Por Alan Castro Parra
Son varias voces morenistas las que sugieren que en el próximo mes de febrero podría venir la convocatoria para la definición del abanderado —o abanderada— de Morena a la gubernatura de Sonora, una especie de réplica local del proceso de “corcholatas” que se aplicó a nivel nacional para definir coordinaciones de la defensa de la Cuarta Transformación. Y aunque todavía falta ver el documento oficial, lo cierto es que la efervescencia ya subió: los mensajes son cada vez más explícitos, los equipos empiezan a moverse y el ambiente político se recalienta en los pasillos del poder, en los municipios y en los cafés donde realmente se cocina la grilla.
Según lo dicho el pasado diciembre por la dirigente estatal de Morena en Sonora, Judith Armenta, la definición de la candidatura podría recaer en tres criterios esenciales: trayectoria, encuesta y la famosa tómbola para definir género. Y aquí vale detenerse: en Morena la “encuesta” no es un detalle técnico, es el corazón del método. De hecho, el partido ya ha institucionalizado lineamientos y reglas para designaciones basadas en sondeos, que se utilizan como mecanismo de legitimidad y control político al mismo tiempo.
Si bien habría que esperar la convocatoria para revisar cuál será el valor real de cada criterio y si alguno resulta definitorio, lo más probable es que el tema de la encuesta o consulta a la base sea el principal factor para definir la candidatura. Y esto tiene lógica: Morena hoy es un partido-movimiento que vive de la narrativa de que “el pueblo manda”, pero también es un partido-gobierno que necesita orden, disciplina y un cierre de filas con la menor fractura posible.
Ahora bien, la encuesta tiene metodología, y la metodología tiene intención. Por eso en el eventual estudio de opinión no basta con medir posicionamiento: se deben cruzar indicadores como prestigio, atributos, negativos, conocimiento efectivo y, muy especialmente, intención de voto. Porque podrás ser muy conocido, pero también podrás cargar con un costal de negativos que, en campaña, se convierten en pólvora para el adversario.
En ese sentido, un cruce verdaderamente interesante, y determinante, será identificar quién de las y los aspirantes es el que menos le resta a la marca. Porque sí: Morena mantiene ventaja estructural en Sonora, pero cuando al partido le ponen nombre y cara, la fotografía cambia. Morena es una maquinaria fuerte, pero no es invencible; y en política, el candidato importa más de lo que muchos quisieran admitir.
Por lo pronto hay que decir que, si bien los mensajes son claros y se percibe una pelea principal entre dos personajes, Lorenia Valles y Javier Lamarque, no necesariamente serán los únicos que participen.
Por eso cobra relevancia lo dicho por Heriberto Aguilar en entrevista para Nuevo Sonora: en Morena todos los que levanten la mano tienen derecho a participar en la encuesta, y una vez que se publique la convocatoria tomará la decisión de entrar o no.
A la par, Célida López Cárdenas también se mueve. Bajo el argumento de que ganó la encuesta al Senado en Morena, al parecer se destapó para la gubernatura y su intención de participar es, por supuesto, una aspiración legítima. La pregunta no es si puede, sino si la dejan crecer. En estos procesos internos no siempre gana el que más quiere, sino el que mejor negocia, el que mejor cierra acuerdos… y el que menos estorba al diseño final.
He comentado en varios despachos que aunque pareciera que “solo hay de dos sopas”, por el bien del proceso y del propio movimiento, la convocatoria debería ser lo suficientemente amplia, plural e incluyente como para incorporar a quienes realmente tengan posibilidades y estructura. Morena ya aprendió que los procesos cerrados a veces funcionan para ganar una designación… pero abren heridas para gobernar después. Lo vimos en otros estados y en múltiples candidaturas locales: el costo de una imposición se paga con desmovilización, operación cruzada o fracturas silenciosas.

Adolfo Salazar.- Listo
Es ahí donde empiezan a sonar otros dos perfiles con peso institucional: el secretario de Gobierno, Adolfo Salazar Razo, y el delegado del Bienestar en Sonora, Octavio Almada Palafox. Dos figuras con lectura política, con estructura, con territorio y con posibilidad de convertirse en factor, ya sea como aspirantes formales o como piezas claves en una negociación mayor. Porque en estas carreras, no todos compiten para ganar; algunos compiten para sentarse a la mesa.
Simulando aquel proceso presidencial donde participaron varias “corcholatas”, en Sonora ya van al menos seis nombres circulando. Y el detalle importante es este: mientras más amplio sea el proceso, mayor control interno tiene Morena para administrar la sucesión. Un proceso amplio permite medir, desgastar tensiones con reglas claras, construir salidas dignas para quienes no ganen y, sobre todo, legitimar al coordinador o coordinadora que termine encabezando el proyecto.
Lo principal: la legitimidad. Si Morena quiere llegar fuerte al 2027, no puede darse el lujo de un candidato señalado como “impuesto desde el centro”. Y eso lo digo porque si bien es evidente que existe cargada, también es evidente que el elegido aún tiene que demostrar que levanta, que crece y que, sobre todo, unifica. Y Morena en Sonora no es un bloque homogéneo: es una suma de grupos, intereses, liderazgos regionales y proyectos que conviven bajo el mismo paraguas… hasta que llega la hora de repartir.
En el tablero externo hay otros factores que Morena no puede ignorar. El primero: la oposición. Hoy el alcalde de Hermosillo, Antonio Astiazarán, aparece de manera recurrente como figura competitiva del bloque opositor en escenarios medidos por distintos ejercicios demoscópicos. El segundo: Movimiento Ciudadano. De manera sorpresiva, incluso se ha mencionado un posible “cisne negro”.
Y el tercer factor, quizá el más delicado, los aliados. PT y Verde son socios, pero la relación nacional y local se ha tensado en distintos momentos. La historia reciente demuestra que, si hay pleito por la candidatura, la alianza puede fracturarse o entrar en “modo regateo”: te apoyo, pero con condiciones. Morena necesita cuidar eso porque, aunque pueda ganar solo, ganar en coalición reduce costos, suma estructura y minimiza el riesgo de sorpresas.
En conclusión: el proceso que viene no solo definirá un nombre. Definirá el estilo de sucesión. Si Morena opta por un método amplio y competitivo, puede salir fortalecido, con acuerdos y con disciplina real. Si opta por un “traje a la medida” para cerrar rápido, puede ganar la nominación… pero abrir un frente interno que nadie quiere cargar en la campaña. Y en política, las divisiones internas rara vez se ven al inicio: se ven el día de la elección, cuando la estructura decide si camina o se queda sentada.
Por eso, si en febrero se publica la convocatoria, la verdadera pregunta no será quién encabeza las encuestas hoy. La pregunta será: ¿quién logra crecer sin dividir a Morena? Porque en Sonora, como en todo el país, la elección se gana con votos… pero se construye con unidad. Esperemos.

