La voracidad de la sociedad líquida 

2020-01-13

“En el neoliberalismo moderno las personas son objetos de consumo que instantáneamente son desechados”


                Por: Jesús Salvador Guirado López


         Lo efímero de la sensación de gratificación del individuo frente a sus objetos de consumo es la característica principal de nuestra sociedad en los últimos años. Nada ni nadie es suficiente para satisfacer un deseo por mucho tiempo. La necesidad de depurar las posesiones materiales o enlacies personales para sustituirlos por otros es la regla. 

        El deteriorado valor de uso de las cosas no se restringe a las materiales sino también a los sujetos. La sociedad capitalista ha llevado hasta sus extremos las leyes del mercado creando una necesidad de desechar todo por algo nuevo. Es una adicción neurótica a lo reciente. El individuo ya no repara lo dañado. Lo desecha y lo sustituye por algo nuevo. Ya no se repara los zapatos, se compra otros”.

      En nuestra sociedad moderna nada es duradero. Es una historia de nuevos comienzos. Siempre se construyen nuevas ilusiones para generar nuevas emociones que nos gratificaran horas, días o semanas. Y de pronto aparecerá la necesidad neurótica de “lo nuevo”. El individuo siente que ello curara sus “angustias”. Se siente pleno unos minutos y reaparece otra vez el ciclo. Desear, irrumpir y obtener. Los sujetos corren una carrera de “la moda”. Nadie quiere ser el último lugar porque será desechado. Es vital el nuevo automóvil, el nuevo teléfono, el nuevo vestido, los nuevos zapatos, para creer el individuo que ello lo reivindicará  pero terminará tristemente decepcionado.  

      La sociedad moderna tiene otros objetos para desechar: Las personas. Es una sociedad que le encanta crear, jugar y estar en movimiento. Viven de valores volátiles, despreocupada ante el futuro, egoístas y hedonistas. Para las personas de la modernidad la novedad es una buena noticia. La precariedad es un valor, la inestabilidad es un imperativo, la hibridez es riqueza. Todas dominan y practican el arte de la vida liquida. En ellas priva la tolerancia a la ausencia de itinerario y de dirección y son amantes de lo indeterminado. 

      La vida líquida es devoradora. Asigna a todos sus seres animados e inanimados el papel de objetos de consumo. Son objetos y personas que pierden su utilidad, su brillo su atracción y su valor, mientras son utilizados. Los objetos de consumo tienen una limitada esperanza de vida útil, y en cuanto lo alcanzan, dejan de ser aptos para el consumo. Cuando dejan de ser aptos, deben ser retirados de la vida de consumo. Desafortunadamente en nuestro mundo líquido la lealtad es motivo de vergüenza no de orgullo. ¿Se avergüenza de su automóvil?, pregunta la publicidad. ¡Cómprese uno nuevo que pueda presumir!

         En el esquema del neoliberalismo “consumidores y objetos de consumo” son los polos conceptuales de la sociedad. Puede que algún mayor tiempo posible cercanos al polo de las mercancías, pero ningún consumidor puede estar seguro de no acabar en el otro. Solo como tales mercancías, solo si son capaces de demostrar su propio valor de uso, puede acceder a la vida del consumo. Si no serán desechados.  

        Pero, ¿cómo la sociedad crea el deseo por nuevos objetos de consumo? Una de las formas que tiene de lograr tal efecto es denigrando y devaluando los productos de consumo poco después de que haya sido promocionados con bombo y platillo en el universo de los deseos del consumidor. Y la otra forma es el método de satisfacer las necesidades, de modo que al hacerlo nacen nuevas necesidades como ocurre con los teléfonos móviles u ordenadores. Entonces lo que empezó como una necesidad como señala el sociólogo Zigmunt Bauman debe convertirse en una compulsión o una adicción. 

         La compulsión neurótica por “lo nuevo” resulta un trastorno en la interacción social cuando los individuos se convierten en consumidores patológicos en permanente crisis de ansiedad por restar valor de uso a objetos que aún lo tienen o desvalorizar personas por mostrar debilidad ante sus expectativas. La sociedad liquida es implacable. Pero también, se convierten a sí mismos en productos prometedores de expectativas para otros consumidores “vendiendo su apariencias” para seducir a otros, y en lo futuro, en las fallas que se presenten en la relación,  aun se esfuerce el “individuo producto” en “reparar” sus errores en la relación,  la sociedad liquida ya lo ha condenado como “sustituible”. 

         En nuestro tiempo regido por el mercado, casi cualquier necesidad, deseo o carencia, (objetos o personas), tienen una etiqueta con un precio. El ciudadano pensante, reflexivo, crítico, ante el desenfreno de la sociedad líquida enfrentan un embate ante los “adictos al consumo” que los desplazan sino se mueven al ritmo de estas necesidades creadas por un neoliberalismo imperante que devora personas. 

       Es una sociedad que denigra los valores del amor, la justicia, el respeto, la vida, la salud, etc. para sustituirlos por la ficción de lo verdaderamente efímero, de lo incierto, construido por una ideología de mercado que crea mecanismos de control social para consolidar una estructura de poder.