DÍAS DE CUARENTENA (Una historia violenta que pocos se atreverán a leer)

2020-04-27

Por: Jesús Salvador Guirado López


        Desde afuera la popular casa de los Pérez parecía abandonada. Puerta y ventanas bien selladas de días atrás. El viento travieso revoloteaba la hojarasca que volaba libre por debajo de los vehículos estacionados en la acera de las desoladas calles. Y es que el mandato  había sido implacable. Todos dentro de la casa. En caso contrario la policía decretaría arresto hasta por treinta y seis horas. Los ciudadanos permanecían entonces enclaustrados pero expuestos a una interacción directa con el resto de la familia, en ocasiones por la necesidad de habitar en un espacio reducido aumentaba el riesgo de situaciones de violencia.

        En la vivienda al interior de la familia las cosas eran distintas. La sala de la casa, área común de la morada,  era un incesante campo de batalla por el televisor, pretexto perfecto para los adolescentes Carlos y Luis, que durante  la cuarentena, tenían cada vez mas enfrentamientos violentos con intrincadas luchas y plantados golpes de cachetes colorados. Desde temprano, ambos jóvenes, estudiantes de preparatoria, solo pactaban tregua en los pleitos, cuando coincidían en los tiempos de chateo, donde seducidos por sus teléfonos que los hipnotizaban por horas, despertaban en ellos sonrisas y carcajadas delirantes. 

        En esa cotidiana mañana, desvelados de la noche anterior, aún seguían dormidos en la cama que compartían en su habitación, donde Carlos, mientras soplaba estruendosos ronquidos tendía su brazo sobre el pecho de Luis, eso sí, sin que ninguno de ellos soltara el teléfono que parecía estar adherido a sus manos. Podría en la calle transitar un bullicioso desfile con estridentes trompetas sin poder irrumpir su sueño, pero al mas leve timbrar del celular a sus finos oídos de murciélago, estaban listos y prestos para contestarlo.  

       Eran las diez horas, aclaraba el día, y los progenitores, Enrique y Diana, quienes en esos días de resguardo habían sostenido intermitentes encuentros de agresión, desde que abrieron los ojos, arrancaron con hirientes reproches: ¡Oye tú, floja, prepararás el desayuno a tus hijos o te quedaras ahí tirada! - despotricó enfurecido Enrique aun recostado-  ¡levántate tú, inservible! - respondió Diana, no menos insultante, arropándose toda la cara con la cobija, mientras rechinaban los dientes de su esposo que hirviendo de coraje murmuraba rayos y centellas sentándose para ponerse en guardia y seguir la pelea. La relación violenta de los Pérez era endémica que afectaba directamente a los hijos que imitaban el patrón.

        Los escandalosos gritos llegaron a oídos de Carlos  recostado a unos pasos de distancia, quien como hijo mayor conocía perfectamente la etapa introductoria de los zafarranchos de sus padres. Y sabía avecinaba uno. ¡Ahora veraz!, ¡toma esto!, ¡me vas a respetar!- ¡Aaay, no me pegues, desgraciado abusivo!- gritaba quejándose Diana mientras era duramente golpeada por Enrique con los puños, al tiempo que Carlos saltó de la cama para dirigirse al cuarto de ellos. ¡Papá, déjala, déjala!- rogaba preocupado pues estaba la puerta de la habitación con el seguro puesto. ¡No te metas!, ¡lárgate! - Respondió  el padre encolerizado. Se escuchaban forcejeos y empujones: ¡Nooo!, ¡déjame!, ¡me estás lastimandooooo!- exclamaba ella- ¡ya verás maldita!-  ¡hey deja eso! ¡déjalo! - grito temeroso- ¡No!, ¡cálmate! ¡con eso no! -   ¡deja eso!- en ese momento Carlos empezó a patear la puerta- ¡Papá! ¡Mamá! ¡Cálmense! Mientras su hermano menor Luis sentado en el piso apretando sus rodillas con sus brazos temblaba a su lado sin poder decir una palabra. De pronto hubo un silencio y se escuchó un quejido.- ¡Aaaaay! ¡Aayyyyy!, ¡ahora sí me fregaste! De inmediato se abrió la puerta y salió la madre entre llantos abrazando a sus hijos - ¡Ya no aguanté mas!, ¡ya no aguanteeé!,  dijo destrozada en un llanto ahogado. El hijo mayor corrió al cuarto y miró a su padre a quien salían del pecho borbotones de sangre, mientras intentaba hablar sin alcanzar aliento. ¡Papa!, ¡papa!, ¿qué pasó?,  chillaba  Carlos  a la vez que abrazaba a su padre apuñalado por su madre con unas tijeras para evitar morir a golpes. Minutos después y ante los ojos de su primogénito, Enrique dejó de existir en manos de su mujer, víctima de maltrato durante años quién únicamente actuó en su legítima defensa. 

        Es una historia terrible que debo confesar, tan solo imaginarla para escribirla y crear los personajes me causó escalofríos. Pero es una verdad que no debemos soslayar. Nada obtenemos con negar la situación que ocurre día a día en muchos hogares del país. Es importante reconocer que programas de gobierno y asociaciones no gubernamentales han logrado en este momento visibilizar la violencia familiar, estableciendo diversos medios para presentar acciones contra el agresor. Sin embargo, es grave tener que reconocer que aún existen muchos prejuicios y miedo en las víctimas para buscar protección de las autoridades, postergando la ocasión para cuando ya es muy tarde. ¡El tiempo de hacerlo es ya! El agresor no se detendrá. Es por estas causas que también los ciudadanos en estos días de cuarentena, en que los índices de violencia familiar han aumentado dramáticamente en el todo el país, debemos ser agudos vigilantes para denunciar estos hechos para evitar la perdida de una vida que la mayoría de las veces desconoce que se encuentra en ese nivel de riesgo.