Por Alan Castro Parra
Hay respuestas que, en política, dicen más por lo que intentan negar que por lo que afirman. Y hay momentos muy específicos en los que el poder se ve obligado a hablar para ordenar la interpretación, no para ampliarla. La respuesta del secretario de Gobierno, Adolfo Salazar Razo, sobre la reunión e imagen de la reciente reunión con las fuerzas políticas de la coalición y los dos aspirantes principales a la gubernatura, pertenece a esa categoría: una intervención larga, cuidada, institucional… y profundamente reveladora.
El punto de partida no es menor. Se le plantea, de forma directa, una lectura que ya circula en el ambiente político: que el mensaje de unidad expresado en una fotografía es, en realidad, una advertencia. Un “no se equivoquen”, un cierre de filas que reduce la baraja a dos nombres. La reacción del secretario es inmediata: coincide en la contundencia del mensaje, en su fuerza simbólica, en la importancia de la unidad. Pero cuando llega el momento de negar la tesis de “las dos sopas”, ocurre algo interesante: la explicación confirma el marco que supuestamente se quiere desmentir.
Porque, en toda su argumentación, Adolfo Salazar solo valida a dos figuras. No por descuido, no por omisión involuntaria, sino por una lógica política perfectamente calculada. Javier Lamarque, presidente municipal de Cajeme, y Lorenia Valles, senadora de la República, aparecen una y otra vez como los referentes naturales, los interlocutores institucionales, los perfiles sólidos, emergentes y con peso propio dentro del movimiento.
No hay terceros en el relato. No hay “otros liderazgos”, no hay “más perfiles”, no hay equilibrio narrativo. Hay, sí, una negación formal —“no se interprete que hay de dos sopas”— seguida de una explicación que, en la práctica, reduce el escenario exactamente a eso.
La política no se mueve solo por lo que se dice, sino por quiénes son nombrados y cómo. Y aquí, el secretario hace algo clave: legitima a ambos desde sus cargos, desde su peso institucional, desde su relevancia estratégica. Cajeme no es cualquier municipio; es el segundo más poblado del estado. El Senado no es cualquier espacio; es el vínculo directo con la Federación. En ese mapa de poder, Lamarque y Valles no son aspirantes: son nodos.
El resto del discurso gira en torno a los lugares comunes que todo operador político domina: los tiempos del partido, los estatutos, la convocatoria, la democracia interna, la consulta a la gente. Todo eso es cierto. Todo eso es real. Pero también cumple otra función: bajar la efervescencia sin abrir el juego. Enfriar el debate sin ampliarlo. Administrar la sucesión sin permitir que se desborde.
Hay una frase especialmente reveladora: “Los partidos son los que han postulado tanto a Javier como a Lorenia”. El verbo importa. Han postulado. Tiempo pasado. Hecho consumado. Trayectorias ya validadas. No se dice “postularán”, ni “podrían postular”. Se habla de una legitimidad ya construida, ya recorrida, ya reconocida.
Luego viene la insistencia en la unidad. Y aquí está el verdadero mensaje de fondo. La unidad no aparece como un valor abstracto, sino como una condición de viabilidad. Levantar la mano —dice— no debe fragmentar. Traducido al lenguaje del poder: el que no entienda el marco, queda fuera del acuerdo. Y el marco, hoy, tiene dos columnas.
Morena, como movimiento, se define a sí mismo como democrático. Y lo es, en sus reglas formales. Pero también es un movimiento que ha aprendido —a veces a golpes— que la democracia sin acuerdos previos puede convertirse en fractura. Por eso, antes de la encuesta, antes de la convocatoria, antes del calendario oficial, se manda el mensaje político: el proceso será abierto, pero el carril ya está delimitado.
No se trata de excluir, sino de ordenar. No se trata de imponer, sino de encauzar. Y en ese encauzamiento, solo hay dos figuras con nombre, apellido y peso específico: Javier Lamarque Cano y Lorenia Valles.
Todo lo demás —los rumores, las filtraciones, las supuestas terceras opciones— juega en otra liga: la del ruido. Útil para negociar, para presionar, para medir temperaturas. Pero no para definir. La definición real, la que importa, la que se cocina en los niveles donde se toman decisiones, ya empezó a cerrarse.
Por eso la respuesta del secretario no debe leerse como una negación, sino como una administración cuidadosa de la verdad política. No hay de dos sopas, dice. Pero solo habla de dos. Y en política, cuando solo se habla de dos, es porque las demás opciones ya no están en la mesa.
Hay de dos sopas… y una se está enfriando
Durante meses, Javier Lamarque Cano ha sido tratado como el perfil natural, casi inevitable, para encabezar la sucesión rumbo a 2027. La lógica interna parecía incuestionable: trayectoria dentro del movimiento, respaldo de cuadros relevantes y una narrativa de “deuda política” que lo colocaba como el turno siguiente. Sin embargo, la política, como la realidad, rara vez se mueve solo por inercia.
Porque una cosa es tener el impulso de la estructura y otra muy distinta convertirlo en entusiasmo social. Y ahí es donde el proyecto de Lamarque comienza a mostrar señales de fatiga. El posicionamiento no ha terminado de cuajar fuera del círculo duro del partido; no ha logrado traducirse en una percepción clara de competitividad ni en una expectativa ganadora hacia el exterior. En términos simples: no prende.
El problema no es menor. Morena ya no compite solo contra la oposición tradicional, sino contra su propio estándar. Después de dos administraciones estatales, el movimiento necesita algo más que lealtad interna o antigüedad partidista. Necesita un perfil que sume, que no reste, que entusiasme más allá de la militancia y que no cargue con pasivos locales difíciles de explicar en una campaña estatal.
Y mientras el aparato intenta sostener la narrativa de inevitabilidad, el termómetro político marca otra cosa. La conversación se ha enfriado. La expectativa se diluye. Los silencios pesan más que los aplausos. En política, cuando un nombre deja de generar ruido, comienza a generar dudas. Y las dudas, en procesos internos, son letales.
Por eso la metáfora es pertinente: solo hay de dos sopas. Y cuando una empieza a enfriarse, el movimiento, si quiere ganar, no suele forzarse a consumirla. Morena ha demostrado ser pragmático cuando el cálculo electoral así lo exige. No se casa con trayectorias si estas no garantizan competitividad. No apuesta por gratitudes si el costo es perder la plaza.
La definición aún no ocurre, pero el mensaje es claro para quienes saben leer los tiempos: el favoritismo inicial ya no es sinónimo de destino. Y en Sonora, la sucesión no se decidirá por quién llegó primero a la mesa, sino por quién todavía tiene el plato caliente.

