Dos imágenes en una misma semana, un mismo país. Dos postales que, aunque distintas en forma, comparten un fondo inquietante: la distancia creciente entre el discurso y la realidad de quienes detentan el poder. Por un lado, el Senado de la República inaugurando una “estética”, un espacio difícil de justificar como prioritario en un país con problemas más importantes que la imagen de una senadora o un senador. Por el otro, una fotografía viral: el ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sentado mientras dos colaboradores le limpian los zapatos, una escena más cercana al ceremonial de una corte aristocrática que a la imagen republicana que se presume.
Ambos episodios lastiman porque ocurren bajo una narrativa construida alrededor de la austeridad, la humildad y la cercanía con el pueblo. Morena ha hecho de la “austeridad republicana” uno de sus principales estandartes. Sin embargo, la instalación de una estética en el Senado no es un desliz menor: es un símbolo. Y en política, los símbolos pesan. La pregunta es inevitable: ¿en qué momento se decidió que era buena idea destinar recursos, tiempo y energía institucional a un servicio cosmético? ¿Qué mensaje se envía a una ciudadanía que batalla para pagar una consulta médica, comprar medicamentos o llegar a fin de mes? No se trata solo del costo económico, sino del costo moral.
Sobre este tema, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo fue clara: los servidores públicos deben actuar con sobriedad, congruencia y apego al principio de austeridad, y los excesos no tienen cabida en el proyecto de transformación. Un posicionamiento correcto, pero que choca con hechos que siguen apareciendo.
El segundo episodio es, quizá, aún más delicado. La imagen del ministro presidente siendo atendido de esa manera exhibe una lógica de privilegio y contradice la narrativa de un Poder Judicial que, bajo la elección popular, se supone más cercano a la ciudadanía. Si este mecanismo se presentó como una vía para acercar la justicia al pueblo, escenas como esta producen el efecto contrario: refuerzan la idea de que, una vez alcanzado el cargo, muchos olvidan su origen. El problema no es limpiarse los zapatos; es la escenificación del poder.
La incongruencia entre decir que se combate el lujo y permitir prácticas que lo evocan. Entre proclamarse heredero de una tradición popular y comportarse como élite. Entre hablar de transformación y reproducir viejas inercias. Morena gobierna no solo con leyes y presupuestos, sino con símbolos. Y cuando esos símbolos se descuidan, la credibilidad se erosiona. Nadie obliga a tomarse fotos incómodas ni a inaugurar espacios frívolos.
La presidenta insiste en que el poder debe ejercerse con humildad. Tiene razón. Pero la humildad no se decreta, se practica. Una estética en el Senado y unos zapatos lustrados en la Corte no derrumbarán al Estado mexicano, pero sí alimentan una narrativa peligrosa: la de un poder que empieza a sentirse cómodo, distante, confiado. En política, las formas también son fondo. Y hoy, las formas están diciendo más de lo que el discurso quisiera admitir.

