El encuentro de los amantes

2019-11-18

               El desconocido poder del inconsciente en nuestro destino siempre está por aparecer. Las relaciones de pareja nunca son por casualidad.


                    Por: Jesús Salvador Guirado López.


     De acuerdo a la teoría del psicoanálisis de  las relaciones de pareja del autor argentino Isidoro Bereinstein, el proceso amoroso se construye a través de un vínculo de inconscientes. Es un proceso en el que cada “yo consciente” de la pareja es ajeno al “motivo inconsciente” que los llevo a encontrarse en una relación afectiva. Entonces, cada “yo” de los amantes solo racionaliza un argumento superfluo para justificar su necesidad vincular con la nueva conquista.

      Irremediablemente  y por tratarse de procesos inconscientes, la mirada vincular puede posarse en una figura ajena a los intereses morales del “yo”, resultando una relación moral, prohibida, ilícita, violenta, dañina, etc.

       La orden del inconsciente no respeta condiciones morales, solo reconoce necesidades que gratificar. Depende de la voluntad del “yo” para resistirse a la gratificación de su necesidad a toda costa, en que podrá hablarse de “relaciones neuróticas” que se construyen en el desenfreno y el desequilibrio.  

     Es definitivo que el proceso vincular entre los amantes tiene su origen en un encuentro de síntomas que solventan exclusivamente las necesidades estructurales de cada miembro de la pareja en forma recíproca, que deviene de los primeros años de construcción de su personalidad. 

      El sujeto del deseo busca el objeto de su relación atendiendo a la figura edípica que en sus primeros años fue su primer objeto de amor filial: El padre o la madre. Esta figura que el sujeto debe abandonar en los años de infancia, será encontrada en alguien que represente la figura del deseo por integrar en su estructura, no en el parecido físico, sino por un rasgo enloquecedor que paraliza al sujeto sin saber este lo que está pasando. Este puede ser un tono de voz, el uso de la palabra, un gesto especial, un signo de ternura, incluso rasgos negativos como un temperamento atroz, una fina indiferencia o una mirada violenta, pueden estar en el reservorio inconsciente como un rasgo amado que se extraña de la figura edípica y se anhela tener. 

       El momento de aparición de la figura edípica del deseo es incierto. Ahí está la ingratitud del destino. Esto explica el motivo de muchas infidelidades. No todas. Únicamente cuando el sujeto desfallece irremediablemente  ante la nueva figura del deseo en cuerpo y alma. No cuando solo se trata del amor sensual o vehemente que satisface los deseos de la carne, pero nunca trastoca las fibras profundas del sujeto que anulan por completo a la relación amorosa traicionada como si esta nunca hubiese existido.    

       El desconocido poder del inconsciente  en nuestro destino siempre está por aparecer. Las relaciones de pareja nunca son por casualidad. El inconsciente decide. Nuestro gran cómplice es el “yo” cuya misión es racionalizar para los otros las misteriosas decisiones de esta instancia psíquica. El “yo” es el gran mediador entre estos requerimientos profundos estructurales y las ordenanzas de la mojigata sociedad moral. De tal manera que las tradicionales preguntas: ¿Qué buscas en un hombre?, ¿qué buscas en una mujer? Son un sin sentido. Si esperamos que el “yo” responda a ellas nos llevaremos una gran sorpresa. 

     En la cultura el sujeto del deseo es educado por padres y maestros para la toma de decisiones morales y de elección de pareja conforme a los ideales del colectivo social. Es cuando se construye la instancia psíquica conocida como “superyo” que integra las reglas sociales. Sin embargo, la pregunta es, ¿coinciden las convicciones del colectivo social con las nuestras en la elección de pareja?. 

      Nuestra estructura de personalidad no está construida desde el imaginario colectivo, sino a través de procesos profundos desde la compleja estructura de la familia donde el sujeto integra sus primeros objetos amorosos de forma única que lo marcaran para siempre al margen del construccionismo social. 

      Nunca será posible evaluar como correcta o incorrecta una elección amorosa, sino más bien si es o no la figura del deseo que el sujeto necesita para atender a las demandas del inconsciente.