La historia de una vida breve 

2019-10-07

  El corazón del bebé late desde la sexta semana de embarazo, instante en que es perceptible la magia de la vida.

     Era tarde cuando Cristina disfrutaba un rico raspado en compañía de José y decidió darle la noticia. Había llegado el periodo menstrual y no ocurrió lo esperado. Serían madre y padre en nueve meses. Cristina era una adolescente tímida, buena estudiante, soñadora, hija de familia. José era un joven formal, bien portado, soñaba convertirse en abogado, gustaba de hacer muchos planes a futuro. Tenían un año de novios. La pasión los había llevado a tener intimidad. Solo ocurrió una vez y decidieron esperar más tiempo para volver a estar juntos. La noticia resultó un balde de agua fría para José. No respondió. Cristina insistía en saber qué harían con su hijo. Qué quería hacer José. Él no contestó. La miró como si nunca la hubiera conocido. Ella recibió  su mirada como una lanza que la traspasó. Tuvo un mal presentimiento. Y así, a partir de ese día no volvió a José. No supo de su paradero. Después de ese momento Cristina tenía que pensar en la familia. Qué opinaría su madre. Qué pensaría su padre. Recurrió a Elsa, inseparable amiga. Solo ella podría ayudarla. Juntas platicaron varias horas esa noche. Cristina había tomado una decisión.

     Eran las siete de la noche del siguiente día,  ya estaban Cristina y Elsa en un motel. Nunca habían estado en un lugar así. Estaban asustadas. Eran grandes amigas. Entonces Cristina sacó de su bolso las pastillas. ¿Estas segura?, preguntó Elsa mientras las manos le temblaban. ¡Es una vida, Cris!, refirió Elsa. ¡No es nada! ¡Solo son diez semanas!, respondió Cristina exaltada. ¿Me ayudarás o no? Sí, contestó Elsa a punto de salir corriendo. Bueno pues, respondió tranquila mientras estaba sentada en la cama de esa habitación con solo media luz. Entonces Cristina tomo la pastilla con su  mano, alzó la cabeza y la introdujo rápidamente en su boca. ¡Qué miedo!, balbuceó Elsa entre dientes, luego recostada sobre la cama Cristina empezó a bajar su ropa interior. ¿Qué estás haciendo?, exclamó Elsa desesperada, ¡ya vámonos!, dijo mientras caminaba hacia la puerta.  ¡No, nooo! dijo Cristina con ojos llorosos, ¡no me dejes, tengo mucho miedo!  Ahora debo ponerme una pastilla en mi vagina, hasta adentro, explicó Cristina mientras lloriqueaba y con sus manos limpiaba las lágrimas de su cara, entonces bajó la mano derecha a la vagina introduciendo una pastilla. ¡Así te vas a lastimar, estúpida!, gritó Elsa desesperada. ¡Duele! ¡Duele! ¡Ay, duele mucho!, lloraba quejándose. ¡Ya Cristina, deja de lastimarte!, gritaba. ¡No puedo, se me va salir! ¡Ay, ay, ay, duele!, lloraba. ¡Te sacarás sangre y morirás!, dijo Elsa alterada. Por fin Cristina logro acomodar la pastilla y se recostó  diciendo a Elsa: ¡Duérmete a un lado de mí! ¡Ándale!, rogó chipilona. Ya dijimos a tu madre que dormiríamos en casa de la Claudia. ¡Ya se!, confirmó Elsa.  Al siguiente día, un llanto ahogado abrió los ojos de Elsa, corrió al baño diciendo: ¿Qué pasa? ¡Dime, por favor!- Estaba Cristina con sangre entre sus piernas- ¡Sangre!, ¡sangre! ¡Tengo en mis manos pedazos de algo! ¿Qué es? ¡Qué asco!, repetía. ¡Cálmate! ¡Por favor! ¿Qué es esto?, exclamó Elsa, ¿son pedazos del bebe? ¡Quiero irme de aquí! se quebró llorando. Sentía estar presente ante un crimen mortal. Imperdonable. Pensé en la cárcel. En Dios. Me sentí culpable. Sucia. Cómplice. Era un momento terrible en mi vida presenciar el cuerpo de una persona destrozado, reflexionaba Elsa. Ambas quedaron sentadas exhaustas sobre el piso del baño. Cristina tenía una mirada fija, extraviada, triste. Elsa  intentaba reanimarla.

     ¡Ya pasó todo! dijo Elsa mientras la abrazaba sin saber qué decir. ¡Acuéstate! ¡Descansa, ándale! y caminamos despacio hasta la cama. Sin decir una palabra siguieron acostadas hasta las once de la mañana. Dos horas después frente al espejo, peinaros el cabello y retocaron los labios, y salieron de la habitación como si nada hubiera pasado. 

     Es una historia de todos los días en cualquier lugar de nuestro país. Y sin importar si es legal o no, de manera clandestina acaba la vida de una persona bajo el hecho de que el bebé en el vientre de una mujer, aún no tiene la apariencia física de un individuo, por no encontrarse en un avanzado nivel de desarrollo, aun cuando el corazón late desde la sexta semana de embarazo, instante en que es perceptible la magia de la vida.  El derecho a la vida es el primer derecho humano fundamental del sujeto. Sin embargo, ante el riesgo de perder su vida una mujer en el parto, o cuando ocurre un accidente de una madre embarazada que propicia el desprendimiento de su bebe, o cuando por inmadurez o miedo de una adolescente del decir de sus padres se induce el desprendimiento del feto, termina una vida.

      El hecho que el Estado permita o no a través de la ley disponer de la vida de alguien, muestra el nivel moral de una  sociedad. El argumento de un legítimo derecho que alguien puede o no tener de disponer de la vida de alguien, aun teniendo como origen una terrible situación, trastoca de manera importante un valor esencial de la sociedad: la vida. 

     La verdad no debe existir argumento válido para decidir sobre el derecho a la vida. Existen diversos grupos dentro de la sociedad que presentan diversas razones para otorgar a alguien ese derecho. Lo cierto es que un corazón latiendo dejará de hacerlo por una voluntad ajena. El milagro de la vida está más allá de cualquier debate político, jurídico o social.