Desintoxicación de la Banalidad 

2020-07-13

 El confinamiento ha sido un verdadero proceso de purificación del ser humano para desintoxicarlo de la   banalidad, en un mundo frío y calculador que solo otorga valor a la imagen y a lo material construyendo una realidad ficticia

 Por: Jesús Salvador Guirado López

       La inédita experiencia de la sociedad mexicana al sufrir los efectos de la pandemia del Covid-19, ha significado una cambio radical en las vidas de la personas. La gran cantidad de contagios ha causado dolor y muerte en mucha gente que aún no logra superar sus perdidas. Sin embargo, también debe reconocerse que ha habido un gran aprendizaje de vida, donde la soberbia ha cedido el paso a la sensibilidad humana por el dolor ajeno, y que ha vuelto vigentes valores olvidados que hoy han salido a la superficie del gran océano de tormento y desconsuelo.
    En una sociedad autómata, que cada vez actúa mas por inercia que atendiendo al verdadero valor de las cosas, donde los sujetos prefieren construir una imagen de si mismos y presentarla en las redes sociales, que alcanzar una transformación profunda buscando las cosas del espíritu que les permitan un auténtico y adecuado actuar.
      La pandemia nos ha dado a las personas una gran lección de vida. Nos ha mostrado cuan equivocados estamos en nuestra forma de entender la realidad. El confinamiento ha sido un verdadero proceso de purificación del ser humano, para desintoxicarlo de la banalidad, en un mundo frio y calculador que solo otorga valor a la imagen y lo material, construyendo una realidad ficticia. De esa manera, la indiferencia ante lo espiritual y esencial tiene a los seres humanos viviendo en un mundo tan irreal, que cuando están frente al crudo espejo de la verdad que los muestra al desnudo, todo es caos y desesperación. Es innegable que la pandemia nos ha hecho ver nuestra debilidades humanas desde distintas perspectivas, descubriendo:
      En primer lugar, la importancia de la practica universal del principio de solidaridad humana, que es hoy reconocido y valorado en cualquier lugar del mundo. Los seres humanos hemos aprendido durante la contingencia, a solidarizarnos con quienes más están sufriendo en este instante, para ofrecerles incondicionalmente un poco de lo que tenemos.
      La solidaridad en este momento es la solución contra el egoísmo que lleva a la muerte. El poder dar a los demás, es la única alternativa para sobrevivir. Los individuos necesitamos de los demás. “Soy porque todos somos”, reza el principio africano “ubuntu”. El reconocer que necesitamos de los demás, es una de las grandes enseñanzas de la epidemia.   
        En segundo lugar, el reconocimiento de la fortaleza de la fe como lo único que devuelve a los que sufren la esperanza de la vida, ante la angustia de la muerte del cuerpo físico, como el gran apego material al que estamos acostumbrados a tener, recuperando la plena confianza  de poder tener un encuentro con el todo poderoso.
       Alcanzar la sabiduría para comprender la voluntad de Dios en cada uno de los adversos acontecimientos de la vida. Reconocer a la muerte como una breve transición a la vida del espíritu más allá del mundo sensible y descubrir a través de la fe el gran poder del creador que no está  ni estará nunca en la imperfecta ciencia humana.     
        En tercer lugar, el privilegiar el valor de la familia ante un mundo individualista e indiferente, lleno de hijos abandonados y de padres olvidados que despreciando  la sabiduría de los abuelos, a través del mundo de los virus, entramos en estado de conciencia para percatarnos que hemos abandonado a nuestros viejitos. Y para ello, ante la terrible enfermedad irónicamente ellos aparecen en el primer lugar de quienes necesitan más de nuestro afecto y protección. ¿De quién viene este mensaje tan directo?    
    Es una paradoja que las características de la pandemia en un determinado momento obliga a los ciudadanos a permanecer unidos al lado de sus familias encerrados en sus casas, recuperando lazos afectivos, reconociéndose como esposos, padres, hijos, hermanos, abuelos, nietos, restaurando sus heridas y reparando las faltas cometidas.                 
    En contraste, pocos días después del cálido y renovador encuentro, serán indeclinables testigos con gran impotencia, de un terrible e inevitable dolor por la triste partida de uno de estos seres queridos a consecuencia del Covid-19 con rumbo al eterno viaje sin retorno. 
     Es como si el gran creador nos permitiera una última oportunidad, para acercarnos por un breve tiempo a nuestros seres queridos para una piadosa despedida. Como nunca esta vez la íntima convivencia permitida en la cuarentena en definitiva ha reintegrado a la familia. Aunque incurra en “anatema”, me permitiré adaptar el siguiente texto bíblico del Evangelio de San Mateo: ¡Quién tenga oídos que oiga! por el siguiente: ¡Quién tenga ojos para leer  que lea!   
   Y en cuarto lugar, tener la posibilidad de aplicar la capacidad creativa que todo ser humano posee sin excepción, para construir nuevas dinámicas a fin de atender las nuevas necesidades de la realidad que produce la pandemia, para desplazar a las rebasadas   formas de organización funcionales antes de la implacable enfermedad. La capacidad de inventiva de los seres humanos, nos ha sido obsequiada desde siempre para seguir con el proceso creativo empezado por Dios cuando creó al hombre.