La lucha de los cobardes, El recolector de cadáveres (Episodio VI)                

2020-07-06

Por: Jesús Salvador Guirado López  

      El gran gurú Saver Yirau vivía solo en una pequeña habitación. Su familia había muerto. Era un hombre de treinta y cinco años, alguien viejo en el mundo de los virus. Era un hombre huraño y taciturno que yacía siempre sentado frente a su computadora leyendo y escribiendo día y noche. Solo poseía algunas mascaras de tribus originarias y una gran cantidad de libros, muchos de estos abiertos y regados sobre el piso dando la impresión de estar muertos. El connotado antropólogo exclusivamente gozaba de la simpatía de los miembros de los clandestinos círculos de estudio y análisis que respetaban sus ideas, por lo cual regularmente era invitado a sus reuniones secretas, desde donde partiendo de un pensamiento crítico empezaba a gestarse una especie de revolución cultural en todo el país. El gurú debía permanecer oculto porque el Estado lo había arrestado en varias ocasiones por conspiración. Era imposible publicar sus escritos en la era de los virus, pero existían algunas redes subrepticias para divulgar información entre los miembros de los círculos de estudio. De esa forma también planeaban y organizaban las reuniones de los miércoles.     
       Una serie de conferencias comunitarias diez años atrás, habían sido celebradas por el gurú sin la autorización del Estado. Durante una etapa crítica por el  despliegue de los virus en la comunidad, donde el gobierno iniciaba la aplicación de estrictas medidas autoritarias, también replegaba cualquier movilización social que criticara sus determinaciones. El joven antropólogo despertó a través de sus ideas las miradas de una autoridad intolerante y neopositivista, que no permitía ningún cuestionamiento que desestabilizara el “orden social” y que provocó que fuera perseguido los últimos años, durante uno sus discursos, sin medias tintas  expresó las siguientes palabras: 
    “Queridos ciudadanos: Ni la temible Hidra de Lerna, el despiadado monstruo acuático de la mitología griega que podría tener hasta diez mil cabezas, que solo el gran Hércules pudo matar, causó tanta muerte y dolor como la horrorosa e interminable pandemia que a cada minuto acaba con cientos de vidas y familias  en todo el mundo sin piedad alguna”.
     “Es posible creer, incluso, es una de la siete plagas del Apocalipsis. Y aun cuando el mundo en su soberbia creíamos que todo era posible desde nuestra ínfima capacidad intelectual desde el gran mito de la ciencia, nos hemos dado cuenta que somos tan vulnerables como las diminutas hormigas que con quienes compartimos el mundo”.
      “En este momento no existen poderosos ejércitos ni armas nucleares que valgan. Las grandes riquezas y posiciones políticas resultan inútiles. No existen estatus sociales ni reconocimientos que ofrezcan consuelo. Por esa razón es quizá un gran momento para dimensionar la pequeñez del hombre en el universo y reconocer el enorme poder de Dios quien siempre dijo que la única verdad era el “amor al prójimo”. Hasta ahora nadie quería creerlo. Pero el mensaje de los nuevos tiempos es que el hombre no es ni será nunca el centro del universo. En este instante el egoísmo solo es sinónimo de muerte. La generosidad es sinónimo de vida. De tal manera que el  invento tecnológico mas avanzado o la computadora mas sofisticada no es mas útil hoy que un martillo o una cuchara”. 
       “Discursos políticos van y vienen. Y el Estado solo manipula la información para mantener la calma pero la realidad es abrumante. Pero los números son fríos. Los enfermos están muriendo en sus casas o abandonados en alguna cama de hospital. Y quienes aún no lo crean solo esperen un poco. Algún ser querido desaparecerá de sus vidas. Y será la prueba irrefutable que andaban buscando. Las verdades son duras y no tienen piedad, y todos preferimos asumir la angustia el mecanismos de defensa de la negación, acusando a quien nos la revela como un dramático pesimista y derrotista. La sociedad mojigata prefiere siempre las falsas expectativas que la dolorosa verdad en una evidente reacción de cobardía. Reconocer una realidad tal como es no significa amargura. Es enfrentar la lucha partiendo de una realidad. Los cobardes gozan patológicamente de discursos complacientes que nublan la vista incluso para la batalla. Ellos celebran inconscientes una realidad que únicamente está en su mente delirante. Detestan el saber necesario para tomar valientes decisiones y dicen: ¡Ya!, ¡no quiero hablar de eso! Aunque el “eso” sea ahora el monstruo de diez mil cabezas que  enfrentó el gran Hércules con valor y dignidad. La lucha de los cobardes consiste siempre en restarle gravedad a las situaciones que se presentan en su vida. Son los hombres de bronce que el filosofo griego Platón citó en sus “Diálogos”, cómo quienes viven solo para sus placeres eludiendo responsabilidades para que otro las asuma”.
   “Debemos reconocer con valentía y gran compromiso moral la gravedad de la situación y asumir una actitud de solidaridad con los demás pensando en la vida como el primer derecho humano fundamental. Para ello el gobierno también debe tomar decisiones inteligentes, si no, nosotros debemos hacerlo si este no asume la responsabilidad moral que le corresponde. Será así para evitar que el grupo en el poder deje de proteger los intereses de la oligarquía a cambio de la vida de los ciudadanos de la República. ¡En defensa de la vida y por la patria! Gracias a todos”.
       Aquel discurso encendió el fuego en los ciudadanos  de esos días. El Gurú fue arrestado de inmediato por incitar a la rebelión. Así justifico el gobierno la detención. Días después el joven antropólogo quedó libre pero amonestado de no volver a “desestabilizar el orden social”. Sin embargo, los hombres de una sola pieza cómo Saver Yirau eran de los líderes morales que nacen y mueren para guiar a la sociedad frente a la tiranía en cualquier tiempo.