CRONICA DE UN INFARTO   

2019-07-01

Por: Jesús Salvador Guirado López.

 

Era la madrugada de un jueves. Dos de la mañana. Entre dormido sentí mi cara, brazo y pierna izquierdos entumecidos y me levanté rápidamente.- Un derrame cerebral!- Pensé de inmediato-. Intenté despertar a mi esposa Lupita, pero esta creyendo le pediría café, se hacia la  más dormida aumentando el volumen de sus ronquidos  ¡la muy traviesa!, pero creo me escuchó muy angustiado y dio un salto de la cama para llevarme al hospital ¡a cien por hora!. Preferimos dejar a los hijos dormidos. 

Ya en sala de urgencias y después de practicarme varios estudios dijeron: ¡A usted le dio un infarto cerebral!, mejor dicho ¡cuatro!. ¡Y se quedará aquí esta noche por si recibe el quinto! - insistió el medico de guardia-.   

Imaginé lo peor. Esperaba cualquier cosa. Incluso el quinto infarto. Y estaba sumamente confundido pues nunca padecí dolor o molestia. Pero aun así, seguían deambulando en mi cabeza los pendientes de la oficina, los diplomados que impartiría el fin de semana, la creación de ideas innovadoras, etc. -¡el lunes me pongo al corriente! - me consolé-.

Prácticamente inconsciente de la gravedad de la situación, seguía haciendo planes en mi mente, mientras médicos y enfermeras corrían a mi alrededor aplicándome medicamentos. ¡Chin!- dije todavía- ¡Mañana sábado tengo clase en Navojoa! - lo que era ya el colmo- la negación es un gran mecanismo de defensa y yo lo ponía en práctica como nunca. Horas más tarde, me pasaron a piso a una cama incomoda como ella sola, en la que por si fuera poco,  Lupita  se mantuvo como güina durmiendo a mi lado, la pobre. Siempre conmigo en las buenas y en las malas. Debo reconocerlo.

Inquieto como soy, caminaba de noche por los pasillos de  la  sala al no poder dormir, -entre tanto- Lupita se acomodaba  suspirando entre las sábanas,  tomando posesión material y jurídica de toda la cama.  

Transcurrieron 72 horas. Tiempo que estuvieron conmigo al pie del cañón mi esposa y mis hijos, ¡ah! y algunos libros que solo me hicieron compañía.   

Llamadas y visitas de mis verdaderos amigos que agradezco infinitamente. Los doctores me informaron entonces que ya no había peligro.  Me dieron un listado de medicamentos y las indicaciones de no comer grasas ni estresarme. Por supuesto terapia física. Y   que todo estaría bien. ¡Dios se ríe de todas esas cosas! como decía el poeta Jaime Sabines. Entonces dijeron por fin podía retirarme junto con mis cuatro infartos a casa. Y así lo hice. Pero el lunes me presenté a la oficina para asombro de todos. -¡¿Qué hace aquí licenciado?! Váyase a descansar- dijeron.- Desde luego no hice caso.  

Les pedí de favor no informaran a mi familia si preguntaban por mí. Y de pronto sonó mi teléfono móvil. Era mi hija María José -cuestionaba-: ¿Papá, cómo estas? Con ese tono  de  voz controlador que tiene y no sé de donde lo sacó) -¡Aquí   mija! acostado viendo una película- respondí fingiendo una voz cansada y humilde (temiendo se diera cuenta de la mentira) y me cachara en la maroma- mientras firmaba un bonche interminable de oficios que se encontraba sobre mi escritorio. Y así sobrelleve las cosas esos días. Hasta que a los tres días tuve revisión de hospital, y al enterarse los médicos que estaba laborando, recibí tremenda reprimenda, consejos y exhortaciones de ultratumba, ¡advirtiéndome de una muerte inminente! si seguía descuidándome-.

 Desde ese día, decidí “portarme bien” y no acudir a la oficina (solo esporádicamente sin que nadie se diera cuenta) . Quedándome en casa bajo la supervisión militar de mi menor hijo Olivier, a quien cada vez le preguntaba si podía comer algo rico (no necesito dar ejemplos) me respondía tajante: ¡¡No apa!! - ¿Y podré comer esto otro? ¡Ándale, solo una probadita! - ¡¡Nooo y noo!! -contestaba implacable- (mis hijos me quieren y me cuidan)  no tengo ni una duda. 

Así, mi ritmo de vida cambio rotundamente. Tuve que aceptar nuevas reglas a causa de lo ocurrido. Pero entonces también aprendí a valorar otras cosas a las que no había puesto atención: Dios, la familia, mi vida. Ello me llevó  afortunadamente a una profunda reflexión.

 Los golpes de la realidad se asumen con madurez al transcurrir los años. No merman el entusiasmo de vivir, ni deconstruyen los sueños. Pero sí preparan el alma para resistir con ánimo la transición de existir. La vida es un proceso. Y cada fase de esta es efímera. Es de sabios reconocerlo. Pretender otra cosa es un acto de soberbia. 

El cerebro es una entidad mágica. Pero no tanto como para esconderse de un infarto cerebral. Es un visitante drástico que se anuncia con frialdad. Pero el mensaje que trae es definitivo: ¡Apresúrate a vivir! Y aun este infarto también deja su huella en las entrañas del cuerpo  para que no lo olvides  y te promete regresar. 

El alma es una entidad divina. Solo el supremo puede entrar en ella. Su tiempo no se mide en horas ni minutos. Se mide en instantes maravillosos y experiencias dolorosas. Somos lo que recordamos como diría el escritor García Márquez. A veces no terminamos de asimilar estos procesos angustiosos, pero aparece de pronto un amanecer resplandeciente que regocija el corazón.

El destino nos esta aguardando ahí donde menos lo esperamos. Por ello siempre hay que estar al acecho.

Mientras, debemos sublimar la angustia con el mito que hayamos podido construir en nuestro tiempo y dedicarse a este con pasión y hasta morir (entendido  el mito como algo que da sentido a una vida que no lo tiene  como dice Roll May). El destino con su disfraz de infarto es inofensivo, aunque asuste como fantasma, sino no trae consigo la orden definitiva de captura de parte del padre de todas las causas.  Entonces me despido con el dicho acostumbrado por quien esto escribe para iniciar una conferencia o una nueva aventura en la vida: ¡¡¡Rock and Roll!!!