La distancia geográfica nunca ha sido garantía de aislamiento. Lo que hoy ocurre en Medio Oriente, una escalada que amenaza con tensar aún más los mercados energéticos, tiene efectos inmediatos en la vida cotidiana de Sonora. El aumento en los precios del petróleo no es un asunto lejano: se traduce en gasolina más cara, en presión inflacionaria y, eventualmente, en un golpe directo al bolsillo de las familias. En una región donde el transporte es indispensable para casi todo, el impacto se siente más rápido y con mayor intensidad.
Frente a este escenario, el gobierno federal ha optado por contener el alza mediante subsidios a los combustibles, una decisión que, si bien alivia en el corto plazo, abre interrogantes sobre su sostenibilidad. ¿Cuánto tiempo puede el Estado amortiguar un fenómeno global sin comprometer las finanzas públicas? En Sonora, donde los costos logísticos ya son elevados por la dispersión territorial, cualquier variación en el precio de la gasolina repercute en toda la cadena económica: desde el campo hasta la industria maquiladora.
Al mismo tiempo, la política exterior de la presidenta Claudia Sheinbaum comienza a delinear un perfil propio en medio de tensiones internacionales. Sus decisiones, como el envío de ayuda a Cuba o su posicionamiento frente a Estados Unidos, no son gestos aislados, sino señales de una estrategia que busca equilibrio entre soberanía y pragmatismo. Sin embargo, ese margen de maniobra es limitado cuando México depende profundamente de su relación comercial con América del Norte, particularmente en un momento en que la revisión del T-MEC ya genera incertidumbre.
Para Sonora, este punto es crucial. La economía del estado está íntimamente ligada a las exportaciones, la manufactura y la inversión extranjera. Cualquier ajuste en las reglas del T-MEC puede alterar el ritmo del nearshoring que tanto se ha promovido. Y aquí es donde entra otro elemento estratégico: los minerales críticos. El Plan Sonora no es solo un proyecto regional, sino una carta fuerte en el tablero geopolítico, donde el litio, el cobre y las energías limpias se han convertido en activos de poder global.
Así, Sonora se encuentra en una encrucijada histórica: vulnerable a las turbulencias internacionales, pero al mismo tiempo posicionada como un actor clave en la nueva economía energética. El reto no es menor. Implica resistir los embates de la inflación y la incertidumbre global, mientras se construye una visión de largo plazo que convierta sus ventajas naturales en desarrollo tangible. En un mundo cada vez más interconectado, el destino del desierto ya no se decide solo en casa, sino también en los conflictos, acuerdos y tensiones que ocurren a miles de kilómetros de distancia.

