EDITORIAL | La Reforma Electoral pondrá a prueba la fuerza de Sheinbaum

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EDITORIAL | La Reforma Electoral pondrá a prueba la fuerza de Sheinbaum

Toda presidencia tiene un momento temprano en el que se pone a prueba su capacidad real de gobernar. No en el discurso, no en la narrativa, sino en la arena donde se mide el poder político de verdad: el Congreso de la Unión. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, esa prueba de ácido parece haber llegado antes de lo esperado con la discusión de la reforma electoral.

Lo que parecía un trámite legislativo relativamente controlado con Morena como primera fuerza y con aliados tradicionales en el PT y el Partido Verde, se ha convertido en un termómetro político inesperado. No sólo porque la oposición ha cerrado filas para rechazar la reforma, algo previsible, sino porque las primeras fisuras provienen del propio bloque oficialista.

La señal es clara: el respaldo automático a las iniciativas presidenciales ya no es un hecho consumado. El PT ha confirmado su rechazo a la propuesta en sus términos actuales, mientras que desde Morena se reconoce que aún no están los votos suficientes para garantizar una mayoría calificada. El mensaje político es contundente: la disciplina legislativa que caracterizó al obradorismo no necesariamente se trasladará intacta al nuevo sexenio.

Esto obliga a Sheinbaum a enfrentar un dilema que marcará su estilo de gobierno. Puede intentar imponer la agenda a partir de la presión política y la narrativa de la transformación, o puede optar por la negociación abierta con aliados y adversarios para construir mayorías reales. En cualquiera de los dos escenarios, la política vuelve a ocupar el centro del tablero.

Porque gobernar no es solamente tener la presidencia; es tener la capacidad de articular consensos. Durante el sexenio anterior, muchas reformas avanzaron gracias a una combinación de mayoría legislativa, disciplina partidista y el peso político del liderazgo presidencial, donde a las iniciativas provenientes del ejecutivo no le movían ni una coma. 

Hoy el escenario es distinto. La presidenta enfrenta un Congreso de la Unión con más autonomía interna, liderazgos propios y aliados que buscan también marcar su territorio político.

Por eso, la discusión de la reforma electoral va más allá de su contenido técnico o institucional. Se trata de una prueba temprana sobre la capacidad de Sheinbaum para construir gobernabilidad legislativa en un contexto más complejo que el que enfrentó su antecesor.

Si logra ordenar a su coalición y sacar adelante la reforma, enviará una señal de fortaleza política que consolidará su liderazgo en el arranque del sexenio. Pero si la iniciativa se empantana o fracasa en el Congreso, el mensaje será igualmente claro: el poder presidencial ya no opera en piloto automático.

Las primeras semanas de un gobierno suelen marcar el tono del resto del sexenio. Y en política, las primeras pruebas suelen ser las más reveladoras. La reforma electoral, hoy en debate, podría terminar siendo mucho más que un cambio institucional: podría convertirse en el primer gran examen político de la presidenta. Y en ese examen, lo que está en juego no es sólo una reforma, sino la capacidad de conducción del nuevo gobierno.