El recolector de cadaveres

2020-06-01

         El temible código penal en delitos contra la salud rezaba: “Quien en flagrancia sea sorprendido abrazando a otro con o sin su consentimiento se le impondrá una pena de cinco a diez años…”

 

      Por: Jesús Salvador Guirado López

 

 

       Era un día como cualquier otro. La familia Rendón  debía desayunar y había ensalada de nopales con pepinos. Otros días podía haber sabrosas acelgas y riquísimas espinacas. Pero era una dieta impuesta por el Estado y tenían que cumplirla. Ellos habitaban una gran casa heredada por sus tatarabuelos que vivieron en aquellos años cuando la población era mucha y podían reunirse hasta cincuenta almas en un lugar. En aquel tiempo, dicen algunos que la gente comía cosas raras producidas en fabricas algunas empaquetadas y otras enlatadas, y que nadie estaba obligado a vestir los incomodos y pesados trajes con gorro y careta integrados, que ahora tienen que traer durante todo el día. Amigos y enamorados ahora tienen que esconderse para quitarse la careta (literal) y poder conocer sus rostros. Únicamente las personas podían despojarse de las odiosas mascaras por unas cuantas horas para dormir.
      El joven Jesús Rendón, jefe de la familia, tenía veintidós años, también portaba a diario un traje de protección especial porque integraba el honorable equipo  recolector de cadáveres. Su esposa y sus dos hijos también vestían trajes de cuidado pero eran diferentes. De hecho, era como el uniforme de toda la ciudad. Jóvenes y niños parecían un peculiar ejército de soldados azules caminando por las calles. Y es que había virus implacables con una multiplicidad de cepas circundantes donde nadie estaba seguro. Era común mirar caer cuerpos sin vida en las calles, donde minutos después llegaba el equipo “recolector de cadáveres”, estampaba  la correspondiente etiqueta  y los llevaba de inmediato a los hornos crematorios. Los transeúntes ni se inmutaban, pues hace mucho era algo normal de todos los días. La familia Rendón como tantas otras no se espantaba, pues a diario veían al carro recolector de cuerpos que conducía Jesús. Para evitar morir temprano todos tenían dos medidas imprescindibles: tener una alimentación alcalina y una impecable protección corporal total a cada momento.
     No siempre las cosas fueron así. Los cuarentones, que ahora en pocos años mata el virus, cuentan historias de aquellos días, en que la gente tenia la costumbre de darse abrazos, que consistía en rodear intensamente a un semejante con sus extremidades superiores como señal de afecto. Hace muchísimos años había desaparecido y los niños de hoy no sabían de un abrazo, y en la escuela se les enseñaban que nunca deben hacerlo porque es inmoral y riesgoso. Así estaba en los libros. Igualmente  el temible código penal en delitos contra la salud rezaba: “Quien en flagrancia sea sorprendido abrazando a otro con o sin su consentimiento se le impondrá una pena de cinco a diez años…” por ello repetir esas viejas tradiciones era muy peligroso.     
    De pronto, mientras todos disfrutaban el desayuno, Jesús Rendón interrumpió la deglución de su bocado vegetal para contar con asombro: ¡Oigan! ¡hoy mire que agarraron a unos que estaban abrazándose y la gente los quiso linchar! ¡Sentí mucho miedo!, señalo con preocupación: ¡De inmediato arribó la Policía sanitaria y los arrestó!, concluyó el papa mientras miraba a todos con unos ojos enormes. Los niños nomás lo escuchaban asustados. ¡Gente de malas costumbres!, Justificó Sofía a sus hijos. ¡Ahora es raro que ocurra!.  Porque después de la “enfermedad de la tos” se prohibieron esas antiguas costumbres y otras mas sucias y transmisoras de muchos virus como el hacer contacto boca con boca entre las personas. Desde la “enfermedad de la tos”, nunca nadie mas quiso besar por temor a ser recogidos por el equipo recolector
      Las nuevas generaciones concebían y aceptaban la vida como breve. Sabían que en cualquier momento acabarían recogidas por el equipo de recolección de cadáveres. Y es que Jesús por su oficio tenía muchas anécdotas levantando cuerpos tiesos o calientitos. Y es que dicen que antes las personas podían llegar a vivir hasta sesenta años y los llamaban “viejos o de la tercera edad”. Se les arrugaba la cara y todo. De hecho existen videos de ese tiempo que nadie quiere ver porque sus caras son muy raras.
       ¡Ni modo este día comeremos ensalada de nopales con pepinos pues!,  dijo Sofía consolando a sus hijos. ¡Para mañana les prometo una manzana verde si se portan bien!, les dijo. ¡Bravo! ¡Bravo mi mamá! ¡Mmmm!, gritaron emocionados los infantes. ¡A mí también me enfada tanta verdura!, reprochó, ¡Quiero fruta! ¡Una pera o una manzana verde! ¡Qué rico!, no  importan que no sean alcalinas, reclamó irónica. Y es que el gobierno solo les permitía comer proteína vegetal y fruta los fines de semana. La proteína animal estaba prohibida porque les decían era mortal y venenosa. Solo alimentos alcalinos estaban autorizados en la dieta diaria porque ahuyentaban al virus. Los abuelos contaban historias extravagantes de otros tiempos en que los alimentos venían enlatados o empaquetados, incluso algunos con azúcar saturada y una serie de historias inverosímiles que nadie cree.
     Los Rendón eran una familia joven como todas en este nuevo mundo.  Hacía muchos años no había personas de gran edad que contaban en las leyendas con sesenta o setenta años. Desde que apareció “la enfermedad de la tos”, dicen, dejaron de existir y era un mundo de jóvenes que con suerte su sistema inmunológico les permite vivir a los cincuenta, si se alimentan bien y se protegen. La gente se casaba desde los quince, porque el mal les daba a todos en edad temprana y morían. Ya estaban acostumbrados. Por ello las familias todos eran tan jóvenes que parecían hermanos. Nada podía hacerse al respecto, porque era un virus que mutaba rápidamente y la sociedad estaba adaptada a vivir así. De hecho, Jesús les contaba a sus hijos viejas historias donde hacia muchos años atrás, la gente vivía hasta los ochenta años. Ellos sonreían incrédulos. Todos creían que eran leyendas de abuelos cuarentones que platicaban esas leyendas cuando estaba cerca de la muerte. El desayuno acababa. los niños reían. Su padre estaba apurado. Seguro habría  muchos cadáveres qué recoger y nuevas historias qué contar.