La muerte

2020-02-10

                       Por: Jesús Salvador Guirado López


       La muerte es palabra tabú. Es negada por los seres humanos de muchas formas. Es posible que solo el título de este artículo invite al lector a darle vuelta a la hoja o a deslizar su dedo rápido en su teléfono móvil. Pero es una negación no por terror a la muerte, sino por la angustia ante la vida, que resulta de la consciencia de estar expuesto, y con medios insuficientes de defensa a una vida llena de peligros. De saber que hoy puede ser nuestro último día.

       Es posible deducir entonces que el miedo a la muerte solo es una objetivación de la angustia del hombre frente a la nada. Queremos quedarnos para siempre o cuando menos no queremos ser olvidados.

       Para el psicoanalista francés Jacques Lacan las tumbas o lápidas representan la necesidad del sujeto de nunca ser olvidado. Es una manera de negar que nos hemos ido para siempre de la vida. Otro ejemplo de asegurar nuestra permanencia simbólica en la tierra es la celebración del día de los muertos en nuestro país, donde se   lleva los platillos de comida preferidos por los difuntos, to que significa la reafirmación de esa negación que ya no están con nosotros.

        El miedo a la muerte solo es una objetivación de la angustia del ser humano frente a la nada. 

      Pero es un proceso tan natural que integra desde del conocimiento científico los dos momentos más importantes de la existencia: cuando en el ovulo fecundado empieza a manifestar la vida, y cuando esa misma energía deja de activar las células, que hasta hoy el cómo y porqué es el gran misterio. Sin embargo, todos edificamos murallas narcisistas para retrasar lo inevitable. Las cirugías plásticas y otros métodos para evitar envejecer son inútiles reproches a lo que está por venir. Es una creación de vanas ilusiones. Nadie quiere prepararse para la muerte. Incluso realizamos grandes planes a largo plazo con aquella seguridad de alguien que vivirá para siempre.  “Dios se ríe de todas esas cosas”, dice la biblia.

      De hecho, desde el psicoanálisis, Sigmund Freud, en su obra “Más allá del principio del placer”, argumenta que “si admitimos que si el ser humano aparece después de lo inorgánico y deviene de él, la pulsión de muerte coincide con la noción de que el instinto tiende a regresar a un estado previo”, es decir en el psicoanálisis el sujeto tiende a la búsqueda del placer o la mínima tensión angustiaste y huir de esta. Entonces el regreso al estado previo es tender a cero en el displacer según lo explicable la teoría de la psicología profunda. Es decir el sujeto busca dejar de sufrir dolor. En esa lógica que son repetidas una y otra vez aquellas palabras: “Descanse en paz”. 

       Lo cierto es que, cuando el ser humano se niega a conocer su condición de un ser finito y tener por cierta su futura muerte, es cuando huye a formas falsas de existencia, se somete a los dictados de los demás, a los valores hipócritas de la sociedad, que lo establecen en una existencia vacía y no verdadera.

     En el México prehispánico, la creencia Nahuatl decía que cuando los seres humanos morían, no perecían sino que de nuevo comenzaban a vivir, caso desertado de un sueño, y se volvían en espíritus dioses, y que cuando alguno se moría, solían decir que ya era teotl (dios en lengua nahuatl). Para ellos la muerte era como un viaje. Sostenían que nuestra morada eterna no estaba en la tierra.

     Por otra parte, desde la perspectiva religiosa la muerte se considera como un tránsito hacia formas diferentes de existencia, son sistemas de pensamiento destinados a negar la muerte como fin, como terminación inexorable de la vida, con base en la concepción dualista cuerpo y alma, donde el cuerpo es el que muere y el alma permanece. Los cristianos católicos sustentan su teología en la resurrección de Cristo con la demostración milagrosa de que la muerte solo es un tránsito hacia otra vida, de orden superior, y no la terminación definitiva de la existencia. 

       Quizá la entrega apasionada a la actividad creativa es la única forma de intentar eludir simbólicamente  nuestro destino fatal. Es a través del proceso creativo donde el ser humano encuentra el único significado de la vida. Es por medio de la sublimación como  un mecanismo de defensa ante la angustia de vivir donde el ser humano transforma una realidad temporal que terminará en breve. Lo que ocurrirá con cada uno de nosotros después, es el gran misterio. La vida es sueño, dijo el poeta Calderón de la Barca. Y a través del sueño de la vida, quizá podamos entonces entregarnos a los demás convirtiéndonos en uno solo, como ordena la tradicional regla africana “yo soy porque nosotros somos” y en esa  comunidad solidaria del sueño de la vida, encarnar juntos nuestras fantasías más valiosas como lo hace el artista en el proceso creativo. Es alcanzar en plenitud la esencia de la vida que nos ha sido regalada por la causa de todas las causas, cómo revelo el gran filósofo Cicerón para referirse a Dios en sus últimas palabras antes de morir.