La paradoja de la violencia en la familia

2019-11-25

La violencia estructural en la familia integra de forma consensual un código de comunicación espeluznante.
Por. Jesús Salvador Guirado López
La violencia tiene que ver con una lucha de poder, con el impulso de dominar o eliminar al otro. La violencia puede ser desde el abandono físico hasta el maltrato emocional, el castigo corporal y el abuso sexual. Otras clasificaciones legales hablan de la violencia física, verbal y psicológica. Incluso de la violencia patrimonial y económica.
Lo cierto es que estas son formas de violencia manifiestas. Hay otras formas de violencia más ocultas, más sutiles, pero más frecuentes. Esta violencia es común en las estructuras de familia, que constituye a su vez un modo vincular. Es una forma de relación familiar. Se finca un código de comunicación que se convierte en una forma de lenguaje espeluznante.
En esos términos, resulta invisible para los agentes externos. Incluso puede serlo para los hijos quienes en un proceso de mistificación o confusión, llegan a entender el acto violento como demostración de afecto. Y en un proceso de identificación con la figura edípica desarrollan ellos sus propios códigos afectivos de igual manera, creando canales vinculares con otras personas buscando los mismos códigos violentos.
La violencia en la familia exige una legalidad privada que la avale, la comparta y la transmita. Debe decirse que estas familias desarrollan mitos o sistemas de creencias que justifican la acción violenta. Se reconoce ésta como una respuesta adecuada ante determinada situación, donde la causa generalmente es atribuida a la víctima. En la construcción de este mito familiar, se desarrolla un sistema de interpretación de la realidad, en el cual la acción violenta depende de la víctima.
Es la manera que se produce una naturalización de la violencia, instalándose una familiaridad siniestra, donde la violencia no es violencia para el agresor sino “la respuesta adecuada a la situación”.
Y la víctima puede sentirse responsable, y experimentar sentimientos de intensa desvalorización y creer que merece ser abusada o castigada. Entonces puede ocurrir que estas víctimas en la búsqueda de pareja enciendan el radar para ubicar una figura violenta que les ayude a expiar la culpa.
Es un proceso complejo en el cual la violencia se da por la existencia de un “otro distinto”, desarrollándose en un marco intersubjetivo. Es necesario la existencia de “un otro”. En la interpretación se trata de eliminar o dominar al otro por ser fuente de su sufrimiento debido a sus ataques narcisistas. (una imposición, una ofensa, una desatención, etc). La paradoja es que el sujeto necesita a su vez de “ese otro” como soporte para ejercer en el los actos violentos.
De ahí deviene lo que en psicoanálisis se conoce como “compulsión a la repetición”, que ocurre cuando no es posible alcanzar a superar un trauma sufrido en la infancia, tendiendo el sujeto a repetir de forma inconsciente una y otra vez en su vida el evento utilizando a otras personas en tiempo presente, para intentar (en una fantasía) resolverlo cada vez sin que esto nunca sea posible.
Es el caso que algunas personas se preguntan ¿porqué me involucro con el mismo tipo de personas?. La respuesta es la tendencia a repetir compulsivamente para resolver. Pero nunca ocurrirá. Es una búsqueda inalcanzable. La metodología debe ser diferente: La psicoterapia psicoanalítica.
Por otra parte, para algunas mujeres ese hombre que las trata, es quien les habla, es quien las identifica, es su figura edípica, razón por la cual ciertas mujeres no se separan del hombre golpeador tan fácilmente como cabría esperar. Se dirá que es una locura, ya que los golpes son opuestos al amor, pero algunas mujeres experimentan en ellos la prueba de ser únicas para el. El hombre violento es aquel que les habla, que las nombra, que las separa de la familia, quien se presenta en suma, como el único gran otro. Como el otro que no existe. Tal captación es la que genera dependencia. Ante la falta de un ideal del padre que en este tiempo ya no existe. El hombre golpeador asume su relevo. Es quien las liberará de la culpa.
Desde esta perspectiva, la violencia vincular-familiar se le puede caracterizar como un ejercicio absoluto del poder de un sujeto sobre otro, que queda ubicado en un lugar de puro objeto. Se considerará la violencia por su eficacia, la de anular al otro como sujeto diferenciado, sumiéndolo en una perdida de identidad y de singularidad.
“Cada vez que descubría que mi marido me engañaba, se ponía loco, me molía a palos. Si bien, el tomaba bastante y me pegaba mucho, era bueno con los niños, se ocupaba de que coman y tengan ropa. Cada tanto se enojaba conmigo y me corría de la casa porque le reclamaba si salía con otras o estaba mucho con los amigos tomando, pero yo sabía que cuando se le pasaba, a los tres o cuatro días podía volver. Los niños ya saben que el padre es así y lo quieren igual. Una vez me pegó tanto que perdí un embarazo. En el hospital me dijeron que lo denunciara y lo hice. Los que más se enojaron fueron mis hijos, y mi marido dijo que si volvía a hacerlo, me iba a matar y yo le creo. Yo sé que todas las familias tienen problemas, pero estoy cansada de que me pegue. Si el le promete al juez que no me va a golpear más, lo perdono”.
Ante historias como esta, en la que se advierten formas desubjetivantes de integrar una relación familiar, surge la pregunta: ¿en qué momento se deja de ser humano?,
La desubjetivación es un modo de vivir la situación dada por la imposibilidad de estar a merced de lo que sobrevenga, habiéndose disminuido al máximo la posibilidad de decir no, de hacer que revierta las circunstancias. El sujeto ya no tiene la posibilidad de decisión. El sujeto ya no es humano.