no desaparecen de un día para otro. Las heridas pueden cerrarse en el discurso, pero eso no significa que hayan sanado en la realidad.

Dicen que el tiempo lo cura todo. En política, sin embargo, el tiempo por sí solo no siempre alcanza. Hace falta diálogo, reconocimiento de las diferencias y, sobre todo, voluntad para que quienes no resultaron favorecidos encuentren un lugar dentro del proyecto colectivo.

El mensaje que envió Alfonso Durazo hace un par de semanas fue bastante claro: hay que sumar a los equipos, privilegiar el diálogo y evitar que las aspiraciones personales estén por encima del movimiento. No es una convocatoria menor, particularmente cuando el propio presidente del Consejo Nacional de Morena sabe que la unidad no se decreta, se construye.

Y es que los riesgos de una fractura no son imaginarios. Lo que ocurre en otras entidades, como Nuevo León, y las tensiones que han acompañado los procesos políticos en Ciudad Juarez, recuerdan que las diferencias entre grupos pueden escalar cuando no existen mecanismos eficaces para procesarlas. Cada estado tiene sus propias circunstancias, pero la lección es la misma: las disputas internas pueden terminar afectando la cohesión de un partido.

En Sonora ya hay señales que obligan a poner atención. El caso de Wendy Briceño es quizá el síntoma más visible. Su inconformidad y el amago de abandonar Morena evidencian que, al menos para algunos de los participantes, el proceso no terminó con la publicación de los nombramientos. La posibilidad de perder a una militante con trayectoria dentro del movimiento debería ser suficiente para entender que el problema no se resuelve con una invitación genérica a la unidad.

También hay que revisar las declaraciones de Célida López. Su postura de convocar a todos los equipos a trabajar juntos es comprensible desde la responsabilidad que ahora tiene; sin embargo, afirmar que para qué se realiza un proceso si de todos modos iba a ganar la encuesta puede resultar contraproducente en un momento en que precisamente se necesita reconstruir la confianza.

Porque si el mensaje que reciben quienes participaron es que el resultado estaba decidido de antemano, la credibilidad del método queda en entredicho. Y si, por el contrario, se pretende que todos reconozcan las reglas y acepten el resultado, entonces también hace falta explicar con claridad las decisiones y dar garantías de que las distintas expresiones tendrán oportunidad de participar.

La unidad no consiste en pedirles a los inconformes que guarden silencio ni en esperar que terminen por resignarse. Consiste en ofrecerles razones para permanecer, espacios para contribuir y condiciones para que la competencia interna no se convierta en una disputa permanente.

Por eso, la visita de Ariadna Montiel a Sonora este fin de semana adquiere una lectura política especial. La presidenta nacional de Morena estuvo al frente de las decisiones que definieron las coordinaciones y ahora su presencia podría formar parte de una segunda etapa de la operación cicatriz: llevar al terreno local el mensaje de unidad que se ha impulsado desde la dirigencia nacional.

No se trata solamente de tomarse la fotografía, reiterar que todos son necesarios y dar por cerrado el capítulo. Si el propósito es recomponer las relaciones, habrá que escuchar a los inconformes, tender puentes entre los equipos y generar acuerdos que se traduzcan en hechos. De lo contrario, la visita podría quedarse en una señal política sin efectos duraderos.

La pregunta es si Morena en Sonora conseguirá pasar de la unidad declarativa a la unidad operativa. Porque una cosa es que todos aparezcan juntos y otra que realmente estén dispuestos a trabajar juntos.

La herida ya fue remendada, pero falta saber si podrá cicatrizar. Y el tiempo apremia: rumbo a 2027, Morena necesita construir organización territorial, procesar sus diferencias y evitar que una disputa por las coordinaciones termine convirtiéndose en una fractura entre sus propios cuadros.

En política, las heridas que no se atienden no siempre desaparecen; a veces simplemente esperan el momento de volver a abrirse.