Por Jesús Donaldo Guirado
En política no hay casualidades. Mucho menos en la construcción de conceptos. El reciente impulso del término “Bienestar Duradero” en Sonora no es únicamente un lema administrativo: es una jugada estratégica de comunicación con doble intención.
Primero, el juego de palabras es evidente y calculado: combina el término institucional “bienestar” —asociado a la política social del gobierno federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador y continuado por Claudia Sheinbaum— con el apellido del mandatario estatal: Dura-zo → Dura-dero.
No es un simple recurso creativo. Es branding político.
Desde hace años, la palabra “bienestar” dejó de ser un concepto genérico para convertirse en sello ideológico del movimiento gobernante a nivel nacional. En ese contexto, el gobernador Alfonso Durazo no solo adopta la narrativa federal: la adapta, la personaliza y la territorializa en Sonora.
El mensaje es claro: el bienestar no solo llega, sino que lleva apellido.
Ahora bien, ¿qué es realmente “Bienestar Duradero”? No se trata de un programa con reglas de operación propias ni de un organismo autónomo. Es, más bien, un paraguas discursivo bajo el cual se agrupan acciones de vivienda, infraestructura social, programas estatales complementarios y coordinación con la federación. Es una etiqueta política que busca transmitir permanencia: obras que no sean efímeras, políticas que no cambien cada sexenio, resultados que trasciendan coyunturas.
La palabra “duradero” comunica estabilidad y continuidad. Pero también construye identidad.
En términos de comunicación política, el concepto cumple tres funciones:
- Refuerza la alineación con el proyecto nacional. 2. Personaliza los logros en la figura del gobernador. 3. Proyecta una narrativa de legado.
Y ahí está el punto fino del análisis: cuando un concepto institucional se fusiona con el apellido del mandatario, el discurso deja de ser únicamente social y se convierte también en posicionamiento político.
¿Es propaganda? No necesariamente. Las acciones existen: vivienda, infraestructura, inversión social. Pero el empaque importa. Y en tiempos donde la narrativa pesa tanto como el presupuesto, el nombre puede ser tan estratégico como la obra misma.
“Bienestar Duradero” es, en esencia, una marca. Y como toda marca política, no solo busca describir una política pública, sino instalar una idea en la mente del electorado: que el bienestar en Sonora tiene sello propio y que ese sello debe permanecer.
La pregunta de fondo no es si el juego de palabras es ingenioso —lo es—, sino quién aprovechará esta coyuntura para asestar el batazo político. En la grey política nada es fortuito; todo se finca con cálculo y se proyecta a la cúspide de la sucesión.
El lema “Bienestar dura-dero” no es un mero artificio semántico. Permite columbrar movimientos que, a priori, parecen sutiles, pero que en el vórtice de los próximos comicios pueden tornarse torales. Por un lado, aparece un Javier Lamarque Cano, acuerpado en la imagen junto al gobernador, en una escena que exuda más que cordialidad institucional. La fotografía —que no es cándida ni inocua— deja una estela de cavilación en los corrillos palaciegos: ¿es solo protocolo o un mensaje ceñido a la sucesión?
Que el gobernador figure también junto al aspirante a la próxima gubernatura no es dato menor. En política, la iconolatría visual suele permear con mayor eficacia que cualquier discurso copioso. Las imágenes, en su pulcritud aparente, pueden fecundar narrativas que a posteriori resulten incontrovertibles. ¿Estamos ante un guiño magnánimo o ante la instauración silenciosa de un relevo?
“Bienestar Duradero”, con ese énfasis casi intrínseco en la permanencia, invita a sopesar otra hipótesis: ¿ha encontrado Alfonso Durazo al heredero que mantenga su legado, incluso acabado su sexenio? No sería la primera vez que un liderazgo busca no dilapidar su capital político, sino preservarlo irrestrictamente a través de un consorcio de adeptos leales.
Por otro lado, el mensaje podría tener un destinatario distinto: el actual secretario de Bienestar, Fernando Rojo de la Vega. Oriundo de la misma línea ideológica del gobernador, ha mostrado aptitud y fiabilidad en la encomienda social, alineado —sin estridencias— a los principios de la presidenta Claudia Sheinbaum. En una administración donde el bienestar es insoslayable, su papel no es marginal ni accesorio.
Así, el lema podría aglutinar dos rutas: premiación al trabajo y/o consolidación estatal. Dos figuras que, podrían integrar una fórmula donde el poder no claudique ni se disperse. Si Morena repite en el Ejecutivo, ambos nombres gravitarán en el cónclave decisivo.
Desde la óptica de este columnista, lo indubitable es que ambos servidores públicos mantendrán —al menos en el corto plazo— un desempeño pulcro y conspicuo. La porfía será demostrar que el “bienestar duradero” no es zalamería ni ditirambo, sino política pública que no mengüe con el tiempo.
La sucesión ya comenzó, aunque se revista de cortesía institucional. Y en política, como en el diamante, no siempre el batazo más estridente es el que define el juego, sino aquel que, imperturbable, cruza la barda sin hacer ruido.
Álamos: fiesta, memoria y gobernanza cultural
En el sur de Álamos, la llamada Ciudad de los Portales, la política también se escribe con música, tradición y memoria colectiva. Este fin de semana, el municipio demostró que la gobernanza no solo se mide en cifras presupuestales o en obra pública, sino en la capacidad de fortalecer identidad y cohesión social a través de la cultura.
El Carnaval Álamos 2026 abrió el telón el viernes 20 de febrero con la tradicional quema del mal humor, símbolo inequívoco de renovación y catarsis comunitaria. La inauguración formal marcó el inicio de una agenda que combinó espectáculo y arraigo popular. El cierre de esa primera jornada estuvo a cargo del grupo Versus, en un ambiente festivo que congregó a familias completas en el corazón histórico del municipio.
El sábado 21, la presencia del grupo Baltierres con Raúl Elías consolidó el ánimo colectivo, demostrando que la música sigue siendo el lenguaje más efectivo para convocar unidad. Y el domingo 22, el desfile de carros alegóricos, la coronación de reina, princesa y dama del carnaval, así como la tradicional “charreada de la campana”, dieron un cierre formal a tres días de celebración que mezclaron historia, orgullo y pertenencia.
No se trata únicamente de fiesta. En un contexto donde muchos municipios enfrentan desafíos económicos y sociales, apostar por programas culturales bien planeados —con “buena vibra”, pero también con logística y visión— representa una estrategia inteligente. El carnaval no solo genera derrama económica; revitaliza la narrativa de una ciudad que busca recuperar su grandeza paso a paso.
Esa visión de equilibrio entre tradición viva e historia tangible tendrá continuidad el próximo 1° de marzo, cuando en la Plaza de Álamos se realice el XXVI Encuentro de Autos Clásicos y Antiguos, organizado por el Gobierno del Estado de Sonora a través de la Secretaría de Educación y Cultura de Sonora, el Instituto Sonorense de Cultura y el Museo Costumbrista de Sonora, en coordinación con el Ayuntamiento local.
Más que una exhibición, este encuentro representa un diálogo entre generaciones. Cada automóvil clásico es una cápsula de memoria, una pieza que conecta el pasado industrial y social con el presente turístico y cultural del municipio. Es historia sobre ruedas, patrimonio que se preserva no en vitrinas, sino en la plaza pública.
Carnaval y autos clásicos: colores y nostalgia, música y motores, fiesta y memoria. La combinación no es casual. Responde a una estrategia que entiende que el desarrollo también pasa por fortalecer el sentido de pertenencia. Álamos no solo celebra; se reafirma.
En tiempos donde muchos pueblos luchan por no diluirse, la Ciudad de los Portales apuesta por recordar quién es, mientras construye lo que quiere ser. Y en esa dualidad —entre la alegría del carnaval y la elegancia de los clásicos— parece estar encontrando el camino para recuperar, con paso firme, su brillo histórico.

