Última voluntad, el recolector de cadáveres (Episodio III)                                               

2020-06-15

Por: Jesús Salvador Guirado López
 
 
     Era una vieja casona donde estaba el Centro de Operaciones para la Recolección de Cadáveres de la ciudad (por sus siglas CORECA). Día y noche entraban y salían grupos de recolectores cargando sus equipos de bolsas para cuerpos y empujando camillas. A ese lugar todo el día llegaban reportes de cadáveres de ciudadanos caídos en las calles y abandonados en sus departamentos. La tasa de mortalidad no cedía. Por esa causa abundaban las “casas de hornos”, enormes máquinas crematorias que incineraban cuerpos humanos en grupos. Se decía que la gente nunca tenía la certeza que las cenizas pertenecieran al familiar o pariente, por lo cual pocas personas acudían a reclamarlo. 
   El encargado Guillermo Solano, director del CORECA,  antropólogo, especializado en Cesación de la Vida, era un tipo introvertido y de pocas palabras, cuyas ordenes se cumplían. Solano tenía especial respeto por Jesús, el recolector, por su gran integridad y desmedida obsesión por la responsabilidad, pero además, porque ambos pertenecían a las “charlas nocturnas” de los miércoles, un grupo de estudio denominado “Levi-Strauss”, donde  sostenían acaloradas reuniones de análisis y debate sobre temas filosóficos y políticos, mismos encuentros acerca de los cuales ignoraban sus familias y colegas del equipo de recolectores por temor a ser descubiertos y afectados por el gobierno.
      El nuevo mundo ante los virus, obligaba a la discusión sobre nuevos temas en la sociedad. Pero ante la prohibición por parte del gobierno de reuniones de cualquier índole, se hizo común el surgimiento de grupos de estudio clandestinos que planeaban la restauración de la República. Ese día era miércoles a las seis, hora de la reunión y Solano advirtió al recolector: ¡Jesús, vámonos!, ¡nos están esperando! El subordinado tomó una mochila para transportar equipo de protección que debido a la ocasión cargó de libros y documentos para luego retirarse.
    ¡Señores buenas noches!, saludó el antropólogo Solano a los concurrentes en su carácter de líder del grupo que integraba a diez miembros. Entre ellos académicos, médicos y abogados, todos jóvenes profesionistas respetados en la comunidad por su inteligencia y sentido humano. ¡Buenas noches!, respondieron todos sentados alrededor de una antigua mesa circular color café chocolate repleta de libros, la cual apenas hacía espacio a las humeantes tasas de café. Era un grupo que había decidido volver a la lectura  de los clásicos con antiguas reliquias de pasta y hojas de papel que algunos de ellos habían conservado de sus abuelos, donde un mundo cibernético inundaba los centros educativos y había sustituido los libros por el gran sabedor reconocido por el gobierno llamado “wikipedia” única fuente  autorizada de conocimiento. Desde hacia años el libro impreso había desaparecido del mercado quedando sustituido por el libro electrónico que solo podía encontrarse en internet. Las nuevas generaciones ignoraban la seductora aroma que desprendía un libro al abrirse por primera vez. La emoción de poseer el “peso especifico” del conocimiento literalmente entre las manos y poder esconderlo en algún rincón, para en cualquier momento correr a buscarlo y tener el placer de leerlo de nuevo.
     A punto de concluir la reunión, el teléfono de Jesús timbró inesperadamente y era una llamada desde el hospital, donde requerían con urgencia acudiera a recoger un cuerpo para trasladarlo a los hornos crematorios. ¡Discúlpenme todos, debo retirarme!, dijo Jesús al grupo. Al llegar al desolado nosocomio, ingresó con su equipo de paramédicos recolectores de inmediato. ¡Pasen por aquí por favor!, indicó el guardia de seguridad de la recepción. Del otro lado, una enfermera gritaba: ¡oigan, esperen por favor! Jesús detuvo el paso para dirigirse a ella. ¡Venga por favor! ¡el doctor les pide que esperen! ¡Por aquí por favor!, ambos caminaban rápidamente a la sala de terapia intensiva, previo alto en la maquina sanitizante que roció con desinfectante cada parte de sus equipos protectores que cubrían su cuerpo. Al entrar, la enfermera señaló a Jesús una de las camas. ¡Espere en la cama siete por favor! Sorprendido, Jesús se detuvo al lado de la cama donde estaba un paciente intervenido con una válvula invasiva pues apenas alcanzaba respirar. En la cama contigua, otro paciente agonizante apenas movía su mano sin fuerzas para pedirle al recolector se acercara. Profundamente conmovido, el paramédico se aproximo para escucharlo. Dígame usted, susurró al enfermo. ¡Oiga, señ.. !,¡señor!, dijo con voz entrecortada, ¡mis niños y mi mujer están afuera!, ¡no los dejan entrar!, ¡nece…sito que les diga que los amo… más que a nada… en el mundo! ¡Dígales que…..! y rompió en llanto, mientras a punto de las lagrimas Jesús lo consolaba. ¡Calma, calma!, pronto podrá verlos. ¡Noooo!, ¡no podré!, ¡virgen…cita.. ayúd…ame…!, decía agitado por la falta de aire. ¡dígales que allá los esperaré!, ¡dígales queee…! Y quedó inconsciente sin poder decir otra palabra. El implacable monitor cardiaco marcaba la hora de su muerte. profundamente impactado, el recolector fijó su mirada en el número de cama y su nombre: “Juventino López”, en letras borrosas. En ese momento llegó la enfermera para avisarle que podían recoger a la persona de la cama siete recién fallecida, percatándose al instante de la muerte del paciente de la cama ocho, quien entregó a Jesús sin aliento sus últimas palabras  
       Al salir de la sala de terapia intensiva en compañía del equipo de recolectores, tomó el pasillo que llevaba a las puertas de acceso a la clínica cuyo ingreso estaba restringido a los derechohabientes. Sin embargo, algunos familiares que retaban a la autoridad aguardaban desesperados ocultos al interior de domicilios cercanos al nosocomio, donde pagaban buen dinero a quienes los habitaban para estar algunas horas mirando por las ventanas en espera del espeluznante desenlace. Al salir a la despoblada calle por fuera del hospital, alcanzó a observar a una mujer acompañada de dos niños que se aproximaba apurada para ingresar a una vivienda. La cara desencajada de la madre, era de alguien que no ha podido dejar un intenso llanto durante días. La mujer gritaba a uno de sus hijos: ¡Espera Juventino!, ¡espera!, mientras esbozaba una amarga sonrisa para advertirle. ¡Ándale, mijo!, ya saldrá tu papito y le diré que no te portaste bien! Ella los abrazaba con la fuerza de quien jamás quiere soltar, caminando rápido para no ser detenida por la policía sanitaria. Ellos reían ingenuos. El recolector intuyendo se trataba de la familia del difunto, se detuvo con la intención de entregar el mensaje de su esposo. Pero al mirar la escena, aquello se tornó imposible, reconoció que no era el momento y que no habría hombre sobre la tierra que se atreviera a desdibujar tan inocentes sonrisas rebosantes de esperanza. De esa manera, decidió no decir nada a los dolientes porque sabía todo era posible para Dios. Y podría ocurrir un milagro aun dentro de la interminable tempestad. Así de negros transcurrían los días en la triste vida del recolector de cadáveres, quien ignoraba pronto enfrentaría uno de los momentos más terribles de su vida.