- El fallo que expone a los padres, maestros y jefes como importantes jugadores en el reto de evitar que siga evolucionando la generación “zombie”
Por Luis Fernando Heras Portillo
Imagínalo como una película de horror silenciosa.
Mientras usted lee esto en su teléfono, quizás con el ceño fruncido y el dedo índice a punto de deslizarse hacia arriba, una mujer acaba de lograr algo que parecía imposible: poner en el banquillo de los acusados a los monstruos de Silicon Valley. Una demanda por daño psicológico contra Facebook y YouTube. No es un error de tipeo. Es el primer disparo de una guerra que ya habíamos perdido como sociedad. Aclarando que existen cientos de demandas en tribunales de los Estados Unidos de América y de Europa vigentes en este momento.
El argumento es demoledor: estas plataformas, diseñadas por ingenieros con doctorados en neurociencia, generan adicción, trastornos mentales y codependencia. Y aunque la sentencia aún se escribe, el solo hecho de que exista este reclamo nos obliga a mirarnos al espejo. Pero no al espejo de la cámara frontal del iPhone para hacernos un selfie, sino al espejo de la realidad.
“UN CIENTÍFICO DIJO QUE SOMOS LO QUE COMEMOS Y AHORA HAY QUE AGREGARLE SOMOS LO QUE VEMOS. ESCUCHAMOS Y LEEMOS EN INTERNET O EN LAS REDES SOCIALES.”
Porque antes de señalar a Mark Zuckerberg o a los algoritmos de TikTok, debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿quién le entregó el celular al niño?
1. La hipocresía o complicidad, o como tengamos que ponerle a un calificativo fuerte de los adultos: cedemos el control a cambio de silencio de comodidad de dejar a niños, prácticamente bebés y no se diga infantes a que tomen el celular o la tablet o la televisión y sus mentes se inunden voluntaria o involuntariamente de violencia de ideas perturbadoras, y de una generación que le cree más a los Shorts o a los Reels de 10 o 15 segundos no se diga las bromas o a las cosas estúpidas y que decir de la pornografía y tantos otros detalles que están al alcance de todos, tan sólo con un dedo.
Los adultos de entre 25 y 60 años —sí, usted que está leyendo esto y se siente “moderno”— somos los mayores responsables de esta crisis. Le compramos el primer teléfono a nuestros hijos a los 8 años para que “no se sintieran excluidos”. Les instalamos TikTok porque “así se entretienen”. Y cuando intentamos poner límites, somos chantajeados emocionalmente como si fuéramos los malos de la película.
Señores padres de familia: Si su hijo prefiere ver cómo un extraño baila en una pantalla a jugar en el parque, no culpe al algoritmo. Cúlpese por no haberle enseñado que el aburrimiento es el útero de la creatividad. Si su hija tiene ataques de ansiedad porque su publicación no tuvo suficientes “me gusta”, no le eche la culpa a Instagram; pregúntese por qué le permitió delegar su autoestima en un botón que no conoce su nombre.
Señores maestros: Si en sus aulas los jóvenes prefieren ver shorts de YouTube antes que leer un párrafo de Octavio Paz, no se queje de la “generación de cristal”. Pregúntese por qué la escuela sigue compitiendo con el dopamina barata del scroll infinito usando tizas y pizarrón. Ustedes son los únicos que pueden enseñarles a distinguir entre un dato real y una noticia falsa, pero muchos han decidido ser “amigos” de sus alumnos en redes en lugar de ser autoridades académicas.
2. La cobardía empresarial: el celular en la mesa de juntas
Y llegamos al sector público y privado. ¿Qué clase de líder permite que sus empleados contesten mensajes de WhatsApp durante una junta de trabajo? ¿Qué tipo de gerente justifica la baja productividad con “es que así son los jóvenes”?
En pleno 2026, vemos a burócratas y empresarios revisando historias de Instagram mientras se supone que deberían estar resolviendo los problemas de agua, seguridad o competitividad económica. Hemos normalizado que el teléfono sea una extensión de la mano, una prótesis digital que nos impide ver al ser humano que tenemos enfrente.
En ejemplos cotidianos, y en una autorreflexión, dígame usted, si no ve todos los días a policías, a chóferes, albañiles, a taxistas, ha servidores públicos, a secretarias a ejecutivos a banqueros a constructores, amas de casa y a nosotros mismos, es decir, a mí y a usted haz cerrados a la pantalla del celular, muchas pero muchísimas horas cada día, yo no lo niego, lo acepto, y con todo honestidad puedo afirmar que soy un adicto al Internet y a mi celular, ¿¿¿usted lo es???
Si una empresa no tiene una política clara de desconexión digital, no es moderna: es negligente. Si un gobierno prefiere responder con memes en lugar de resolver problemas estructurales, no es cool: es incompetente.
3. La ironía de la herramienta: la IA no es el enemigo, la estupidez sí
No se trata de satanizar la tecnología. El internet, creado en 1969 por el Departamento de Defensa de EE.UU. (ARPANET), nació como una herramienta de comunicación científica. Las redes sociales, desde la pionera Six Degrees (1997), pasando por el auge de MySpace (2003) , hasta el lanzamiento de Facebook en 2004 por Mark Zuckerberg, Eduardo Saverin y compañía , fueron concebidas para conectar, no para esclavizar.
Pero el negocio cambió. Hoy, el valor de mercado de Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp) supera el billón de dólares. YouTube es un gigante que mueve más dinero que muchas industrias tradicionales. TikTok, la fábrica china de atención, es un coloso geopolítico que vale casi $100 mil millones.
Estamos hablando de cantidades de dinero que superan el PIB de países enteros. ¿Y cómo lo logran? Vendiendo nuestra atención. Convirtiendo nuestros segundos de vida en un producto. Y nosotros, idiotas útiles, se lo regalamos a cambio de un like.
4. La nueva era: límites o zombies
Este fallo legal debe ser el parteaguas. No podemos seguir criando autómatas que se despiertan, checan el celular, se duermen, y en medio del día no pueden mantener una conversación de 10 minutos sin mirar la pantalla.
La conclusión es tan simple como dolorosa: el ser humano debe poner límites.
No podemos permitir que una generación entera olvide cómo pensar porque está demasiado ocupada consumiendo basura digital. Hay que usar la Inteligencia Artificial para lo que realmente importa: la cura de enfermedades, la educación personalizada, la eficiencia gubernamental, las tareas rápidas, las respuestas que importan a la ciudadanía . No para que un adolescente le pregunte a ChatGPT o a Grok o a Deep Seek o a cualquier AI 🤖 cómo ligar o para que un burócrata use Midjourney para evadir su responsabilidad de diseñar políticas públicas.
A manera de cierre histórico:
El internet nació en 1969. La primera red social, Six Degrees, en 1997. Facebook despegó en 2004, YouTube en 2005, Twitter (hoy X) en 2006, WhatsApp en 2009, Instagram en 2010, y TikTok en 2016 .
En apenas dos décadas, estas plataformas pasaron de ser proyectos universitarios a valer, en conjunto, más de 3 billones de dólares. Son más poderosas que muchos estados nacionales. Y sin embargo, no pueden detener un suicidio adolescente, no pueden evitar una depresión, no pueden parar una adicción.
Porque no les conviene. La tristeza vende. La ansiedad mantiene el scroll activo. Mientras más dependientes, más ricos.
La pregunta aquí, estimado lector de entre 25 y 60 años, no es si las redes sociales son malas. La pregunta es: ¿va a seguir permitiendo que un algoritmo críe a sus hijos, distraiga a sus empleados y anestesie su propia vida? Porque si no actuamos ahora, la sentencia no la dará un juez.
La sentencia la dará la historia, y nos condenará por haber criado a la generación más conectada, pero también la más vacía.
Es hora de apagar gradualmente, quizás no del todo, pero si poco a poco el celular. De leer un libro. De mirar a los ojos. De pensar. O de lo contrario, bienvenidos a la era de los zombies.

