En estos días de Semana Santa, donde las calles de muchos pueblos y ciudades se convierten en escenarios del viacrucis, vale la pena voltear a ver otra procesión, menos espiritual pero igual de cargada de tensión: la de la política mexicana. Porque mientras unos cargan cruces de madera, otros arrastran decisiones, alianzas y traiciones que pesan igual o más en el destino del país.
El llamado “Plan B” no solo ha sido una reforma polémica en lo legislativo, sino también un punto de quiebre en lo político. Lo que comenzó como una muestra de unidad en el bloque oficialista entre Morena, Partido Verde y Partido del Trabajo, hoy parece más una caminata cuesta arriba, donde cada actor carga su propia agenda, su propio cálculo y, en algunos casos, su propio distanciamiento. La narrativa de cohesión empieza a mostrar grietas.
En este escenario, el papel del Partido del Trabajo ha sido particularmente incómodo, pero no por su protagonismo, sino por su comportamiento. Como en todo viacrucis, siempre hay personajes que marcan el momento, y el PT ha comenzado a ser señalado como el “Judas” de esta historia: ese aliado que, sin romper del todo, duda, negocia, condiciona y, en momentos clave, parece inclinar la balanza más por conveniencia que por convicción. No es una traición abierta, pero sí una lealtad en entredicho que puede venderse por unas cuantas monedas..
Morena, por su parte, enfrenta su propio calvario. Tener la presidencia de la república y ser mayoría en la Cámara de Diputados no significa necesariamente tener control absoluto. Gobernar en coalición implica ceder, negociar y, sobre todo, administrar egos y ambiciones. El problema es que cuando el proyecto político se presenta como una transformación histórica, cualquier fisura interna adquiere un peso simbólico mayor. No es solo política: es credibilidad.
Al final, como en todo viacrucis, la pregunta es qué viene después del sacrificio. Si esta coalición logrará recomponerse y salir fortalecida, o si estas tensiones son apenas el inicio de una fractura más profunda. Porque en política, a diferencia de la fe, las resurrecciones no están garantizadas. Y a veces, los “Judas” no necesitan treinta monedas: basta con el momento adecuado para cambiar el rumbo de la historia.

