En política exterior, nada es casual. Cuando Estados Unidos cambia de tono o de objetivo, suele hacerlo con cálculo. Durante meses, el discurso duro de Washington apuntó a Venezuela; hoy, el foco se ha desplazado hacia México. El propio presidente Donald Trump ha vuelto a recurrir a una narrativa conocida: seguridad nacional, combate al narcotráfico y presión política, todo condensado en una frase tan contundente como polémica: “los cárteles controlan México”.
Trump presume haber reducido drásticamente el ingreso de drogas por mar y anuncia que la siguiente etapa será “atacar por tierra” a las organizaciones criminales. Más allá de la viabilidad real de esa afirmación, el mensaje tiene un destinatario claro: su electorado. Las declaraciones, hechas ante el micrófono amigo de Fox News, forman parte de una retórica electoral que necesita amenazas visibles y culpables identificables.
El contexto no es menor. En el mismo espacio, Trump habló de su intención de reunirse con la opositora venezolana María Corina Machado. Venezuela sigue en el radar, pero México entra ahora en una zona incómoda del discurso estadounidense: la de los países descritos como desbordados por el crimen. No es un diagnóstico técnico, es una señal política.
Desde México, la respuesta ha sido mesurada. La presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por reforzar la vía diplomática y subrayar algo esencial: la coordinación en seguridad con Estados Unidos existe y ha sido reconocida por ambas partes. Cooperación sí, pero dentro del marco del respeto a la soberanía.
Hablar de una intervención “por tierra” no parece hoy un anuncio operativo, sino una advertencia discursiva. México no es un adversario ideológico ni un Estado aislado. Es un socio estratégico profundamente entrelazado con la economía estadounidense. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá funciona como ancla de estabilidad: cualquier escalada retórica tiene costos reales para ambos lados de la frontera.
Trump lo sabe, y por eso su discurso oscila entre la amenaza y el pragmatismo. México, por su parte, enfrenta el reto de no normalizar una narrativa que lo presenta como un país capturado por el crimen, sin caer en la sobrerreacción. La relación bilateral seguirá marcada por tensiones cíclicas, sobre todo en seguridad y migración.
La pregunta no es si Trump volverá a señalar a México: ya lo hizo. La verdadera incógnita es si ese señalamiento quedará en el terreno del discurso electoral o si abrirá una etapa de presión más constante, contenida -por ahora- por la diplomacia y la interdependencia económica.


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