El dolor más profundo, el recolector de cadáveres (Episodio IV) 

2020-06-22

Por: Jesús Salvador Guirado López
 
 
    Desde que la sociedad mundial convivía en el nuevo mundo de los virus, donde la multiplicidad de cepas convertía en un sin sentido la creación de vacunas, la única alternativa restante era la prevención hasta donde fuera posible. De ahí, solo quedaba estar conscientes  del escaso tiempo de vida de los seres humanos, que en otra época llegó a ser hasta por mas de cincuenta años. Sin embargo, en la era de los virus cuando mucho llegaban a los cuarenta.
      En edad temprana, desde sus primeros años, los niños eran educados para prevenirse desmesuradamente de algún contagio, propiciando que los infantes desarrollaran conciencia del poco tiempo de duración de la vida. Y la mitad de la jornada en las academias era para enseñarles las estrictas medidas de prevención contra los virus y para crear conciencia de la importancia de una vida en aislamiento social. Lo que en otro tiempo se llegó a conocer cómo “calor humano” en una cotidiana  convivencia interpersonal, había desaparecido por completo del ánimo social.
     Una semana antes, la familia Rendón soportaba un alto nivel de tensión, debido a la carga de trabajo que Jesús debía resistir cada vez más. En ocasiones por instrucción del gobierno, se aplicaban programas conocidos como “aislamiento interno por la salud”, donde los integrantes de una familia, debían apartarse en su habitación, y solamente salir a recoger sus alimentos a la cocina y retornar a su aposento. El cumplimiento de estas medidas estaba controlado por sensores de calor controlados desde drones que sobrevolaban las viviendas. De esa manera, cualquier reunión de más de dos personas era fácilmente detectada por los sistemas de información del gobierno, que sancionaba severamente a los involucrados.
     Eran las nueve de la noche, cuando arribó Jesús a su casa y escuchó el llanto de Sofía. Después de sanitizarse entró preocupado y miró a su esposa sentada sobre el sofá de la sala, mientras apretaba la cara con sus manos. ¿Qué sucede? ¡Sofía!, ¡contéstame!, ¿qué pasó?, insistía Jesús. ¡Se llevaron a Jesusito!, respondió sin dejar de llorar. ¿Pero por qué?, ¿qué ocurrió?, cuestionaba el recolector de cadáveres. ¡Desde la mañana que te fuiste empezó a toser y no paraba!, dijo ella. ¡Luego sintió dolor en el pecho! ¡Me asuste y marqué al Centro Sanitario! ¡De inmediato llegaron por el! ¡Luego dijeron marcarían para informar y a esta hora no han llamado!, aclaró sumamente angustiada. ¡No puede ser!, exclamó Jesús golpeando fuerte la puerta con sus puños. ¡Iré para allá y regresaré aquí con mi hijo!, advirtió saliendo disparado de la casa, desplazándose a pie entre la oscuridad de aquellas calles y avenidas desoladas debido al toque de queda. Después de una hora llegó al centro sanitario escondiéndose entre los vehículos del estacionamiento. Sentía el corazón estaba a punto de salir de su pecho. En un descuido de los guardias de seguridad que vigilaban las puertas traseras del hospital durante cambio de turno, cuyas instalaciones el recolector por su oficio conocía perfectamente, logró internarse cautelosamente a los pasillos sin que nadie pudiera descubrirlo, porque además aun portaba el equipo de protección oficial.
     ¡Hijo!, ¡mijito querido vengo por ti!, repetía a sí mismo, asomándose en cada puerta que encontraba a su paso. Buscaba la sala de niños internos que no recordaba haberla visto. Él recogía los cuerpos únicamente en el anfiteatro. De pronto escuchó una voz a sus espaldas: ¡Jesús Rendón! ¿Qué haces por aquí, hermano?, sorprendido el recolector volteó dispuesto a todo. Era Solano, su jefe y amigo que casualmente concluía una reunión en el nosocomio. Sin poder contenerse, Jesús  rompió en llanto. ¡Amigo! ¡mi niño esta aquí!, ¡no puede ser!, ¡debe ser un error!, ¡en la mañana estaba bien!, ¡no, no, no, no puede ser!, dijo, jaloneando el traje protector de Solano. ¡Cálmate Jesús!, ¡cálmate, tú sabes cómo es! ¡Tienes que tener fe! ¡Noooo, nooo, con eso no puedo!, ¡ayúdame a verlo, necesito encontrarlo y llevármelo! ¡No puedes hacer eso y lo sabes! ¡Tienes que esperar!, insistía Solano. ¡No me importa!, ¡es mi niño!, ¡tiene que estar con su padre!, apretó el brazo de su amigo y siguió de largo asomándose a las puertas de los corredores. De pronto venían hacia él unos enfermeros arrastrando una camilla, en que trasladaban a un niño que no era jesusito, pero el recolector alcanzó a observar la puerta de donde salieron. Dejó que siguieran de largo y de inmediato corrió a buscar a su hijo. En el lugar cerca de diez niños estaban encamados, algunos conectados a ventiladores invasivos. Otros solamente respiraban oxigeno artificial con sus pequeños ojos abiertos fijados al techo de la sala. Entre ellos estaba jesusito quien al ver a su padre no pudo identificarlo al traer puesto aquel hermético traje protector. Pero el semblante se ilumino  cuando escuchó una voz que le decía: ¡Mijito querido!, ¡aquí está tu padre vengo por ti!, ¡mi niño!, mi niño!, lloraba sin cesar, mientras el pequeño un poco agitado apenas balbuceó: ¡papito!, ¡papito!, ¿ya nos vamos?. ¡Sí, mi vida!
En una reacción inesperada e irresponsable, Jesús bajó la capucha, tiro los googles y el cubrebocas para llenar de besos a su querido hijo. ¡No dios mío! ¡mi niño nooo! ¡jesusito nooo!, gritaba totalmente desecho sin importarle recibir algún contagio cuando aun tenía a su familia. Aquel hombre siempre equilibrado y responsable, que había vivido momento horrorosos a su corta edad, no podía con esta prueba que estaba viviendo. Una sala impecablemente sanitizada y en silencio absoluto, había sido asaltada por los sentidos clamores del recolector, a la cual de inmediato arribaron  guardias sorprendidos de cómo alguien había podido introducirse al hospital y más aun a una sala tan  impenetrable. Los encargados de la seguridad tuvieron que someter al desesperado recolector que se resistía ante la presencia de su hijo quien no entendía lo que estaba ocurriendo. ¡Déjenme!, ¡déjenme, por favor!, gritaba sin consuelo. ¡Es mi niño! ¡es mi bebe! ¡Dios llévame a mí!, ¡llévame a mí por favooooooor! No había remedio. Solo algunas horas para jesusito. Su padre lo sabía. El virus mataba jóvenes y niños. La vida torturaba mortalmente al recolector que había estado tantas veces frente a la muerte. Esta vez era inconcebible. Era algo insuperable para el recolector. El cuerpo de aquel niño nunca podría ser un cadáver. Era la razón de su vida. El aire de sus pulmones. El sol de la mañana. Los guardias arrestaron a Jesús, quien nunca vería de nuevo a su hijo. Murió en la madrugada. A esa hora Jesús yacía en una banca en la zona de arresto administrativo. Abrió sus ojos y sintió que algo le arrancaba el alma de su cuerpo. Estaba vivo. Pero estaba muerto.